martes, 16 de mayo de 2017

Prostitutas y Barraganas en la Edad Media: ¿Qué hizo el clero el castellano? ( y II)

Resultado de imagen de Prostitutas y Barraganas en la Edad Media¿Cumplieron los clérigos las normas tantas veces repetidas en concilios, sínodos, asambleas, cortes y otras disposiciones?

Dos hechos se nos aparecen como ciertos.

1) La extensión de la existencia de las barraganas clericales o de los clérigos concubinarios.

Las repetidas condenas del concubinato clerical por concilios, sínodos, asambleas y cortes son prueba más que suficiente de su existencia, no se condena tan repetidamente lo que no existe.

A estas condenas podemos añadir hechos concretos.

Varios fueron los obispos, de mediados del siglo XV, cuyos hijos son conocidos: los arzobispos de Toledo, don Alfonso Carrillo de Acuña (1446-1482) y don Pedro González de Mendoza (1482-1495), el obispo de Astorga don Álvaro Osorio de Guzmán (1440-1463) y el obispo de Burgos don Luis de Acuña (1456-1495), de quienes se conocen hijos.



También por aquellas fechas el arzobispo de Santiago don Alonso de Fonseca edificaba, entre Zamora y Salamanca, el castillo del Buen Amor para una de sus amantes. Confirma estos datos el informe del obispo de Burgos, fray Pascual de Ampudia, para el Concilio V de Letrán (1512) donde critica la vida de muchos prelados «que públicamente tienen mancebas».

Resultado de imagen de Prostitutas y Barraganas en la Edad MediaEn cuanto a los clérigos poseemos noticias más concretas de los componentes del Cabildo catedral de Palencia, conforme a la visita pastoral realizada a dicho Cabildo por el obispo de la diócesis palentina, don Diego Hurtado de Mendoza, en 1481.

El Cabildo catedral de Palencia se componía de personas o dignidades, canónigos, racioneros y auxiliares del cabildo: capellanes del número, niños de coro y otros servidores. Había doce dignidades: deán, chantre, tesorero, maestrescuela, los arcedianos de Carrión, Campos, Cerrato y Alcor, y los abades de Husillos, Remedes, Levanza y San Salvador; sesenta canonjías, de las que ocho estaban repartidas entre el deán, chantre, tesorero, maestrescuela y los cuatro arcedianos.

Dos más tenía el deán y una el cantor o chantre y los mozos de coro; veinticuatro raciones y cuarenta capellaní- as. En total 124 puestos que podía o no estar todos ocupados. Las noticias que nos proporciona la visita de este Cabildo en 1481 se centran sobre si los capitulares poseían manceba o concubina pública o no, ignorando todo lo demás que no llegase a tal estado de publicidad.

Los datos que se nos dan a conocer son muy curiosos. De las seis dignidades de las que se informa, tres no tenían concubina, uno sí y otro la había tenido, de ambos se conocen sus hijos; de otro no se toca este punto.

Entre los canónigos, once tenían concubina, de tres de ellos se conocen sus hijos, de siete se sabe que no la tenían, de veinticuatro no se dice nada. Para los racioneros hay menos noticias:tres la tenían, uno no, de dieciocho no se dice nada. El caso de los capellanes es similar a los anteriores,aunque moralmente mejor. Hemos de advertir que para ser dignidad, canónigo o racionero no era obligatorio ser presbítero, ni haber recibido órdenes mayores, era suficiente con ser simple clé- rigo o haber recibido alguna de las órdenes menores. Los capellanes, que eran quienes celebraban las misas, debían ser presbíteros, pero también podía ocupar las capellanías cualquier otro clérigo no presbítero que buscaba a un presbítero para que dijera las mismas. Solamente a partir del subdiaconado se contraía la obligación del celibato.

2) La aceptación por el clero y por el pueblo de la situación del concubinato clerical.
Opina Menéndez Pidal que hacia 1280 se escribió por tierras de Zamora o Salamanca la Disputa entre Elena y María. Para entender con claridad este documento debemos recordar que la sociedad del siglo XIII seguía, teóricamente, dividida en tres órdenes o estamentos, de más a menos dignidad: clérigos (de cualquiera de las órdenes sagradas desde simple clérigo a obispo), caballeros y, finalmente, campesinos.

El contenido de la obra no son las discusiones entre el clérigo (o el abad) y el caballero (de esos dos ya sabemos quien era más digno, el clérigo o abad), sino las discusiones entre sus amantes respectivas, dos hermanas, nobles e hidalgas: María, enamorada de un abad, y Elena, enamorada de un caballero. Elena pinta un cuadro optimista de su vida como amante de un caballero, pero la narración satírica de María se superpone. Elena le contesta por medio de su versión de lo que constituye la vida de la amante de un clérigo:

«Ca tú non comes con sazón esperando la oblación; lo que tú has a gastar ante la iglesia honrada lo ha a aganar, vevides como mesquinos, de alimosna de vuestros vecinos.

Cuando el abad misa decía, A so mojer maldecía; En la primera oración Luego le echa la maldeción. Si tú fueres misa escuchar […] A mi levarán como condesa, A ti dirán como monaguesa». Las dos doncellas se ponen de común acuerdo de someter el litigio a la decisión de la corte del rey Oriol, pero el manuscrito del poema se interrumpe antes de llegar a la decisión. Según la opinión de Deyermond:

«En la mayor parte de los debates latinos y franceses entre clérigos y caballeros, la defensora de aquéllos (los clérigos) es la que sale victoriosa (estos poemas, no hay que olvidarlo, son obra de clérigos); la composición castellana quizás se inclinase, con todo, a favor de Elena», la amante del caballero.

la Cantiga de los Clérigos de Talavera tampoco es anticlerical, sino fiel reflejo de la situación personal de aquellos clérigos y de los acontecimientos históricos de aquel momento, hechos que no pierden valor por la repetición del tema en la literatura española o universal.

Además coinciden las fechas: en enero de 1342 el papa Benedicto XII invitó a los obispos que urgiesen la castidad clerical; en abril de ese mismo año celebró sínodo el arzobispo de Toledo, don Gil de Albornoz, cuyas constituciones lleva a Talavera el arcipreste de Hita (Hita y Talavera eran dos arciprestazos de la archidiócesis de Toledo):

«1690 Allá en Talavera, en las calendas de abril,
llegadas son las cartas de arçobispo Don Gil,
en las quales venía el mandato non vil,
tal, que si plugo a uno, pesó a más que a dos mil. 1691
Aqueste açipreste, que traía el mandado,
bien creo que lo fizo más con midos que de grado;
mandó juntar cabildo;
aprisa fue juntado,
coidando que traía otro mejor mandado. ……1694

Cartas eran venidas,
que dizen en esta manera:
que clérigo nin casado de toda Talavera,
que non toviese mançeba, casada ni soltera:
qualquier que la toviese descomulgado era».

Como los miembros del Cabildo de Talavera, comenzando por el deán, tesorero, chantre, canónigo… se encontraba en esta situación, tomaron la siguiente decisión:

«1696 Ado estavan juntados todos en la capilla, levantose el deán a mostrar su manzilla. diz:“Amigos, yo querría que toda esta cuadrilla, apellásemos del Papa ant´el Rey de Castilla”». «1697

Que Maguer que somos clérigos, somos sus naturales: servímosle muy bien, fuémosle siempre leales; demás que sabe el rey que todos somos carnales: quererse ha adolesçer de aquestos nuestros males».

¿Por qué quieren, en esta situación, los clérigos de Talavera acudir al rey de Castilla?

Muy sencillo porque las Partidas, como ya hemos dicho, admitían la barragania, como unión legítima entre soltero y soltera


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