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martes, 18 de abril de 2017

Repoblamiento, Población, Grupos Religiosos y Sociales tras la conquista de Toledo (I)

Los conquistadores y repobladores que acudieron a partir de 1085 encontraron no sólo población ya instalada, sino también suficientes emplazamientos en uso para el poblamiento urbano y rural, paisajes agrarios y tipos de cultivo en pleno vigor. 

No era, como ocurría con las extremaduras entre Duero y Sistema Central, una tierra arrasada y desertizada, donde todo tenía que partir de la iniciativa colonizadora.

Por el contrario, las peculiaridades y permanencias de la época islámica hubieron de ser tenidas en cuenta y se integraron en el nuevo sistema social, de poblamiento y relación hombre/medio, de diversa manera.

Las formas de poblamiento y los emplazamientos no se modificaron. Toledo siguió siendo la ciudad principal, en su magnífico sitio de acró- polis sobre un peñón cercado por el Tajo en sus tres cuartas partes, con el plano y las características propias de una urbe islámica occidental. 



Componían su séquito un conjunto de «villas» de menor importan- 75 cia, todas preexistentes, pero en las que se hicieron labores de fortificación y edificación notables en los siglos XII y XIII: Talavera, Madrid, Alcalá, Guadalajara. El poblamiento rural, en el entorno de Toledo, estaba formado por decenas de aldeas, llamadas alquerías, y más adelante lugares, que persistieron en su inmensa mayoría, hasta la crisis de los siglos XIV y XV. 

Hasta entonces, también, hubo gran continuidad en los paisajes agrarios y tipos de cultivo del campo toledano, más intensamente explotado que otras áreas de Castilla la Nueva, según tradiciones islámicas y mozárabes. La riqueza agrícola del territorio había sido ensalzada, tal vez con exceso, por autores árabes (Idrisí, Rasis), y se reflejó en algunos tratados de agronomía escritos por los toledanos Ibn Bassal e Ibn Wafid, en el siglo XI. 

Destacaban, tanto en el término de Toledo como también en el de Talavera, las vegas del Tajo y sus afluentes, que permitían la irrigación: viñas, huertos, frutales. Poco antes de la conquista habría trazado el agrónomo Ibn Wafid la famosa «Huerta del Rey», junto a Toledo. Ni que decir tiene que el uso del agua para riego, como fuerza motriz, y de las pesquerías, estaba muy regulado. Contaban también las terrazas de secano, destinadas al trigo y otros cereales, en rotación bienal. 

Era ya zona apta para el olivar y aprovechada para la plantación de frutales, árboles madereros (pino), aparte de la madera que bajaba de las serranías ibéricas por el Tajo y morera para la cría de gusano de seda. Los conocimientos agronómicos impulsaron el empleo de abonos animales —eran muy numerosos los gallineros y los palomares—; sin embargo, el desarrollo de la ganadería en la zona toledana era relativamente escaso; apenas se practicaba todavía la trashumancia de ganado ovino, aunque se criaba ganado bovino suficiente para la labor del campo, y equino para la guerra, sobre todo en las tierras sureñas del alfoz toledano. 

Hay que mencionar, también, la importancia que tuvieron siempre, en los Montes de Toledo, las colmenas, siendo, como era, grande el consumo de miel, y determinados productos de caza, en especial las pieles de conejo, cazados con trampas o losas. A partir de esta situación actuaron los organizadores de la repoblación, desde el momento de la conquista cristiana, y los nuevos pobladores, como ya he indicado, la tuvieron en cuenta. Al permanecer la mayor parte de la tierra bajo jurisdicción regia (realengo), los monarcas son los máximos organizadores de la repoblación y, como agentes suyos, los municipios, que fijan los términos o alfoces, reparten tierra entre pobladores, a quiñón, en lotes o heredamientos relativamente iguales, y ordenan la explotación de las tierras de uso común. 

La Iglesia fue gran propulsora de la repoblación en las villas y aldeas cuya juris- 76 dicción la clonaron los reyes, como fueron Alcalá de Henares y Brihuega, que pasaron a manos de los arzobispos de Toledo. Algunos conventos urbanos de Toledo, la sede arzobispal, y el cabildo catedralicio contribuyeron a modificar, como veremos, la estructura de la propiedad agraria, mediante compras de tierras y recepción de donaciones, además de haber recibido grandes predios o donadíos en los repartimientos, y aldeas (15 la sede episcopal entre 1086 y 1115, según Julio González). 

Pero apenas hubo colonización agraria de tipo monástico, al contrario de lo que había ocurrido en las tierras del NO y de la cuenca del Duero, ni tampoco, en las tierras toledanas que ahora consideramos, la de Órdenes Militares, tan decisiva en otras áreas de Castilla la Nueva. Respecto a las cesiones de jurisdicción a nobles laicos sobre diversos territorios, para que organizasen su repoblación, fueron escasas: algo más abundantes entre 1166 y 1192, que fue el período mejor de la tarea pobladora en áreas rurales y bajo la forma de prestimonio, típica del derecho hispánico, pero no tuvieron mucha importancia, ni anticipan el gran proceso señorializador de los siglos XIV y XV. 

Desde luego, la buena población de la ciudad de Toledo fue objeto de especial cuidado, desde los primeros momentos, pero ni siquiera en este caso mejor conocido se puede responder a la pregunta sobre cuántos eran los habitantes, tanto los de antigua residencia que permanecieron —mozárabes, musulmanes, judíos— como los nuevos pobladores castellanos, francos y de otras partes. 

Se sabe que el Toledo islámico pudo albergar, en los mejores momentos, 37.000 habitantes, pero seguramente eran muchos menos en 1085. Sin embargo, a lo largo de los ss. XII y XIII, la ciudad sería la mayor aglomeración de la España cristiana, aunque no superase los 25.000 h. Pasemos, en consecuencia, al análisis cualitativo de los grupos de población toledanos. Primero, las minorías étnico-religiosas de musulmanes mudejares y judíos, que por su propia condición permanecían en muchos aspectos en los márgenes del nuevo sistema social. 

Segundo, los grupos cristianos, según su origen: mozárabes indígenas, repobladores castellanos y francos. La identidad de fe y los intereses comunes permitieron, en este caso, la aparición de criterios globales de jerarquización y organización social, aunque permaneciesen, más o menos tiempo, los específicos de cada grupo. Los musulmanes. Las referencias documentales sobre los musulmanes, después de la conquista, son escasas, a pesar de su presencia predominante y numerosa antes de que ocurriera. 

Muchos emigraron antes de la conquista o a raíz de ella, sobre todo los cuadros intelectuales y administrativos, todos aquellos que tuvieron medios para atender 77 la exigencia islámica, según la cual el fiel debe vivir en pais de Islam. Otros se convirtieron, según testimonios de época, y sobre todo de los años 1118 a 1137, durante la decadencia almorávide, aunque el silencio impide saber cuántos y cómo. De todas maneras, permaneció en Toledo y su término una comunidad musulmana mudejar, la primera de importancia que conoció la España cristiana, respetada en su libertad personal, en su residencia y oficio, en la propiedad privada de sus bienes, según estipulaba la capitulación de la ciudad. 

He aquí un fenó- meno nuevo y trascendental durante varios siglos en la historia hispá- nica, los fundamentos del mudejarismo en territorio castellano-leonés, recogiendo una práctica de coexistencia que tenía su origen en el tradicional respeto del Islam hacia la «gente del libro» (cristianos y judíos), sólo que ahora los términos se habían invertido. Los mudejares serían, en general, gente modesta, dedicada a oficios artesanos, al pequeño comercio, o al cultivo de la tierra como aparceros. Vivirían en Toledo entremezclados con el resto de la población y bien diferenciados de los moros cautivos venidos de otras partes por causa de la guerra. 

No es posible sostener que fuesen muy numerosos, porque el silencio de los documentos es grande y, sobre todo, porque en los siglos siguientes su número es muy escaso, pero se puede suponer que los grupos mudejares que aparecen en Segovia, Ávila, Valladolid, Burgos y otras ciudades de la cuenca del Duero desde finales del siglo XII son de procedencia toledana, y acudirían a ellas en busca de lugares más alejados de la frontera, donde su presencia no despertara sospechas de colaboración política con el mundo islámico. 

Los judíos, al igual que los mudejares, vivieron en Toledo gracias a la protección personal que les dispensaba el rey, su señor, como grupo específico, ajeno a la sociedad hispanocristiana. Conservaron el barrio que ya tenían en época islámica, entre las collaciones de Santo Tomé y San Román y el Tajo, pero su número se incrementó mucho durante el siglo XII, en especial en la segunda mitad, con los que huían del valle del Guadalquivir, debido a la intolerancia de los almohades.

Miguel Ángel Ladero Quesada 
Universidad Complutense.
 Madrid
https://rua.ua.es/dspace/bitstream/10045/7136/1/HM_03_03.pdf


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