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miércoles, 1 de marzo de 2017

Leyenda de la Peña del rey Moro

LA PIEDRA (O PEÑA) DEL REY MORO

Dice la tradición toledana que en las noches de luna clara y luminosa, se vislumbra una sombra flotando sobre ella y sus alrededores. Es el espíritu del príncipe Abul-Walid que sale de su tumba para contemplar las siluetas de las viviendas, torres y cúpulas de la ciudad dibujándose en el resplandor lunar.



Dice la tradición toledana que en las noches de luna clara y luminosa, se vislumbra una sombra flotando sobre ella y sus alrededores. Es el espíritu del príncipe Abul-Walid que sale de su tumba para contemplar las siluetas de las viviendas, torres y cúpulas de la ciudad dibujándose en el resplandor lunar.

Corría el año 1083 y reinaba en Toledo Yahia Alkadir, nieto de Al-Mamum. Alfonso VI cercaba la ciudad arrasando las campiñas, esperando que el hambre obligara a rendirse a los musulmanes que defendían la plaza. Yahia recurrió al recuerdo de la amistad del rey castellano con su padre, de los beneficios que de aquel recibiera; se rebajó a ofrecerle tributo, un tanto gravoso para sus arcas y sus posibilidades; pero nada de ello hizo ablandar el corazón del «de la mano horadada», quien rechazaba todos los razonamientos y ofertas que a cambio de abandonar el sitio pudieran hacérsele. Sólo deseaba tomar la capital del reino moro de Toledo.

Yahia acudió a los reyes moros amigos, manifestándoles las terribles consecuencias que para el poder árabe tendría la caída de Toledo en manos cristianas; pero sólo encontró apoyo en las taifas de Zaragoza y Badajoz; sin embargo, la fortuna le volvía la espalda, pues el rey de Zaragoza murió antes de poder llevar a cabo su proyecto de ayuda y el de Badajoz murió también, después de ser derrotado por las tropas de Alfonso, que le salieron al paso cuando se dirigía hacia Toledo. Yahia no se resignaba a perder su reino y envió nuevos mensajeros al otro lado del estrecho, al norte de África. Los reyes africanos escucharon la angustiosa petición de ayuda que les enviaba su hermano de raza y decidieron mandar primero un observador para, una vez conocida la situación y las necesidades reales, determinar definitivamente la clase y cantidad de ayuda necesaria que debían enviar.

La elección recayó sobre el joven príncipe y valiente guerrero Abul-Walid. Llegó el príncipe africano a Toledo y fue recibido por Yahia, quien aproximadamente tendría su misma edad, como se acoge al que se piensa que es nuestra única salvación, como un náufrago se agarra a una tabla que flota en medio del mar y no tiene otro sitio donde asirse. Muy pronto se percató Abui de la gravedad de la situación.

Durante su estancia en Toledo se hicieron fiestas y torneos en su honor y conoció a Sobeyha, hermana de su anfitrión. El amor prendió entre ambos jóvenes y, en medio del dolor de la desgracia que les amenazaba, una chispa de gozo llenaba aquellos sensibles corazones.

A Abul, su cabeza te decía que tenía que volver a su tierra para contar a los reyes moros lo que había visto en Toledo y así cumplir con la misión que le había traído aquí, pero su corazón le retenía en la capital musulmana; no quería abandonar aquellos ojos negros como la noche, aquel cutis de terciopelo, aquellas mejillas tan suaves como pétalos de rosa; en una palabra, no quería abandonar a aquella princesa de la que se había enamorado locamente. Al final pudo más su obligación y no tuvo otro remedio que dejar Toledo, pero con la promesa de volver pronto con la ayuda precisa y con la intención de contraer matrimonio con Sobeyha.

Mientras Abul se hallaba en África reclutando gente y preparando todo lo necesario para volver a Toledo en ayuda de su amigo Yahia y con el más íntimo deseo de volver a ver a su amada, Alfonso Vi se apoderó de la ciudad, que no pudo resistir por más tiempo. Yahia abandonó el lugar que le vio nacer, pero no pudo llevarse con él a su hermana, pues Sobeyha, no pudiendo resistir las penalidades del sitio y consumida por la enfermedad, había muerto.

Un antiguo esclavo, Abén, que servía a Sobeyha desde niña, no acompañó en su proscripción a su señorYahia, sino que quedó en Toledo para cumplir una misión que aquella le encomendó antes de morir: que esperara la venida de Abul y saliera a recibirle y le dijera que había muerto pensando en él, que había muerto esperándole. La caída de Toledo en poder de los cristianos levantó un intenso clamor de ansiedad y dolor en el mundo musulmán, que no se resignó a perderla así, sin más, sin intentar su recuperación. No había pasado mucho tiempo cuando apareció ante Toledo un numeroso y formidable ejército sarraceno venido de África para socorrer a sus hermanos, sin saber que Yahia se había rendido y la ciudad ya se hallaba bajo el poder del rey castellano.

Era Abul-Walid que, después de resolver graves asuntos en su país y recuperarse de una larga y grave enfermedad, volvía para cumplir la promesa que un día dio a quienes habían confiado en él. Pero en verdad, lo que le había sostenido y ayudado a vencer todos los obstáculos, lo que le había dado fuerzas para luchar y resistir las horas de desesperación, había sido el recuerdo de su amada Sobeyha. Ansiaba volver para explicar a sus amigos los motivos de su tardanza y así disipar las dudas y sospechas que muy posiblemente habrían anidado en sus corazones y para asegurar sobre su vacilante trono al nieto de Al-Mamum y hacer su esposa a su hermana.

Pero al llegar frente a Toledo, las malas noticias llegaron a él: la ciudad ya no pertenecía a su pueblo, los cristianos habían conseguido tomarla y sus pendones estaban enarbolados en sus torreones y Abén, el esclavo negro al que había conocido durante su estancia en Toledo, le comunicó la muerte de Sobeyha y sus últimas palabras. El corazón de Abul se llenó de tristeza al conocer lo sucedido a su amada por boca de aquel esclavo. Dejó caer la cabeza sobre su pecho y dos lágrimas se escaparon de sus ojos, rodaron por sus mejillas y regaron el suelo de su tienda; mas sacando fuerzas de flaqueza se repuso y exclamó: -He venido a liberar vuestra ciudad y cumpliré mi promesa. Quiero volver a pisar los lugares que ella tanto amó y es mi deseo visitarla en la tumba donde duerme su último sueño.

El ejército de Abul ocupó los alrededores de Toledo, al otro lado del río, situándose donde hoy se asientan los cigarralesy la Academia de Infantería.

El puesto de mando quedó instalado en la explanada que hay en las escarpadas y rocosas laderas del cerro que mira frente a la ermita de la Virgen del Valle. La tienda de Abul-Walid, con sus ricas sedas y valiosos tapices, se colocó junto a la mayor peña que corona el cerro y domina el paisaje. A ella subía todos los días y al atardecer se sentaba allí arriba y permanecía absorto y pensativo hasta que las tinieblas se apoderaban totalmente de la Tierra, mirando a la ciudad que guardaba en su seno los restos de la infeliz princesa Sobeyha. Dicen que muchas veces se le veía doblar la cabeza sobre el pecho y llorar amargamente.

Estudiada con sus capitanes la estrategia que seguir para entrar en la ciudad y elegido el mejor momento para ello, dispuso su ejército para ejecutar lo acordado y arengó a sus tropas diciéndoles que estaba dispuesto a no moverse de allí hasta que no cayera Toledo en su poder y que no esperaba menos de ellos. Que Alá premiaría su esfuerzo y valor.

Los cristianos, desde los torreones y almenas de las murallas, veían todos los días al príncipe moro de pie en la alta roca y las numerosas tiendas y fogatas que cubrían todo el campo que se extendía ante su vista. Todo ello les infundía un gran temor y más cuando no tenían entre ellos a su rey Alfonso, quien un tiempo atrás había partido para León a fin de resolver ciertos asuntos importantes que requerían su presencia, y aunque le habían enviado mensajeros solicitando su ayuda, estos no habían conseguido atravesar el campo enemigo; pero allí se encontraba el Cid Campeador, a quien el rey había dejado al mando de la guarnición en el alcázar, el cual se propuso sorprender al ejército de Abul-Walid.

Así, se adelantó a las intenciones enemigas y una noche, a favor de la oscuridad, salió de Toledo al frente de un numeroso ejército, atravesó sigilosamente el río y en un rápido despliegue dio un «golpe de mano» que sorprendió a las tropas musulmanas, sembrando el desorden en sus filas. Las sombras fueron sus más firmes aliadas,pues los moros llegaron a pelearse entre sí.

Al llegar las primeras luces del día, los musulmanes se dieron cuenta de su desastre y lo peor fue que encontraron a su rey muerto en la gran peña que casi nunca abandonaba. Su cuerpo estaba cubierto de heridas, muestra de que se había batido con valentía y una flecha había atravesado su pecho y le había partido el corazón.

Los jefes que aún permanecían vivos en el bando agareno dispusieron que no había posibilidad de reconducir la situación y que lo mejor que podían hacer, para salvar las vidas de los que quedaban en pie, era rendirse. Así lo hicieron. Se entrevistaron con el Cid, el cual accedió a su petición, permitiendo que el resto del ejército sarraceno volviera a su tierra. Asimismo permitió que se enterrase el cuerpo de Abul-Walid bajo la roca, a fin de que se cumpliera su deseo de permanecer eternamente en ese lugar para poder contemplar, aunque fuera de lejos, la ciudad que acogía el cuerpo de su amada. Por eso, a esta roca que domina las alturas del cerro del Valle se la conoce desde entonces como la “Peña del rey moro”.

Pero la historia no acaba aquí. Al pie de la «peña» se pueden ver varios peñascos que, colocados unos sobre otros y vistos desde una posición determinada, figuran la cabeza de un hombre ceñida por un turbante. La tradición toledana explica el hecho de la siguiente manera: Partidos los restos del ejército moro y habiendo vuelto la tranquilidad a la zona, el alma de Abul-Walid salía todas las noches de su sepultura y se sentaba sobre la gran roca para contemplar la ciudad donde yacía su amada. Al llegar el alba volvía a su tumba. Cierto día, estando cercano el clarear de la aurora, pidió a Alá que le permitiera permanecer allí constantemente y no le obligase a ocultarse en su sepultura y el dios, viéndole tan desgraciado, le otorgó lo que pedía convirtiéndole en piedra.

Publicado en Reconquista, etapa cristiana
Fuente: https://www.leyendasdetoledo.com/index.php/leyendas-ii/23-la-pena-del-rey-moro.html

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