jueves, 31 de diciembre de 2015

En el Cristo de la Luz, Toledo

Aunque en el relato de los sucesos que han contribuido a hacer famosa la ermita del Cristo de la Luz, omitiésemos toda la parte tradicional, que por no hallarse suficientemente autorizada podría parecer ajena de la gravedad y la pureza de la historia, no por eso negaremos un lugar en nuestro artículo a las creencias populares que la tradición repite de boca en boca y que la sencilla fe siente y cree. Antes al contrario; nosotros pensamos que la tradición es al edificio lo que el perfume a la flor, lo que el espíritu al cuerpo, una parte inmaterial que se desprende de él, y que dando nombre y carácter a sus muros les presta encanto y poesía.

Gustavo Adolfo Bécquer. Historia de los templos de España. (1857) 




Entretanto la mezquita, solitaria en un lugar abandonado, cuenta los siglos. Sus nueve cúpulas se apoyan en un rango de herraduras. Sostenido por esos arcos generalmente simples, más bellos a mi parecer que las combinaciones sabiamente atormentadas del arte gótico, el monumento árabe parece hecho de aire y de sol.

Valerie de Gasparin. A través de las Españas (1869) 





Los árabes mostraron allí los primeros indicios de su originalidad; pero también se echa de ver que no han olvidado las impresiones que trajeron de Oriente. De la ornamentación no queda nada. El yeso nivelador se ha encargado de tapar las profanidades muslímicas, cuya brillantez volupsuosa ofendía tal vez la recatada severidad de nuestro culto; pero conociendo el famoso mihrab de Córdoba, nos es fácil suponer lo que podía ser aquello ornado con grecas y resaltos de oro y azul, con mosaicos orientales, y tal vez con jaspesa romanos, hermanos de las cuatro columnas que sostienen la fábrica.
¡Qué bello debía ser aquel pequeño recinto, dividido en nueve espacios por arcos y ventanas, que transmitían la luz descompuesta y templada por la viveza y la variedad de tan vistosos ornamentos!

Benito Pérez Galdós. La ciudad de Toledo. Publicado en Revista de España (1870)




No me siento capaz de describir todas las "notabilia" de Toledo, pero debo recordar aquella maravillosa pequeña mezquita, ahora oratorio de San Cristo de la Luz, bajo la colina del Alcázar, un lugar no más grande que una casa de muñecas, con cuatro columnas circulares de las que nacen dieciséis arcos de herradura de hondos perfiles, blancos como la nieve, formando ellos mismos el techo en cinco medias cúpulas.

Frances Elliot. Diario de una mujer en España (1884) 



El Cristo de la Luz es una obra delicada. El contraste de los temas germánicos, árabes y bizantinos le convierten en un canto aflautado que huye indeciso de la rígida música de la ciudad castellana. 

Waldo Frank. España Virgen (1926)





Una excavación arrojaba luz sobre los usos del agua en la Judería de Toledo

El arqueólogo Carlos Barrio, responsable de las excavaciones realizadas en la intersección de la Calle del Ángel con Reyes Católicos en la capital toledana, intenta corroborar con sus resultados una hipótesis planteada por historiadores como Julio Porres Martín-Cleto y Jean Passini: la localización en esta zona del Casco Histórico del acceso a la Judería Mayor y la Sinagoga del Sofer.

El pozo y el aljibe encontrados podrían ser de época islámica.

«No tenemos nada comparable a una planta del edificio», reconoce el arqueólogo. «Los restos están muy arrasados y ha habido modificaciones a lo largo de los siglos, probablemente a finales de la Edad Media, y después de que los judíos abandonasen la ciudad». 

Sin embargo, la posibilidad de haber encontrado restos de una nueva sinagoga -edificios cuya localización sigue siendo muy imprecisa dentro del Casco- es demasiado atractiva como para abandonarla sin una reflexión más profunda. 

Sobre todo, cuando algunos de los vestigios hallados durante la excavación de Barrio -un aljibe en forma de botella, suelos, restos de cerámica realizados mediante la técnica de cuerda seca- apuntan a la época altomedieval, etapa en que la Judería Mayor de Toledo se encontraba en pleno funcionamiento.

Sea como sea, la intervención en este solar -que, gracias a la actuación del Consorcio se convertirá en una nueva plaza- permitirá añadir nuevos datos a los usos hidráulicos en época medieval. 

Además de la pareja de aljibes encontrados en la zona Norte del solar, probablemente asociados a la construcción de una casa-patio (uno para «uso de boca» y el otro para baldeos), la excavación ha dado con otro aljibe y un pozo cuya antigüedad parece mayor en la zona central del actual solar. Por su tipología en forma de botella, el primero podría resultar islámico. El segundo, cuya profundidad supera los 6 metros, también podría corresponder a este periodo, sin descartar un posible origen romano.

«Está claro que nos encontramos sobre una corriente de agua subterránea aprovechada desde época muy antigua», según el arqueólogo. En el ángulo del solar más alejado de la Calle del Ángel, la aparición de un probable desagüe romano confirma esta hipótesis. Carlos Barrio se plantea que el pozo y el aljibe situados en la zona central del solar podrían ser de uso público, siendo posible que estuvieran relacionados con el cercano acceso a la Judería Mayor que permanece sin localizar.

Completan estos restos abovedamientos de ladrillo sobre un sótano excavado en roca cuya profundidad es de aproximadamente tres metros y medio. Asimismo es de destacar una rampa, también pavimentada de ladrillo, cuyo curso interrumpe una zona divisoria, señal, en palabras del arquitecto, de las modificaciones operadas en este lugar a lo largo de los siglos.

En un primer momento de la excavación, Carlos Barrio tuvo que enfrentarse a una realidad habitual en este tipo de actuaciones en el Casco Histórico: el aprovechamiento de los huecos del solar como escombrera. A excepción de algunos restos de cerámica azul cuyo origen parece estar situado a finales del siglo XIX -cuando se levantó la vecina Escuela de Arte-, la mayor parte de los escombros aparecidos es de los años ochenta del pasado siglo.

Durante las tareas arqueológicas se encontró también una pequeña placa de alabastro reutilizada, probablemente de origen islámico, que representa a un grifo sobre los cuartos traseros de otro animal.    
http://www.labitacoradejenri.blogspot.com.es/search/label/Toledo

miércoles, 30 de diciembre de 2015

Base Histórica de la Leyenda del Cristo de la Luz

Leyenda del Cristo de la Luz 

Según la versión más conocida de este relato, al entrar Alfonso VI en Toledo el 25 de mayo de 1085, lo hizo por la puerta llamada Vieja de Bisagra, hoy titulada precisamente de Alfonso VI. Al frente de sus hombres y montado en su caballo, subió a la ciudad a través de la puerta de Valrnardón; y al pasar ante una mezquita allí existente, el caballo se arrodilló de improviso 

Sorprendidos ante tal hecho y dando por supuesto un motivo sobrenatural, se excavó en la mezquita, hallando en un subterráneo de la misma un crucifijo ante el que ardía una lamparilla; imagen y luz que llevaban así desde la invasión musulmana.

Ante este portentoso suceso, se consagró la mezquita, se dijo de ella la primera misa -lógicamente, ante el Crucificado descubierto, ya en el lugar de honor- y el propio rey dejó allí, como exvoto, su escudo de guerra. Se conserva todavía el Cristo, hoy en el Museo de Santa Cruz, en depósito procedente de la parroquia de San Nicolás; en cuanto al escudo, que aparece aún en antiguas fotografías, se ignora ya su paradero. 

Parecía un hecho cierto que la entrada en la ciudad conquistada se había verificado por el trayecto que antes se dice, teniendo en cuenta que el sitio más adecuado para acampar los sitiadores sería la Vega y los alrededores de la puerta de Bisagra. Sin embargo, en 1934 publicaba don Ramón Menéndez Pidal un texto aparecido poco antes en Rabat, del historiador árabe Ben Bassam, escrito hacia 1110, o sea 25 años tan sólo desde la rendición de Toledo y que fue enviado a Menéndez Pidal por el profesor Levi-Proven<;al (1). 

En él se relata que en la última etapa del asedio, Alfonso VI no tenía sus reales ante la puerta de Bisagra, sino en la Huerta del Rey; sitio excelente desde el punto de vista táctico, ya que así cortaba la comunicación con la ciudad del resto de Al-Andalus y cerraba toda posibilidad de ayuda a los sitiados desde otros reinos musulmanes. Precisamente en la Huerta del Rey ("almuniam regis" la titula el documento más antiguo que hace referencia a esta finca famosa) recibió Alfonso a la última y desesperada embajada de los toledanos, recabando su permiso conforme a los usos caballerescos medievales, para solicitar auxilio de otros Taifas. Como única respuesta hizo entrar el rey a los embajadores sevillanos y de otros valíes musulmanes, quienes le ofrecieron sus presentes, de los que apenas hizo aprecio. 

Desengañados por ello los toledanos, y viendo que era inútil confiar en tales ayudas, regresaron a la ciudad, rindiéndose Al-Qádir tres días después, el 6 de mayo. Se convinieron las oportunas capitulaciones de entrega (entre ellas, que Alfonso recibiría el Alcázar y la Huerta del Rey y que se respetaría el culto musulmán en la mezquita mayor); el rey cristiano entró en Toledo, tomó posesión del Alcázar. (realmente lo haría del Alficén, barrio amurallado entre el puente de Alcántara y Zocodover) y el destronado Al-Qádir salió, consultando su astrolabio para decidir el día y la dirección que tomaría en su exilio, camino de Santáver primero y de Valencia después. 

Residiendo Alfonso, como vemos, en la orilla izquierda del río, el camino normal para entrar en Toledo no pudo ser por la puerta de Valmardón, sino por el puente de Alcántara y, desde éste, a través de la puerta del mismo nombre -recientemente restaurada y de evidente estructura árabe-- directamente al Al-Hizém o alcazaba morisca. 

No es imposible, pero sí ilógico, que diera sin motivo alguno tal rodeo para pasar ante una mezquita sin especial importancia y de reducido tamaño, para que allí se produjera el suceso milagroso. Tampoco es necesario que fuera esta mezquita consagrada inmediatamente al culto cristiano, a fin de celebrar en ella las primeras acciones de gracias por el feliz término de la conquista. 

Varias parroquias tenían abiertas los mozárabes, perfectamente utilizables para las ceremonias religiosas que evidentemente se harían; y además, hacía oficios de catedral cristiana -al estar ocupada por los musulmanes la vieja sede metropolitana de Santa María- otro templo, titulado de Santa María in alhicém o de Alficén, inmediato al puente de Alcántara y ante el que debió pasar la subida desde el puente hasta el Alcázar; es decir, en el mismo camino que debió seguir el Rey y sus soldados. Podían decirse en esta Santa María de Alficém cuántas misas fueran necesarias, sin necesidad de una previa consagración o restauración litúrgica, siempre lenta, de un templo musulmán. 

¿Qué fundamento tiene, por tanto, la leyenda? ¿En qué se puede apoyar tan viaje tradición, firmemente sostenida por los toledanos, del Crucificado ante el que, durante más de tres siglos, arde una luz inextinguible, junto al cual y sin saberlo se realiza a diario el culto coránico? Creemos que la' historia del propio edificio puede aclarar la cuestión. En efecto, esta mezquita fue reconstruida de nueva planta, como declara la inscripción de su fachada, por Ahmad ibn Hadidi (abuelo, por cierto, del último cadí o ministro del rey Al-Mamún) y terminada entre el 13 de diciembre de 999 y el 11 de enero del año 1000 (2).

En 1221 se cedió el edificio a los caballeros de la orden de San Juan de Jerusalén, por el arzobispo toledano don Gonzalo Pérez, "a instancias del Rey" como dice el documento de cesión; levantaron los sanjuanistas el ábside y, hasta la restauración de fines del XIX, se instaló el crucifijo que hoy vemos en el Museo, procedente del que fue Museo Parroquial de San Vicente_ Crucifijo que debemos fechar a fines del siglo XIII y que es objeto de otras dos leyendas más, además de la que ahora estudiamos.

En la cesión a los sanjuanistas se habla de "instaurar" el culto, lo que da a entender que entonces se consagró como iglesia, sin que desde 1085 a 1221 hubiera en el edificio culto de ninguna clase_ Al menos, ningún culto católico (3)_ Ahora bien, ¿qué había en este lugar antes de construirse la mezquita? ¿Casas particulares, adquiridas y derribadas para este fin, o un antiguo templo cristiano? 

Que la mayoría de éstos -excepto los reservaaos para los mozárabes- fueron destinados' a mezquitas es suceso sabido, no sólo con respecto a la vieja catedral de Recaredo, sino de otras iglesias que todavía conservan rastros de tales cambios de religión: El Salvador, San Ginés, San Román, San Vicente, etc_, con abundantes relieves visigodos en sus edificios. Y es interesante el hecho, respecto a esta mezquita de Bab al-Mardúm, de que en cuanto se la transforma en iglesia se la titula "ermita de la Cruz" y se llama al barrio donde se halla "barrio de la Cruz", lo mismo que se titula Puerta de la Cruz a la de Valmardón o Mayoriano (4). El nombre de Cristo de la Luz es mucho más moderno, prevaleciendo sobre el anterior a partir del siglo XVII. 

Si repasamos los textos de los concilios visigodos, donde a veces -no siempre- se menciona a los prelados, vicarios o abades que los suscribieron, procedentes de otras diócesis o de la misma ciudad metropolitana, vemos que en el concilio XI, reunido el año 675, firman cinco abades o rectores de iglesias toledanas. Son éstos los de San Miguel, Santa Leocadia, San Cosme y San Damián, Santa Eulalia y cierto "Absalio, abad de la iglesia del monasterio de Santa Cruz"(5). No hay más datos que esta lacónica cita de tal templo; pero es evidente que hubo en Toledo una iglesia de tal advocación, antes de la conquista musulmana. 

Y no debe ser una simple casualidad que al consagrar para usos cristianos una mezquita, se la titule de la Cruz a ella y al barrio; y que se diga Cristo de la Cruz a su principal imagen, y que se propague la leyenda de la lamparilla encendida ante ésta durante 374 años. La explicación, a nuestro juicio, es que la luz ante el Crucificado, luz escondida e invisible para los musulmanes pero viva, es una alusión poética a la verdadera fe; a la luz de Evangelio que, desde un viejo templo visigodo de Santa Cruz pasó, tras de una ocupación musulmana, a una resurrección, hallazgo o "'inventio" en un nuevo edificio destinado de nuevo al culto cristiano. 

Por ello se le restituye sin dudarlo pj nombre anterior, nombre que recordarían --como en el caso de otras iglesias, que no tuvieron culto en época musulmana- los mozárabes toledanos (6). Y de cuya vieja iglesia pueden proceder, por cierto, los capiteles visigodos y los fustes que los sustentan, todavía en su función dentro de la mezquita.

Julio Porra. da Matao 
http://realacademiatoledo.es/wp-content/uploads/2014/02/files_anales_0019_05.pdf 

Visigodos: La primera guerra civil de España (y II)

Con la muerte del venal Teudiselo terminaban casi 40 años de tolerante gobierno al estilo del ostrogodo Teodorico, que había mantenido la paz interior y la prosperidad en el reino. Los visigodos iban a echar de menos este periodo en los siguientes 30 años.

El cabecilla de los visigodos “nacionalistas”, un noble de Lusitania llamado Ágila(Akhila), fue elegido inmediatamente como nuevo rey en Sevilla. Ágila era un arriano ferviente como no se había visto desde los tiempos de Eurico, y aparentemente su primera decisión fue prohibir los concilios católicos (decreto que conocemos por testimonios posteriores), a tenor de la reacción inmediata que produjo: antes de que acabara el año, los aristócratas romanos de Córdoba y su campiña expulsaron a los funcionarios visigodos y se dieron un gobierno senatorial propio, rebelándose contra la corona. Por desgracia, apenas tenemos detalles sobre tan extraordinaria rebelión, que no cuenta con precedentes en el mundo germánico contemporáneo. 

A mayor abundamiento, tenemos pruebas de que entre los mismos nobles godos existían disensiones sobre el rey y su nueva política religiosa. Un partido de nobles visigodos, herederos del antiguo partido ostrogodo en la tolerancia a los católicos, se mostró en desacuerdo con la elección de Ágila. Sin duda eran particularmente numerosos en la capital, pues cuando a principios de 550, el rey inició los preparativos de la campaña para aplastar la rebelión cordobesa, apartó de la expedición a muchos de ellos por temor a una traición, y tomó la anómala medida de llevarse consigo el tesoro real visigodo en vez de dejarlo en Sevilla.

Acompañado de su primogénito, Ágila llegó a las cercanías de Córdoba, donde profanó la tumba del mártir san Acisclo, patrón de la ciudad, en un gesto deliberado para provocar a los alzados católicos a la batalla y evitar un largo sitio. La iniciativa surtió efecto y los cordobeses atacaron a la expedición real cerca de la ciudad. 

Apenas sabemos nada del tipo de tropas de que disponían los rebeldes (si eran esclavos armados, o más bien germanos mercenarios, como en el pasado) pero la derrota de los visigodos fue tan inesperada como completa: el primogénito de Ágila murió en combate, y el ejército real huyó ignominiosamente, abandonando el tesoro real en el campo como trofeo para los vencedores. Tal vez hubiese entre los huídos algunos enemigos del rey que aprovecharon la refriega para arrastrar a todos a la deserción. 

El monarca logró escapar, pero para cuando llegó a Sevilla, las noticias del desastre le habían precedido, y los nobles adversarios, dando por seguro el ocaso de la estrella de Ágila, y tal vez su muerte, habían proclamado como su sucesor al magnateAtanagildo (Athanakhild), uno de los visigodos que habían servido como clientes del partido ostrogodo de Teudis. Pero Ágila no había muerto, y se escabulló con unos pocos fieles a Mérida, donde tenía su solar. Allí se hizo fuerte y reclamó su legitimidad al trono, allegando partidarios entre los visigodos arrianos más intolerantes. 

Fracasada la conjura, y delimitados ambos bandos, estalló en el reino visigodo la guerra civil. Los últimos 4 reyes habían muerto violentamente, pero desde la derrota de Vouillé, 43 años atrás, el reino había vivido en paz y prosperidad. Ahora se iban a enfrentar las principales familias visigodas en una guerra fratricida, en la que la persecución o tolerancia a la Iglesia católica (la de los hispanorromanos), jugaría un papel primordial.

En medio de esta guerra parcialmente religiosa, se produjo un hecho trascendente en el vecino reino suevo, que demostraba hasta que punto repercutían estas disputas en él. El arriano rey Charriarico (o Ariarico), que comenzó a reinar en 550, envió a unos embajadores al sepulcro de san Martín de Tours, en la Galia, con ricos presentes para el santuario, prometiendo convertirse si su hijo enfermo de lepra sanaba. 

La vuelta de los embajadores, acompañados de otro Martín, un sacerdote de Panonia (moderna Hungría), coincidió con la curación del joven. Martín predicó el catolicismo a los suevos, y el rey y su familia se convirtieron, erigiendo en Dumio un templo a san Martín, y a su alrededor un monasterio, cuya dirección confiaron al monje panonio, y que se convirtió pronto en el foco de irradiación de la fe católica en todo el reino. El rey además levantó la prohibición de convocar concilios provinciales.

Mientras, en el reino visigodo la guerra se extendió como una mancha de aceite en 550 y 551. Por desgracia, poseemos pocos testimonios contemporáneos, pero sí sabemos que, aunque se combatió por todas las provincias, las principales batallas se dieron en el valle del Guadalquivir, y que el reconstruido ejército real de Ágila comenzó a llevar la mejor parte. 

A finales de 551, el usurpador Atanagildo se vio ya en situación desesperada, y como en una repetición del hado maldito de los reinos arrianos, se volvió a Constantinopla en busca de ayuda. Fueron enviados emisarios a Justiniano, fiados en que la tolerancia mostrada por el rebelde hacia los católicos decidiría al emperador a sostenerle.

Ahora bien, la guerra en Italia estaba alcanzando su clímax, tras 16 extenuantes años, y habiendo cambiado Roma de manos en 6 ocasiones. Justo ese año, el eunuco persa Narsés, enviado con importantes refuerzos como nuevo general imperial, había logrado acorralar a Totila, pero este aun no estaba vencido. En esas circunstancias, Justiniano, aunque no dejara de encontrar providencial esta nueva ocasión de intervenir en los asuntos internos de un reino germano arriano, no podía distraer fuerzas del teatro principal de operaciones en Italia en un momento tan decisivo. 

Las negociaciones concluyeron con un tratado de alianza del imperio con Atanagildo, que incluía un pago en oro a Justiniano, producto del cual llegó en junio de 552 una pequeña expedición romana al mando de un patricio llamado Liberio, que contaba nada menos que 80 años y había sido prefecto en el sur de la Galia en 514 (donde había sufrido un intento de asesinato por visigodos fanáticos). Según el historiador E.A. Thompson, este cuerpo expedicionario, insuficiente en número, fue enviado con urgencia porque Atanagildo estaba a punto de sucumbir. 

Desembarcando en Cádiz o Málaga, llegó a Sevilla, la capital del rebelde, justo a tiempo para unirse a sus tropas contra la expedición del ejército real que había penetrado en la Bética desde la Lusitania, con objeto de acabar definitivamente con la rebelión. La batalla de Sevilla, habida en agosto o septiembre de 552, fue la más importante de la guerra, y con el auxilio de los profesionales soldados imperiales, Atanagildo logró derrotar a las tropas de Ágila, volviendo a equilibrar la situación. 

Durante otros dos años más, los visigodos siguieron destrozándose en una guerra sin cuartel, que provocó la tala de árboles, la muerte de ganado, el abandono de innumerables aldeas y pueblos, la destrucción de iglesias, el incendio de cosechas y casas. En suma, la ruina de uno de los reinos más ricos de Occidente, en una reproducción a pequeña escala de lo que había padecido Italia con la invasión imperial, solo que esta vez por culpa de una guerra civil. Los bizantinos aprovecharon para ir ocupando todas las ciudades que unían Sevilla con la costa atlántica y mediterránea (Medina Sidonia, Cadiz, Málaga).

El 1 de julio de 552, mientras tanto, había tenido lugar en Umbría la batalla de Taginae, en la que Narsés derrotó definitivamente a Totila. Los ostrogodos eligieron un nuevo rey en la persona de Teya, pero su suerte estaba echada: vencidos nuevamente en la batalla del Monte Lactario, cerca de Nápoles, en octubre de 553, desaparecieron definitivamente de la historia, e Italia (o lo que quedaba de ella) fue incorporada al Imperio de Oriente. 

En ningún momento de su desesperada lucha por la superviviencia recibieron ayuda de sus hermanos de raza y religión visigodos, absorbidos por sus propias querellas internas. Al contrario, los de Septimania habían aprovechado su fin para recuperar la importante ciudad de Arlés, cedida a los ostrogodos en virtud del tratado de 526.

A finales de 554, pacificada su flamante conquista, Justiniano pudo al fin ocuparse plenamente del siguiente objetivo de su vasto plan de restitución imperial en Occidente: la diócesis de Hispania, agotada por las luchas intestinas de los godos, parecía madura para la anexión. Las tropas veteranas de Italia de las que se pudo prescindir, fueron enviadas a socorrer (o más bien absorber) a Atanagildo y el reino de los visigodos. Según Thompson, una segunda expedición militar imperial, mucho más numerosa, desembarcó cerca de Cartagena a principios de 555. 

La ciudad, tal vez por ser partidaria de Ágila, o porque sus habitantes ya habían comprendido que el enemigo auténtico eran los invasores orientales, presentó resistencia, y fue tomada por la fuerza. Sus murallas fueron derribadas, la ciudad incendiada, y miles de sus habitantes huyeron, entre ellos un matrimonio mixto formado por el noble romano Severiano y su esposa visigoda, que tenían tres hijos, cuyos nombres conviene retener: Leandro, Fulgencio y Florentina. 

Como tantos otros, se refugiaron en Sevilla, donde en 560 nacería su cuarto hijo al que llamarían Isidoro. Las tropas de Justiniano continuaron su marcha y tomaron Baza (Basti) y su región, esperando enlazar con sus posesiones en el valle del Guadalete.

En ese punto, los nobles visigodos fueron al fin conscientes de que se habían estado desangrando en una fratricida e inútil guerra durante 5 años, de la cual sólo estaban saliendo beneficiados los griegos. Las negociaciones entre ambos grupos terminaron con el asesinato en Mérida del renuente Ágila en marzo de 555 a manos de sus propios seguidores, tras un estéril y conflictivo reinado de 5 años, y la unificación bajo la corona de Atanagildo, el cual se comprometió a mantener las medidas anticatólicas de Ágila para conservar el apoyo de los visigodos más nacionalistas. 

Mérida había conocido una efímera capitalidad, y se había establecido en ella una floreciente colonia de griegos. Uno de ellos, llamado Pablo, de profesión médico, llegó a ser nombrado metropolitano de la sede con ayuda de la herencia que había recibido de un rico paciente agradecido. La paz que estrenaba el reinado indiscutido de Atanagildo fue la de los cementerios: el reino estaba en la ruina, y el tesoro real perdido a manos de los cordobeses, por lo que el monarca hubo de devaluar por primera vez la ley de lostremisses de oro que Teodorico el Grande ordenara acuñar en 511; naturalmente, esta medida condujo a la inflación, empeorando la situación. 

La elección de Toledo como sede real por Atanagildo (por su localización central), unida a la destrucción de Cartagena, convirtió a aquella ciudad en la nueva capital de facto de la provincia Cartaginense. Aunque no repitió las profanaciones de Ágila, el rey mantuvo la prohibición de reunir concilios católicos; no obstante, en estos años conocemos cada vez más casos de godos conversos al catolicismo, como el que adoptó el nombre de Juan al profesar como monje y marchó con 20 años en 559 a estudiar a Constantinopla, y del que volveremos a oír hablar. 

Durante el reinado de Atanagildo, la nueva generación de reyes francos trató de implicarle en sus disputas internas. Sigeberto, hijo de Clotario de Borgoña y rey de Austrasia, pidió y obtuvo en matrimonio a Brunequilda, la hija menor que el rey había tenido con su esposa Godswinda, buscando un aliado contra su pariente y rival Chilperico de Neustria. Pero este anuló su jugada haciendo lo propio con la hija mayor del monarca visigodo, Galswinda. Así, el rey hispano terminó siendo neutral en las guerras entre reyes merovingios, pero sus hijas, que se convirtieron al catolicismo al casarse, jugarían un papel importante en esas querellas; Brunequilda dio a luz a su hija Ingunda en 567.

En mayo de 561 tuvo lugar el concilio general del reino suevo de Braga, en el que el rey Ariamiro, sucesor de Charriarico, confirmó la conversión de los suevos y de todo el reino a la fe católica. Ya sólo los visigodos permanecían en el arrianismo entre todos los reinos germánicos que cien años atrás habían doblegado al imperio occidental. 

El de Atanagildo fue un reinado decadente, en el que la debilidad de la corona se tradujo en la secesión de los cántabros, que establecieron una capital en Amaya y realizaron incursiones sobre los Campus Gothi, y la independencia de la tribu de los sábaros, al norte del Duero. El rey se embarcó en diversas expediciones para tratar de recuperar las ciudades ocupadas por los bizantinos, sin obtener resultados apreciables. 

También fracasó en su campaña de 567, cuando intentó reconquistar Córdoba y el vital tesoro real visigodo que allí se guardaba; el prestigio de la corona visigoda tocaba fondo en aquellos días, cuando su ejército no podía reducir a una simple ciudad de romanos rebeldes. Atanagildo murió en Toledo en 568 de muerte natural (el primer monarca visigodo en 84 años), tras 18 años de gobierno en declive imparable. Dejaba un reino arruinado, dividido, al borde de la fragmentación en varios pequeños territorios autónomos tanto hispanos como godos, y a merced del imperio de Oriente, cuyo emperador Justiniano había muerto en 565. Según una piadosa leyenda posterior, Atanagildo se convirtió secretamente al catolicismo en su lecho de muerte, pero probablemente no es cierta.

Luis I. Amorós, el 30.09.10 
http://infocatolica.com/blog/matermagistra.php/1009300130-la-primera-guerra-civil-de-es

martes, 29 de diciembre de 2015

Visigodos: La primera guerra civil de España (I)

La muerte del rey Amalarico en 531, extinguió la estirpe de Alarico Baltho, el más esclarecido de los visigodos, que no volverían a tener otra dinastía que les uniera tan firmemente. 

Los nobles eligieron para sucederle al candidato obvio, Teudis(Thiudareiks), cabeza del partido de los ostrogodos y el más poderoso de entre ellos.

Dados los antecedentes de corrupción durante su mandato como gobernador de Teodorico en Hispania, y su participación en el asesinato de su predecesor, era previsible un reinado aciago. Sorprendentemente, resultó ser un rey prudente y logró dar estabilidad al reino de los godos occidentales. Fue también el monarca que aparcó definitivamente el sueño de recuperar los territorios galos perdidos, y puso sus ojos en la península ibérica, donde la monarquía y el pueblo hallarían finalmente su solar.

En efecto, cuando comienza su reinado, la antigua diócesis de Hispania se hallaba en un estado aún confuso. La provincia de Galecia (la actual Galicia más Portugal al norte del Duero), era la sede del reino suevo, con capital en Braga (Bracara Augusta). El centro del dominio germánico se hallaba en la provincia Tarraconense, que comprendía toda la cornisa cantábrica y el valle del Ebro, aunque en realidad el rey visigodo sólo controlaba el valle medio y bajo del gran río (donde se hallaba la corte, Barcelona). Aguas arriba, los montañeses eran virtualmente independientes. 

Más aún, mientras los astures y cántabros (que habían adoptado algunas costumbres romanas, como el gobierno de senados oligárquicos, cohabitando junto a sus antiguas estructuras tribales), mantenían un vasallaje teórico y eran en general pacíficos, los vascones los pirineos occidentales efectuaban con frecuencia correrías de destrucción y saqueo a lo largo del valle, siendo invariablemente su primera víctima la ciudad y obispado romano de Pamplona (Pompaelo). 

La provincia Lusitania, con capital en Mérida (Emerita Augusta), comprendía las actuales Extremadura española y Portugal al sur del Duero, mientras la Cartaginense (con capital en Cartagena- Cartago Nova) era la provincia más grande, y ocupaba el espacio delimitado por las provincias anteriores. A lo ancho del valle del río Guadalquivir, en latín Betis, se asentaba la provincia de la Bética, con capital en Sevilla (Hispalis) la más rica de Hispania, donde la influencia goda era débil y la aristocracia terrateniente romana aún era poderosa, e independiente de facto.

En este momento de la historia de España, la relación entre el monarca, la nobleza goda y la aristocracia senatorial hispanorromana, era la piedra angular para lograr la estabilidad del joven reino. Según el pacto o foedus firmado por el rey visigodo Valia y el patricio Constancio en nombre del emperador Occidental en 416, los germanos eran asentados en calidad de “aliados”, y sus nobles recibían 2/3 de todas las tierras cultivables, las viñas, los ganados y las casas. 

Esas propiedades eran arrebatados a los propietarios romanos, que retenían el 1/3 restante, el único que quedaba sujeto a impuestos imperiales (en realidad, los godos estaban liberados de impuestos por el simple hecho de serlo, y el pago de tributos y la administración de su recaudación estaba a cargo de hispanorromanos). Con tan desigual pacto, firmado bajo unas condiciones draconianas, la nobleza goda se convirtió en poco tiempo en una casta de familias de grandes terratenientes, eximidos de impuestos e inmensamente ricos. Los aristócratas romanos quedaban fuertemente perjudicados, y su principal salida era enlazar en matrimonio con los godos, para que sus tierras fueran consideradas “godas” y libres de cargas. 

Cuando el receptor de impuestos dejó de ser el emperador romano, los reyes germanos lucharon contra estas prácticas, que dejaban a la corona sin sus principales ingresos, renovando la vieja prohibición romana de matrimonios mixtos entre ambos pueblos. Esta norma no se cumplía de forma efectiva: el propio Teudis estaba casado con una rica heredera hispanorromana.

La principal separación entre ambos pueblos seguía siendo, no obstante, la religiosa. Los romanos eran católicos y trinitarios, y los visigodos minoritarios conservaban celosamente el arrianismo nacional, que les llevaba a tener sus propios templos, sus propios cementerios (con sepulcros en los que se enterraban tesoros junto al cuerpo, una reminiscencia de su época pagana que perderían al convertirse al catolicismo), su clero, sus concilios y sus libros sagrados; aparentemente carecían de vida monástica. 

Poco se sabe de ellos, salvo que los sacerdotes podían conservar a sus esposas al ordenarse y que persistía en ellos el cesaropapismo oriental: la familia real utilizaba sus propios cálices y el rey era la cabeza efectiva de su iglesia; los clérigos se tonsuraban, pero conservaban orgullosamente sus germánicos largos cabellos.

El clan ostrogodo de Teudis había heredado la política de tolerancia hacia los católicos de Teodorico Amalos. En ese momento histórico la política religiosa de los reyes hacia la población católica dominada fue determinante, pues los reinos germanos arrianos, dominantes en Occidente durante más de 50 años, iban a sufrir un golpe fatal desde Oriente.

El incendio iba a prender en el reino vándalo del norte de África. El rey Trasamundo había virado la política persecutoria de sus predecesores, hacia la tolerancia religiosa con los católicos. En 523, su primo y sucesor Hilderico, sintiéndose poco seguro, buscó la alianza del emperador oriental, permitiendo el libre culto de su población católica romana. 

Esto le enajenó por completo el apoyo de su nobles arrianos, y en 530 fue destronado y encerrado por uno de ellos, llamado Gelimero, que se proclamó rey, retornando a la política de persecución de la Iglesia. En otras circunstancias, la alianza de Hilderico con el imperio romano hubiese sido papel mojado, pero en aquel año se sentaba en el trono de Constantinopla uno de sus más grandes emperadores,Justiniano. 

No solo era un gobernante astuto y decidido, sino que, para desgracia de los vándalos, había concebido el proyecto de recuperar las tierras del antiguo imperio de occidente de sus poseedores germánicos arrianos, y estos hechos eran la excusa perfecta para desencadenarla. Gelimero buscó la alianza de sus correligionarios para defenderse de la represalia romana por su usurpación. En 532 expidió dos embajadas: una de ellas visitó la corte ostrogoda de Rávena, donde la regente Amalasunta, hija de Teodorico Amalos y gobernante del reino en nombre de su hijo Atalarico, rechazó la petición vándala, ya que estaba aliada a Justiniano. 

También Teudis rechazó la alianza propuesta por la embajada que llegó a Barcelona. Inauguraba así una política de neutralidad ante los acontecimientos exteriores que la mayoría de los monarcas visigodos iban a seguir, y que dotaría al reino de un peculiar aislamiento a lo largo de toda la alta edad media.

La respuesta de Justiniano tardó, pero llegó finalmente: en junio de 533 un ejército imperial relativamente modesto, al mando del general favorito de Justiniano, Belisario, desembarcó en África, no lejos de Cartago, para reponer en el trono a Hilderico. Gelimero ordenó asesinar al monarca cautivo y combatió en defensa de su trono. 

Teudis, poco fraternamente, aprovechó la ocasión para enviar una expedición que tomó la antigua ciudad de Ceuta (Sebta), que los vándalos habían abandonado para concentrarse en la defensa contra los invasores. Derrotado cerca de Cartago, Gelimero, abandonando la capital en manos de Belisario, huyó a las montañas donde se escondió durante 1 año, hasta que en marzo de 534 se entregó a los romanos, siendo trasladado a Constantinopla. Dado que Hilderico había muerto, 

Belisario incorporó todo el norte de África al Imperio de Oriente poniendo fin al reino vándalo, y a mediados de año una flotilla imperial tomó por sorpresa Ceuta, aprovechando la incuria de los visigodos, que no habían reparado las deterioradas fortificaciones. Era el primer contacto de los godos con el que sería uno de sus más encarnizados enemigos. Los imperiales ocuparon también las islas Baleares, al igual que el resto de las del mediterráneo occidental, hasta entonces en manos vándalas.

El episodio de Ceuta demuestra que Teudis definitivamente había comenzado a tomar interés por el sur peninsular. Su tolerancia hacia los católicos le granjeó las simpatías de los hispanos y fue pronto imitada por el nuevo rey suevo, Veremundo, que aunque arriano, permitió la reconstrucción en sus tierras de las iglesias y monasterios mandados destruir por sus predecesores. Teudis consolidó un grupo de poderosos nobles ostrogodos “nacionalizados” tras el tratado de 526, enlazados por matrimonios y relaciones clientelares, que dominaron los puestos clave de la administración, entre los que descolló Teudiselo (Thiudareikgaisel), tal vez familiar del rey, pues su nombre parece ser un diminutivo del de el monarca, que fue nombrado duque. 

La influencia ostrogoda se mantuvo, no solo en la tolerancia religiosa, sino en la adopción de usos provenientes de Italia: desde la moneda de Teodorico, pasando por la organización de ejército en regimientos de mil hombres llamados thiufas, hasta la adopción de modelos transalpinos en joyería, como hebillas y fíbulas en forma de arco radiado talladas a cincel (aunque los herreros visigodos pronto evolucionarían esos diseños de forma original). También en las relaciones comerciales que proporcionaron prosperidad al reino, los vínculos con Italia eran muy superiores a los mantenidos con la Galia o norte de África.

En Italia precisamente es donde se estaba fraguando el segundo acto de la tragedia para los arrianos. La reina Amalasunta, aliada de Constantinopla, había quedado muy debilitada tras la inesperada muerte de su joven hijo el rey Atalarico. Los nobles rechazaban su romanismo y estaban en contra de que una mujer reinara en solitario. Amalasunta asoció al torno a un primo suyo llamado Teodato, en un intento de legitimar su posición, pero resultó un movimiento errado. Teodato se erigió en adalid de los opositores a la reina, y ordenó prenderla y encerrarla a finales de 534. La oportunidad que el Cielo ponía no era de las que un hombre como Justiniano desaprovechaba. Amenazó a Teodato y exigió la libertad de la reina aliada. 

El monarca ostrogodo fue lo suficientemente torpe como para ordenar el asesinato de la cautiva en primavera de 535, y el emperador no necesitó más para ordenar a Belisario que partiera desde Cartago hacia Italia con su ejército. Tomó rápidamente Sicilia y luego desembarcó en el sur de la península, conquistando la importante ciudad de Nápoles. Los ostrogodos, exasperados por su incapaz rey, asesinaron a Teodato en 536, extinguiendo con él la familia de los Amalos, y eligieron a un noble llamado Vitiges como sucesor. Se inició así una larga y destructiva guerra de casi dos décadas entre romanos y ostrogodos, que no interesa a nuestro relato por el momento.

Por mucho que a Teudis le importara lo ocurrido en su tierra natal, hubo de preocuparse antes por una nueva campaña de los reyes francos de Neustria, Childeberto de Paris y Clotario. Tras haber ocupado el territorio de su difunto hermano Clodomiro (incluido asesinato de sus herederos) y conquistado Borgoña, que fue para Clotario, lanzaron contra la provincia Septimania una primera ofensiva en 535, en la que tomaron Lodeve y Rodez, aunque las tropas godas lograron rechazar su ataque a Arlés. Con el permiso del rey, en 540 tuvo lugar el concilio provincial de Barcelona, que se ocupó de cuestiones disciplinares, destacando la obligatoriedad de que el clero se cortara el pelo (para diferenciarse de los sacerdotes arrianos), pero no la barba; dos años antes, en 538, el metropolitano de Braga, en Galecia, había recibido una carta del papa Virgilio, en la que le recomendaba la triple inmersión en el bautismo de arrianos conversos y el uso de la partícula filioque en el rezo del Gloria. 

En 541, los dos monarcas francos planearon una segunda expedición, mucho más ambiciosa, contra el reino visigodo. Con un fuerte ejército, y acompañados por los tres hijos de Clotario de Borgoña, entraron en la provincia Tarraconense por Roncesvalles, arrasando la campiña, tomando y saqueando Pamplona, y dirigiéndose de inmediato a Zaragoza (Caesaraugusta), a la que rodearon. Teudis encomendó el ejército a su favorito, el duque Teudiselo, que optó por bloquear los pasos pirenaicos a espaldas de los invasores. Los francos se hallaban atascados frente a la ciudad del Ebro, sin poder tomarla tras 49 días. Sobre este sitio hay varias leyendas. Se dice que los defensores pasearon por las murallas la túnica de san Vicente mártir, y que los francos huyeron ante aquel signo. 

Las fuentes francas afirman que Childeberto obtuvo la túnica bien como botín o bien a cambio de levantar el asedio y que a su vuelta a París erigió una iglesia para albergar la reliquia. Sea como fuere, y más probablemente por conocer que el ejército visigodo les cortaba la retirada, los francos optaron por abandonar el sitio y dirigirse al norte, para forzar su salida hacia la Galia. En algún lugar indeterminado de los Pirineos, el duque Teudiselo, al mando del ejército real, logró derrotar a los dos reyes y tres príncipes francos. 

Fue un auténtico desastre para los invasores, que no habían padecido una derrota tal desde que la estirpe de Clodoveo se hiciera con el trono franco. Sufrieron muchas bajas, se recuperó el botín, y todos los miembros de la familia real fueron capturados, junto a miles de soldados. Tras varias semanas de negociaciones, y a cambio de un fuerte rescate, el humillado Childeberto y sus familiares fueron liberados y regresaron a sus tierras. La soldadesca, menos afortunada, no tuvo quién pagara su libertad, y fue ejecutada en castigo por sus saqueos. El correctivo sufrido por los francos les mantuvo alejados durante muchos años del reino visigodo. 

En 540 los ostrogodos, que habían perdido al valeroso Vitiges y estaban retrocediendo frente a los invasores imperiales, eligieron como rey a un noble llamado Hidibaldo, cuyo único mérito era ser familiar de Teudis, de quién, por afinidad familiar, esperaban ayuda. Fue vana esperanza, pues el monarca visigodo no varió su neutralidad, máxime cuando hubo de ocuparse de hacer frente a los ataques francos. En 541 los ostrogodos le sustituyeron por su sobrino Totila, con el que lograron recuperar el norte de Italia.

Pacificada definitivamente la frontera con los francos, Teudis comenzó a desplazar el centro de poder real hacia el sur. En 546 se hallaba en Toledo (Toletum), donde el 24 de noviembre publicó la primera ley real desde los tiempos de Alarico II, la cual estipulaba la prohibición de hacer regalos caros a los jueces para ganarse su voluntad. Ese año tuvo lugar el concilio provincial de Valencia, presidido por el obispo-teólogo local Justiniano (autor de varias obras sobre el rebautizamiento de arrianos, que repudiaba), en el que se protegieron los bienes de la iglesia cuando el obispo moría, pues al parecer era costumbre que los sacerdotes y laicos del cortejo episcopal tomaran para sí algunos bienes del patrimonio eclesiástico tras el deceso. 

El obispo más próximo debía trasladarse de inmediato a la sede y hacer un inventario que remitiría al metropolitano. Por cierto que en este sínodo se testimonió que algunos arrianos estaban convirtiéndose al catolicismo gracias a la predicación. Justiniano murió en 548, dejando sus bienes a la comunidad monástica del sepulcro de san Vicente mártir, de la que había sido abad antes de su consagración. El rey se trasladó poco después a Sevilla (Hispalis), donde levantó un palacio y estableció su capital, haciendo así efectiva la autoridad real sobre la rica provincia bética, de la cual se obtuvieron elevados impuestos. El partido ostrogodo sin duda trabó amistosas relaciones con los terratenientes hispanorromanos, que apreciaban su tolerancia religiosa, y allí sería donde comenzarían a convertirse algunos nobles godos. 

El que llamamos “partido ostrogodo”, no era en el fondo sino un grupo de aristócratas unidos por intereses comunes y alianzas familiares, y no sólo estaba compuesto por ostrogodos, sino también por visigodos que habían enlazado por matrimonio, o por vasallaje personal, para medrar a la sombra del poder del trono. 

Frente a ellos, los nobles visigodos nativos formaban una vasta mayoría, desarticulada, rabiosamente nacionalista y anticatólica, humillada tras la derrota de Vouillé, 40 años atrás, apartada del poder por los gobernadores de Teodorico, y descabezada cuando había creído poder recuperar su influencia con Amalarico; alimentaba un rencor hacia la casta dominante, sintiendo que eran desposeídos de honores en su propio reino por un grupo de “extranjeros”. Aunque el fundamento de identidad de estos “partidos” era sobre todo el afán de poder y de influencia de familias aliadas o enfrentadas entre sí, la tolerancia o persecución de los católicos era la característica que les distinguía. La tensión en la nobleza iba a estallar en un futuro no lejano, conmoviendo los cimientos del reino.

El rey envió 547 una nueva expedición para tomar Ceuta (la única iniciativa militar ofensiva que se le conoce), consciente de la importancia estratégica de dominar ambas orillas del estrecho. Los visigodos obtuvieron el triunfo y saquearon la ciudad, pero al domingo siguiente, pensando ingenuamente que no serían atacados por ser el día sagrado, fueron derrotados y exterminados por una fuerza expedicionaria romana. 

Fue el último acto conocido de Teudis. Anciano, con poco tiempo de reinado por delante, y amado por sus súbditos, permanece como un misterio el origen del complot contra su vida. Tanto los visigodos nacionalistas como algunos disidentes dentro de su propio grupo de poder son los autores más probables. 

En 548, cuando paseaba por los jardines de su palacio sevillano, un miembro de su guardia, simulando un ataque repentino de locura, le hundió un puñal en el vientre. Mientras agonizaba en el suelo, cuenta la leyenda que Teudis, acordándose de que había ordenado matar a su predecesor en el trono, pidió a sus cortesanos que perdonaran la vida de su asesino; sin duda el remordimiento por aquella mala acción le había acompañado toda su vida. Murió tras haber sido el noble más poderoso durante 25 años y rey durante 17, y su gobierno se puede calificar en términos generales como benéfico. Tras él, las situación empeoró.

Su favorito Teudiselo fue elevado al trono, apoyado en el grupo ostrogodo y en su prestigio como general. Mantuvo la corte en Sevilla y firmó con los reyes francos el cese de sus incursiones a cambio de un tributo; un tratado tan frágil que los francos reanudaron sus escaramuzas poco después de su firma. El irritado Teudiselo ordenó una auténtica limpieza étnica de francos en el valle del Ebro, expulsando o asesinando a los que aún vivían allí. 

El nuevo monarca había heredado apenas el nombre de su predecesor, pues su fama militar no podía ocultar su incompetencia en el gobierno y sus perversiones personales: se decía de él que era un borracho y un adúltero habitual con las esposas de sus nobles. Si a los visigodos nacionalistas ya les irritaba un rey ostrogodo carismático y prudente, uno disoluto e incapaz fue demasiado. En diciembre de 549, tras poco más de un año de reinado, los conjurados visigodos aprovecharon la ebriedad de Teudiselo durante un banquete en su palacio sevillano para apuñalarle hasta la muerte, si bien públicamente se atribuyó a una venganza de maridos deshonrados. 

Luis I. Amorós, el 30.09.10 
http://infocatolica.com/blog/matermagistra.php/1009300130-la-primera-guerra-civil-de-es

lunes, 28 de diciembre de 2015

Astronomía en la Crónica Mozárabe del 754

La Crónica Mozárabe de 754 es una de las escasas fuentes históricas hispanas del siglo VIII que han llegado hasta nuestros días. Se trata de un documento indispensable para estudiar la historia ibérica entre los años 610 y 754, por lo que abarca el ocaso del reino visigodo de Toledo, la conquista árabe de la península Ibérica y los primeros años del dominio musulmán.

Afortunadamente dispongo de una edición crítica y traducción escrita por José Eduardo López Pereira y editada en la colección Textos Medievales de Anubar Ediciones. ¿Qué menciones de carácter astronómico se encuentran en esa obra? Vamos a ver en este artículo aquellos pasajes con contenidos referidos a la Astronomía. Comencemos.

No son muchas las menciones a fenómenos astronómicos de esta esta fuente histórica. Solo hemos logrado encontrar cuatro: tres referidas a eclipse solares y otra que puede referirse a una lluvia de estrellas especialmente intensa. Veamos con detalle cada uno de estos eventos.
1. Eclipse solar anular del 5 de noviembre de 644

La primera referencia aparece hablando del emperador bizantino Constante II (641-15/09/668):

III, 24. […] Durante su mandato se oscureció el sol a mediodía y aparecieron estrellas en el cielo.

Primer paso: investigar en qué año ocurrió este eclipse. Supongo que es un eclipse total, anular o híbrido (sino es difícil que hubiera sido lo suficientemente importante como para ser registrado). Viendo el registro de eclipses solares de la NASA ocurridos en el siglo VII, o este documento, vemos que durante el reinado de Constante II se produjeron 46 eclipses de esos tipos. Afortunadamente, este registro permite visualizar sobre un mapa, al pinchar en la fecha, la trayectoria del eclipse y las zonas de umbra y penumbra. Pero, ¿a qué lugar se refiere la crónica? El cronista anónimo tiene que tomar las notas de historia bizantina de algún historiador de la corte de Constantinopla y hemos de suponer que se refiere a la capital del imperio, donde reside el emperador.

Con esta suposición, hallamos que sólo un eclipse, anular, tuvo su recorrido justo por encima de Constantinopla: el 5 de noviembre de 644. También podemos ver su duración pinchando sobre la localidad (ahora Estambul) y así vemos que el máximo duró algo más de 8 minutos entre las 10:54 y las 11:03 UT.

2. Eclipse solar total del 12 de abril de 655

Más adelante hablando del rey visigodo Recesvinto, quien cogobernó con su padre Chindasvinto desde el año 648 y luego reinó en solitario entre los años 653 y 672, dice:

III, 27 En su tiempo toda España quedó aterrada por un eclipse de sol, durante el cual se hicieron visibles las estrellas a mediodía, y tuvo que contemplar además una incursión de vascones que causó gran quebranto en su ejército.

El único eclipse cuya trayectoria cruza la península Ibérica entre los años 648 y 672 ocurrió el 12 de abril del 655. Fue un eclipse total de sol de corta duración en torno a las 06:50 UT. 

Historiadores posteriores (como Enrique Flórez en su España Sagrada, Juan de Mariana en su Historia General de España y otros) han querido identificar este eclipse con el anuncio de una calamidad posterior: la sublevación del noble visigodo Froya quien, con el apoyo de los vascones, asoló el valle del Ebro y llegó a sitiar Zaragoza. Todos estos cronistas citan a Isidoro Pacense, supuesto autor de la Crónica mozárabe de 754 (actualmente se niega su existencia). Pero estos hechos ocurrieron en torno al año 653, con lo que este eclipse poco pudo anunciar. De todas formas, ya hemos visto que en el texto original no dice nada de eso.


3. Eclipse de sol total del 3 de junio de 718 o del 6 de octubre de 720

Bastante tiempo después, ya con la península Ibérica bajo dominio musulmán, se puede leer:

IX, 65 Por la misma época, al comenzar la era 758, año centésimo de los árabes, dicen algunos que se produjo en España un eclipse de sol desde las 13:30 hasta casi las 14:30, (ab hora die septima usque in oram nonam) haciéndose visibles las estrellas. La mayoría sin embargo está convencida de que éste tuvo lugar en tiempos de Zama, el sucesor de Alaor.

A primera vista parece más fácil encontrarlo. La era hispánica 758 es el año 720 de nuestra cronología. El año centésimo de los árabes abarca del 3 de agosto del 718 al 23 de julio del 719. ¿En qué quedamos?

Seguimos leyendo. ¿Quienes son Alaor y Zama? Alaor es el valí Al-Hurr ibn Abd al-Rahman, gobernador de al-Ándalus entre los años 716 y 719. Zama es su sucesor, al-Samh ibn Malik, que llegó a al-Andalus en el mes de ramadán del año 100, es decir, en marzo/abril del 719 y gobernó hasta su muerte el 10 de junio de 721. Esto se va aclarando. Si obviamos el dato de la era hispánica (que parece erróneo) todo parece estar entre los años 716 y 721.

Consultando de nuevo los datos proporcionados por la NASA, aunque ya para el siglo VIII, concluimos que hubo un eclipse total de Sol el 3 de junio de 718, en unas horas cercanas a las señaladas por el cronista. Pues al final ni ocurrió en la era 758, ni en el 100 del calendario árabe ni la mayoría que pensaba que fue en época de Zama tenía razón.

La verdad es que el 6 de octubre del 720 hubo otro eclipse solar total, aunque afectó algo menos a la península Ibérica. Puede que la mención de la Crónica hiciera referencia a ambos de forma mezclada: uno bajo el gobierno de al-Hurr y otro bajo al-Samh. Este eclipse sí coincidiría con la fecha de la era hispánica.
4. Lluvia de estrellas de las Líridas (con bólidos rasantes) el 5 de abril del 750

Pasamos ahora a la última referencia astronómica, que dice así:

XII, 92 El domingo cinco de abril de la era 788, año sexto del reinado de Constantino, a las 7, 8 y 9 de la mañana (hora prima, secunda fere et tertia), los habitantes de Córdoba que estaban mirando vieron tres estrellas que se movían de una forma extraña y como si hubiesen perdido brillo precedidas por una especie de hoz color de fuego o esmeralda. Después de su aparición, unos ángeles, enviados por orden divina, causaron estragos entre todos los habitantes de España con un hambre insoportable.

¿A qué fenómeno se refiere la crónica?

La crónica nos sitúa exactamente en el tiempo: el 5 de abril del año 750 que, efectivamente, fue domingo. Por otro lado, Constantino V gobernó el Imperio bizantino entre los años 741 y 775. No acierta en que fuera su sexto año, pero también es verdad que Constantino no empezó su reinado muy tranquilo: tuvo que huir de Constantinopla en el año 742 y no regresó hasta fines del 743. Con lo que tampoco se sabe cuando empieza a contar el cronista los años de reinado.

Vayamos al fenómeno astronómico. La explicación es realmente descriptiva: tres hoces de fuego con brillos de color esmeralda que refulgen en pleno día y durante unas tres horas seguidas. ¿A qué se está refiriendo?

Descartando la opción OVNI, en principio, podemos pensar en algún bólido o bola de fuego (fireball) asociado a alguna lluvia de estrellas especialmente fuerte.

En el mes de abril ocurre una lluvia de estrellas de las más importantes del año: las Líridas. Es provocada por el cometa C/1861_G1_(Thatcher) y, actualmente, su actividad abarca entre los días 16 y 26 de abril, siendo el máximo el día 22 de abril. Todos sabemos que entre el año 750 y el momento actual ha habido una reforma del calendario, debida al papa Gregorio XIII, que hizo que por ejemplo, en España, después del jueves 4 de octubre de 1582 viniera el viernes 15 de octubre. Es decir, “desaparecieron” 10 días. Teniendo en cuenta estos hechos, el máximo de las Líridas en el 750 debía de ocurrir en torno al 9 o 10 de abril. En conclusión, la lluvia de las Líridas ocurría en torno a la fecha descrita por el cronista.

Las Líridas se llaman así porque tienen su radiante en la constelación de Lira. Normalmente tiene una frecuencia de 10 meteoritos por hora pero, en ocasiones, y sin que se sepan las causas, esta frecuencia sube bruscamente hasta100 meteoritos por hora. En esos máximos es posible que, además, se puedan ver bólidos, meteoritos mucho más grandes y con una mayor luminosidad. 

Además, puede ocurrir, como parece el caso, que al amanecer, con la constelación de Lira cercana al horizonte, se puedan ver meteoros rasantes (earthgrazers), que entran de canto en la atmósfera (pudiendo llegar a rebotar) y dan lugar a meteoritos espectaculares, muy coloridos y de lenta desintegración. Un ejemplo es el gran meteoro diurno que se observó el 10 de agosto de 1972 en Utah.


Otra curiosidad es que las Líridas es la lluvia de estrellas de la que se tiene un registro histórico más antiguo: el año 687 a. C. en China. Esta primera observación escrita aparece en la Crónica de Zuo (Zuo Zhuan). La Crónica de Zuoes una de las crónicas históricas chinas más antiguas y abarca el período del 722 al 468 a.C. Es imprescindible para estudiar el período Primavera y Otoño de la historia china. La cita dice aproximadamente así:

El día […] del mes 4 en el verano (del año 7 del rey Zhuang de Lu), por la noche, las estrellas fijas son invisibles, a medianoche, las estrellas cayeron como si fuera lluvia.

Por si alguien sabe chino y puede localizar y traducir desde el original la referencia exacta dejo aquí un enlace al texto.

En conclusión, la referencia astronómica de nuestra crónica es una nueva mención a la lluvia de las Líridas, en uno de sus máximos o coincidiendo con uno o varios meteoros rasantes de gran tamaño.

http://www.condadodecastilla.es/blog/astronomia-en-la-cronica-mozarabe-del-754/

Don Gonzalo Pétrez: Arzobispo de Toledo

Numerosos documentos nos permiten trazar la biografía de este toledano que fue el primer arzobispo perteneciente a un linaje mozárabe, don Gonzalo Pétrez. Su efigie fantaseada, pintada por Juan de Borgoña y su taller, en la sala capitular de la catedral de Toledo, nos resulta familiar (fig. 5). 

Curiosamente, debajo de ella aparece su nombre, con las abreviaturas correspondientes, de forma errónea

–GVNDISALVO GARCIA GVDIEL, CARDENAL, OBIIT 2 MAYO 1299–,

explicable por tratarse de un retrato imaginario realizado mucho después, a comienzos del siglo XVI, ya que, en realidad, nuestro personaje se llamó Gundisalvo o Gonzalo Pétrez –hoy sería Pérez–, como atestiguan numerosísimos documentos, a los que hay que añadir la concluyente opinión del gran investigador don Ramón Gonzálvez Ruiz –Hombres y libros de Toledo (1086-1300), 1997, Madrid-– que ha estudiado de manera exhaustiva la figura de Gonzalo Pétrez, básicamente a través de numerosísimos documentos del Archivo de la Catedral de Toledo.

Fig. 5.- Retrato fantaseado de don Gonzalo Pétrez «Gudiel» en la Sala Capitular de la Catedral –primer tercio del siglo XVI–, donde se observa el error de su apellido –GARCÍA–.

La inclusión errónea del apellido García, en vez de Pétrez, ha sido general entre los diversos autores que se han ocupado de nuestro personaje. Entre otros, Pisa, Castejón, Martín Gamero, Ramón Parro, Gaibrois, Ribera Recio, Porres Martín-Cleto, M. Caviró, Leblic, etc. Eubel le llamó Gundisalvus Roderici Hinojosa. 

En cuanto a su ascendencia ha habido disparidad de opiniones. Según Porreño 14, el padre de este arzobispo fue de los Gudieles y su madre de los Barroso de Toledo, aseveración que comparten el P. Flórez y Martín Gamero. Gaibrois, siguiendo a Muñoz y Soliva, indica que sus padres se llamaron Gimén Gudiel y María Barroso, opinión compartida por Rivera Recio. En cambio, Porres Martín-Cleto y Rodríguez Marquina mantienen que sus padres fueron Pedro Juanes, alguacil alcalde, y Teresa, si bien no coinciden en los demás antepasados. 

Para Leblic, la esposa de Pedro Juanes fue Teresa Juanes Ponce. En el Cuadro Genealógico adjunto, partiendo de un primer Pero Illán, padre de Julián o Illán Pétrez de San Román y abuelo de Esteban Illán, llegamos al arzobispo y cardenal Gonzalo Pétrez «Gudiel», tratando de poner en claro la cuestión, basándonos siempre en la documentación. 

Otro tema, aclarado de forma escueta por Sixto Ramón Parro15, sin que su opinión tuviera eco entre los historiadores posteriores, es el relativo al parentesco entre el arzobispo Gonzalo Pétrez Gudiel y su sucesor en la silla toledana, Gonzalo Díaz Palomeque, que han venido considerándose erróneamente tío y sobrino. 

Pero el parentesco fue otro, como veremos: abuelo y nieto. No sabemos cuándo don Gonzalo tuvo relaciones con una mujer, cuyo nombre desconocemos, las cuales dieron como fruto a una hija, de nombre también ignorado. Pensamos que el hecho debió acontecer antes de ser canonicus toletanus, cargo que ostentó a partir de 1257 y con el que aparece confirmando o suscribiendo documentos. 

Esta hija, como veremos, fue la madre del siguiente arzobispo toledano, Gonzalo Díaz Palomeque. Por ello Gonzalo Pétrez Gudiel y Gonzalo Díaz Palomeque no fueron, como se afirma de forma general, tío y sobrino, sino abuelo y nieto, como dijera Parro 

Dos años después, en 1259, don Gonzalo Pétrez era propietario de la casa que había pertenecido a su padre, Pedro Juanes, en la calle que bajaba al barrio de la iglesia de Santa Cruz, luego conocida como del Cristo de la Luz16. En tiempos del arzobispo don Sancho de Aragón, el pontífice concedió a Gonzalo Pétrez una canonjía en Toledo, durante cinco años, mientras estudiaba cánones17. 

Su carrera ascendente nos lo muestra como deán de la catedral de Toledo en 1262, a pesar de no haber recibido las órdenes sagradas18, cargo que sigue detentando en 1266. Como notario del rey Alfonso el Sabio y arcediano de Toledo figura en 1270 y 1271, confirmando el arzobispo toledano don Sancho de Aragón, en 19 de mayo de 1272, la designación de don Gonzalo como obispo de Cuenca. 

Como tal, en calidad de hombre de confianza de Alfonso X, que le hace donación del término de Totanés, don Gonzalo le acompaña a Francia cuando el monarca aspira al trono imperial y, de regreso, asistió tal vez a las exequias de San Raimundo de Peñafort. 

Ya en Toledo, sabemos que don Gonzalo adquiere el derecho a dos piedras de molino en el azud de Azumel, en el Tajo, alfoz de Toledo, a los judíos Abuishac y Abuomar, hijos de Alhasan b. Abishac el Barcelonés –año 1273–20. Después de ocupar la sede conquense, don Gonzalo es designado obispo de Burgos. Previamente hace inventario de sus bienes. 

Este cargo lo desempeñaría hasta 1280. Pero su meta era el arzobispado de Toledo. Por ello, contando con el apoyo del infante don Sancho, y en contra de la elección llevada a cabo por su padre Alfonso X, ataca el nombramiento de Fernando Rodríguez de Covarrubias para tal cargo, acusándole de simonía, por lo que tal nombramiento no llegó a ser confirmado en Roma. Esta situación inestable, durante la cual Covarrubias fue acusado de haber comprado a sus electores, se zanjó en 1280, fecha en que éste abandona la sede toledana, para la que el pontífice Nicolás III designa a don Gonzalo. 

Cuando el nuevo arzobispo comunicó su nombramiento a Alfonso el Sabio, el monarca le contestó hábilmente en términos afectuosos: ...vos digo que me place, ca sodes mio natural et home que punnaredes en aquellas cosas que fueron mio pro et mi honra . Pero con todos estos hechos y la adquisición de obras de gran valor, como demuestran los inventarios de sus bienes, se debió resentir la situación económica del nuevo arzobispo toledano, que reiteradamente solicita préstamos, especialmente en Italia. 

De todas formas, estas prácticas no eran nuevas en el arzobispado toledano. Sancho de Aragón dejó una deuda de casi 10.000 mrs. y su sucesor, Fernando Rodríguez Covarrubias, en 1278, tuvo que empeñar el tesoro de la capilla del anterior para pagar las deudas de éste, así como varios anillos pontificales y libros, propiedad de la Iglesia catedral, para reducir las suyas propias21. Camino de Roma, donde había de obtener la confirmación de su cargo de arzobispo de Toledo, Gonzalo Pétrez «Gudiel» se detuvo en Viterbo. 

Y allí, el 6 de diciembre de 1280, solicitó un préstamo de 1.500 libras tornesas a los Clarenti de Pistoya, quienes le obligaron a hacer un inventario de sus bienes y a que su fiel Jofre de Loaysa, arcediano de Toledo, se corresponsabilizara en el pago. Tal inventario nos permite conocer la calidad de su biblioteca, de sus paños, de sus ornamentos sagrados, de sus piezas de orfebrería y de sus joyas. 

En el texto consta que tal inventario se escribió en Viterbo, in domo Domini Algeli Petriboni22. Las dificultades pecuniarias del arzobispo debieron continuar, ya que él y Loaysa, en 21 de junio de 1281, estando aún en Viterbo, solicitaron un aplazamiento de la deuda, y se comprometieron a saldarla en Roma el 1 de enero de 1282. Los banqueros acreedores accedieron a ello, si bien exigieron el juramento no sólo de Gudiel, sino de todo el séquito. Se tiene constancia además de préstamos de otras compañías, como las de Ammanati y Ricardi, de Luca. 

Sin embargo, parece que los principales acreedores fueron los Chiarenti, quienes a fines de 1281 le habían anticipado 2.900 libras de Tours23 . Tras la boda del infante don Sancho con doña María de Molina, «Gudiel» viajó a Aviñón –febrero de 1282–, sin poder resolver sus problemas pecuniarios que siguen agravándose, hasta el punto de que en septiembre su deuda a los Chiarenti ascendía ya a casi 8.000 libras. Como garantía, éstos le obligaron a permanecer en Nîmes, Montpellier o en otro lugar que consideraran oportuno, hasta la primavera de 1284. 

Durante estos años de ausencia, la corte castellana es escenario de importantes acontecimientos. En 1281 empezó a destacar otro ilustre toledano, Gómez García de Toledo, privado del infante don Sancho, a quien Alfonso X había enviado a Granada para entablar negociaciones con el monarca nazarí. Unos meses después, declaradas ya las hostilidades entre el infante Sancho y su padre, Alfonso X, Gómez García retorna a la corte granadina buscando la alianza entre Sancho y el musulmán. 

Otros obispos y nobles se inclinaron también, como Gómez García, a la parcialidad de don Sancho, a partir de 1282. Mientras tanto Gonzalo Pétrez, en su forzado exilio francés, se libró de participar en la conocida pugna entre el monarca y su hijo. Su retorno, en 1284, coincidió con la muerte de Alfonso X y la entronización de Sancho IV el Bravo. A partir de ese momento, don Gonzalo Pétrez «Gudiel», arzobispo toledano y canciller, desempeñó un papel fundamental en la vida política castellana, ostentando el título de Primado de las Españas desde el 7 de enero de 1285. 

El nuevo monarca, Sancho IV, exteriorizó su deseo de vinculación a Toledo y al arzobispo Pétrez al mes siguiente, mediante un privilegio rodado en el que escoge la catedral toledana como lugar de enterramiento para él, para su esposa María de Molina y para su hija María. 

Con anterioridad había dispuesto ser sepultado en el convento de los frailes menores de la ciudad, denominado de San Francisco y situado en el lugar que ocupa actualmente el convento de la Concepción Francisca.La preocupación de «Gudiel» por los problemas económicos de su clerecía se puso de manifiesto ese mismo año a través de una disposición en la que ordenaba la reducción del número de canónigos en las parroquias toledanas –veinte latinas y seis mozárabes–.

El arcipreste de Toledo Jofré de Loaysa fue el encargado de poner en práctica esta medida. Como hombre de confianza del rey, el arzobispo don Gonzalo desarrolló también una importante actividad diplomática. Así formó parte de la comisión enviada por el castellano para parlamentar en Bayona con el rey de Francia, del que pretendía recibir apoyo frente a las pretensiones de los Infantes de la Cerda. Y, en la Santa Sede, con vistas a la legitimación del matrimonio de Sancho IV con doña María de Molina. Integraban también la comisión, entre otros, los obispos de Calahorra, Lugo y Burgos, y el toledano Gómez García, privado del rey don Sancho, notario del reino de León y abad de Valladolid desde 1284, interlocutor principal este último con el rey francés. 

La actitud poco clara de Gómez García, motivada por su ambición, determinó su caída tras la pérdida del favor real, a la que contribuyó el arzobispo «Gudiel», que desamaba mucho a este abad... e otros muchos de la casa del Rey, entre ellos el señor de Vizcaya. Precisamente fue a estos dos personajes a los que encargó don Sancho la inspección de las cuentas del abad, tanto las destinadas a sufragar las gestiones realizadas en la Santa Sede, para conseguir la legitimación del matrimonio del rey con María de Molina –grave problema de su reinado–, como las relacionadas con las cantidades por él recaudadas a lo largo de su privanza. La sentencia adversa no se hizo esperar. 

Y, si bien, para paliarla, don Sancho propuso a Gómez García para el obispado de Mondoñedo, en realidad se trataba de una condena, ya que suponía el alejamiento de la corte y la pérdida de las anteriores prebendas. Todos estos hechos debieron minar la salud del antiguo abad de Valladolid, que murió en Toledo poco después, el 29 de julio de 1286, según una de las inscripciones de su sepulcro en la Catedral: Obiit IV Kalendas August. Era MCCCXXIIII. 

En el año 1286 mejoraron las relaciones de Pétrez –«Gudiel»– con la Santa Sede y fue absuelto del entredicho que pesaba sobre él. Pero las peticiones de préstamos en Italia, a través de sus representantes, continuaron. En esa fecha figura la petición de 3.000 libras turonenses al mercader de Florencia Bocatinus Josepi y a Girardinus Donati, socio de la compañía Ammanati de Pistoia.

Mientras tanto, la ciudad de Toledo, regida por el alcalde Garci Álvarez de Toledo, atravesaba por momentos conflictivos. Los atropellos cometidos por dicho alcalde en 1286, como consecuencia del cobro de ciertos tributos desusados, apresando a doncellas, viudas y caballeros de Brihuega y Alcalá de Henares, vasallos del arzobispo Gonzalo Pétrez, motivaron la intervención de Sancho IV, aunque sin éxito. A comienzos de 1288, Gonzalo Pétrez, con el beneplácito del cabildo, eligió el lugar de su sepultura, en el coro de la catedral toledana, ante el altar de la Virgen. 

Poco después obtuvo un préstamo de 20.000 mrs., con el aval de los ingresos que le reportaban las ferias de Alcalá de Henares, celebradas en las fiestas de la Asunción, San Juan Bautista y Todos los Santos. Dos hechos debieron conmocionar a los toledanos a fines de 1289. El primero fue la apertura de los sepulcros de Alfonso VII, Sancho III y Sancho Capelo, el 21 de noviembre, en la Catedral, ante la presencia del rey don Sancho IV y del arzobispo, con el fin de trasladar los féretros a un nuevo monumento funerario erigido en la capilla del Salvador. 

El segundo, antes de terminar el año, fue la ejecución del alcalde Garci Álvarez de Toledo y de su hermano Juan, por orden de Sancho IV, que de esta forma pretendía acabar con las revueltas que desde hacía tiempo tenían convulsionada la ciudad. 

A modo de epílogo, don Sancho confirmaría los privilegios o Fuero de Toledo, siendo don Gonzalo Pétrez uno de los que suscribieron el documento. Éste, a su vez, da nuevas constituciones al cabildo, en las que conmina a los canónigos a que asistan a las horas principales –vísperas, maitines y misa mayor–, en las fiestas mayores, es decir, en Todos los Santos, Pascua de Resurrección y Asunción de la Virgen, bajo la amenaza de perder un tercio de su porción si faltan a alguna de ellas. 

Tras la caída de Acre, el pontífice Nicolás IV consideró oportuno retornar al espíritu de Cruzada, por lo que envió a Gonzalo Pétrez unas cartas –12 de enero de 1291– exhortándole a celebrar un concilio en Valladolid. Éste hizo la convocatoria el 6 de enero, con vistas al 20 de abril de 1292, tanto a sus sufragáneos como a otros obispos, y aunque el concilio parece que no llegó a celebrarse, el arzobispo toledano y algunos miembros de su cabildo estaban en aquella ciudad a mediados de mayo. Del 1 de mayo de 1291 data la partición de los bienes de Pedro Juanes y su esposa Teresa, padres del arzobispo, entre éste y sus hermanos García 

Pétrez y Teresa, aprobando estos últimos que don Gonzalo tuviera y poseyera los bienes que hubieran correspondido a sus hermanos difuntos. Al parecer, García Pétrez recaudaba cuentas de su hermano el arzobispo. En 1293 éste adquiría, en el adarve de don Pedro Juanes, hijo del alcalde Juan Pétrez, en la colación de San Nicolás, una casa contigua a un corral de su propiedad, por 400 mizcales blancos. 

El interés hacia la cultura, por parte de don Gonzalo Pétrez Gudiel, quedó primordialmente reflejado en el ruego que hizo al rey don Sancho respecto a la fundación del Estudio de Alcalá de Henares, luego Universidad en tiempos del cardenal Cisneros. Con motivo de la entrevista entre Sancho IV y los reyes de Aragón y Francia, celebrada en Logroño en los meses de julio y agosto de 1293, don Gonzalo, canciller del monarca castellano, defendió a ultranza la primacía de la silla toledana, muy controvertida, entrando en la ciudad precedido por la cruz procesional. 

El hecho desató la indignación del obispo de Calahorra, don Almoravid24, que dependía de la mitra tarraconense, e igualmente del arzobispo de Sevilla, que llegó también a Logroño precedido de su propia cruz alzada. Entre los dos primeros prelados se cruzaron sentencias de entredicho y excomunión. «Gudiel» quedó en una situación difícil, que logró solventar mediante la intervención papal y la de los eclesiásticos del séquito del monarca aragonés Jaime II. Ciertos documentos revelan la adquisición, por parte de don Gonzalo, de algunos inmuebles que habían pertenecido a otros arzobispos anteriores. 

Y también el arrendamiento del cobro de los derechos arzobispales sobre las ferias y portazgos de Alcalá y Brihuega, por 20.000 mrs., a tres judíos, en 1293. Al año siguiente adquiere una casa derruida en la colación de la Trinidad, junto a la capilla de San Juan del Arzobispo, a Martín Fernández Pantoja y a su mujer Colomba Gutiérrez.25 Actuando como administrador de su diócesis, don Gonzalo promulgó una disposición para regular la norma de conducta de los llamados coronados, escalón inferior de la clerecía. El arcediano de Toledo Jofré de Loaysa fue encargado de su cumplimiento.

BALBINA C AVIRÓ M ARTÍNEZ ARTÍNEZ 
Correspondiente 
http://realacademiatoledo.es/el-linaje-y-las-armas-del-arzobispo-toledano-gonzalo-petrez-lgudielr-1280-1299-por-balbina-caviro-martinez/
El arzobispo de Toledo
Si te ha gustado este artículo, por favor, dale a "Me Gusta".
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...