lunes, 2 de marzo de 2015

San Eugenio Martir, Primer Arzobispo de Toledo (s. I).

Primer arzobispo de Toledo; se cree que fue español y de la provincia de Toledo. Compañero y amigo de san Dionisio Aeropagita, se dice que presenció la ordenación y misión de san Torcuato para predicar el Evangelio en España, que en tiempo de san Clemente, el año 68 o 69 de la era vulgar, salió de Roma para las Galias con san Dionisio, que se quedó en París, y Eugenio vino a Toledo como obispo, nombrado para ese cargo por san Clemente.

En tiempo del arzobispo de Toledo Raimundo, en 1148, se obtuvo la traslación a Toledo de un brazo de Eugenio, y en la época de Felipe II, en 1565, recibió por fin la iglesia de Toledo el cuerpo entero de su primer arzobispo, que fue venerado desde los tiempos primitivos como santo mártir.

Estaba España á la sazón hecha por la mayor parte el teatro de la superstición y de todos los errores. San Torcuato y sus compañeros, como habían entrado por las provincias meridionales, no habían penetrado en lo interior de la península; y así, todos sus trabajos no habían hecho otra cosa que prepararlos caminos á la verdad, comenzando á disipar las tinieblas del error.

Las supersticiones derivadas de los fenicios y cartagineses, y otras de origen desconocido, adoptadas ó inventadas por los mismos españoles desde los tiempos más remotos, se habían retirado al centro.

Por lo mismo debía San Eugenio combatir, no solamente con los engaños religiosos de la nación, sino con cuantos habían traído de fuera sus tesoros, y con las mismas gentes que vinieron á robarlos. Eugenio, con ánimo esforzado, entra en España cual sol resplandeciente, resuelto á desterrar de su seno las tinieblas, á enseñar la verdad á los españoles, y á perder en la demanda, si fuese menester, su propia vida. Hizo mansión en Toledo, ciudad famosa y capital de la Carpetania, y, según algunos, vino destinado por obispo de esta ciudad por él papa San Clemente, de acuerdo con San Dionisio. Como su fin no era otro que plantar la religión del Crucificado sin perdonar trabajo ni temer peligros, era preciso que el Cielo echase su bendición Sobre todas sus fatigas. En breve tuvo el consuelo de ver una porción considerable

de gentiles convertidos á la fe de Jesucristo; tanto, que formó su iglesia, celebró sacrificios, y lo dispuso todo con aquel orden y liturgia que había aprendido de los apóstoles y de San Clemente. Al paso que iba creciendo el número de creyentes, se iban multiplicando sus trabajos; pero todos los daba por bien empleados en vista de los copiosos frutos que le producían. Su fervoroso celo no se ceñía á los muros de la ciudad, sino que, saliendo por los pueblos circunvecinos, se extendió á los Holcades y Carpetanos, pudiéndose gloriar todos estos pueblos de haber sido San Eugenio el padre de su fe y su apóstol.

Más de veinte años consumió el Santo en los ejercicios apostólicos, y en desterrar la superstición de esta provincia, experimentando en ellos los trabajos y persecuciones que refieren las historias haber padecido los ministros del Evangelio en otras naciones gentílicas. El natural feroz é indomable de los españoles de aquel tiempo, y la ceguedad y la codicia de los sacerdotes de los ídolos, harían verosímil y creíble cuánto de San Eugenio se afirmase en orden á padecer persecuciones por el establecimiento de la fe. El lector piadoso las considerará según su piedad su fervor y su talento; pero la historia de San Eugenio no determina nada.

Gozoso el Santo con la extensión que había adquirido su Iglesia y lo mucho que se había multiplicado el rebaño de Jesucristo, quiso verse con San Dionisio para darle nuevas tan felices y tratar con él de las cosas pertenecientes á su Iglesia de Toledo. Arregló los negocios que tenía pendientes; dejó encargado á ministros de su satisfacción el ministerio de la palabra, y practicó cuanto podía sugerir una celestial prudencia á un padre, á un pastor, á un obispo. Hecho esto, se puso en camino para París, derramando por todas partes, la semilla evangélica y el buen olor de sus inocentes costumbres; y santa vida. Era el tiempo en que la segunda persecución de Domiciano había llegado á su

 mayor extremo, y en la cual, entre muchos millares de mártires, habían logrado este glorioso triunfo San Dionisio, obispo de París, y sus dos compañeros Rústico y Eleuterio. Cuando San Eugenio llegó á una aldea cercana de París, llamada Diolo, supo la suerte venturosa que había tenido el santo obispo, en cuya busca venía; y combatido del dolor por una parte de haber perdido un amigo tan precioso, y por otra de una santa envidia de triunfo que había logrado, comenzó á predicar con tal celo y viveza, que no sólo se hizo respetable á aquellas gentes, sino que su fama llegó presto á París. Residía allí Sisimo, gobernador de las Galias, en quien se competían la brutalidad de las costumbres y la fiereza.

Apenas oyó cómo San Eugenio predicaba, cuando conceptuó que nada había hecho con quitar la vida á Dionisio, si dejaba con ella al que tanto se le parecía. Envió inmediatamente sus ministros á Diolo con las instrucciones convenientes para hacer el interrogatorio á Eugenio, y en su consecuencia quitarle la vida. Luego que llegaron á Diolo los ministros infernales, pusieron en ejecución el decreto del presidente. Llamaron al Santo; y aunque con una tibia esperanza de poderle disuadir de la religión que profesaba, le hicieron sus preguntas é intentaron persuadirle á que, abandonando la religión de Jesucristo, ofreciese incienso á los ídolos como el único medio de salvar la vida y de no deshonrar su ancianidad venerable con una muerte afrentosa.

San Eugenio, con una fortaleza evangélica y digna de un discípulo de los apóstoles y del primer obispo de Toledo, respondió que no reconocía más que un Dios, Criador de los Cielos y de la Tierra, y á Jesucristo, su Hijo, verdadero Dios y verdadero Hombre, que había redimido al mundo derramando su preciosa sangre; que sólo á este Dios adoraba, y por el contrario abominaba y detestaba los ídolos, como mudas obras de los hombres é invenciones del demonio. Esta respuesta certificó á los ministros de Satanás de que perdían el tiempo con Eugenio; y así, sin dar más treguas, le cortaron la cabeza el día 15 de Noviembre del año de 96, que fue el mismo en que murió emperador Domiciano.

Los gentiles arrojaron el cuerpo de Eugenio al lago de Marcasio, del cual fue extraído incorrupto después de muchos siglos por un vecino de Diolo, en donde se le construyó una iglesia. De allí, aquellos restos fueron trasladados a París.

Fuentes:

http://www.mcnbiografias.com/app-bio/do/show?key=eugenio-san-i-arzobispo-de-toledo
http://iteadjmj.com/SANTO/eugenio.pdf

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