jueves, 21 de septiembre de 2017

Casos Inquisitoriales de Torrijos: Pablo de Tolosa y Pedro de Castañeda

Resultado de imagen de inquisicion en toledoPABLO DE TOLOSA

Era también menestril del duque de Maqueda. Fue penado el 8 de marzo de 1536 y asimismo por blasfemias.

La causa de su proceso no fue por jugar a las cartas sino que tuvo su origen en las relaciones familiares ya que, como sucede en la actualidad, la convivencia entre los cónyuges y la educación de los hijos es difícil. Pablo de Tolosa en su declaración ante el Inquisidor reconoce que "0'_ algunas veces con grande enojo que en mi casa me dan mi mujer e hijos porque les castigo como padre y visto que me responden mal, muy enojado de ello como pecador grande, ciego de mi enojo amenazando a mi mujer e hijos, he dicho reniego de Dios, si os tomo, si no os mato y otras veces de la misma causa he dicho no creo en Dios ... si no os quiebro la cabeza .. ,",



A continuación, como los anteriores, pide perdón y que se le aplique la penitencia. La sentencia es parecida a las anteriores: " ... le manda que oiga una misa rezada por las ánimas del Purgatorio y rece cinco veces el Padre Nuestro con el Ave María y pague al receptor de este Santo Oficio tres ducados de oro o su valor dentro de nueve días .. ," (AHN, Inq., Leg. 47/47).

PEDRO DE CASTAÑEDA

 Otro vecino de Torrijos que también es penado en las mismas fechas, el 9 de marzo de 1536, es Pedro de Castañeda. Era menestril de los Señores de Torrijos, en este caso de don Alonso de Cárdenas. Su delito fue, igualmente, blasfemar al jugar a los naipes.

Él mismo confiesa ante el Inquisidor que: " ... estando jugando con unos a los naipes ... (dije) que renegaba de Dios si no me lo había de pagar algunos de ellos ... ". En el interrogatorio, tras declarar que es cristiano viejo, pide perdón y que se le imponga la penitencia correspondiente.

El inquisidor Pedro Girón de Loaisa en su sentencia le " ... dijo y requirió que de aquí adelante se ausente y excuse de decir semejante blasfemia y que en penitencia de su culpa le dé cuatros ducados de oro o su valor para los gastos de este Santo Oficio los cuales le manda que dé e pague ... " (AHN, Inq .• Leg. 33/24)



miércoles, 20 de septiembre de 2017

Cañon del Rio Huso

Paisaje granítico en el cañón del río Huso

Vamos a seguir nuestro recorrido por el río Huso desde la estación de la vía Verde de la Jara de La Nava- Fuentes. Desde aquí podemos seguir por la ribera del río o por la vía que discurre paralela aunque a más distancia.

El paisaje sigue siendo pizarroso y de raña al principio para después hacerse granítico cuando entramos en territorio de La Estrella.“Marmitas de gigante” formadas por el agua en el curso del río Huso

LUGARES DE INTERÉS

La encantadora sierra de La Estrella, que se levanta como un bastión en medio de la Jara Baja, conserva en la vertiente oriental su vegetación de bosque mediterráneo con arroyuelos y fuentes que riegan terrazas y huertecillos. Sus cumbres fueron siempre un lugar estratégico de observación y refugio.



En la cima de la Sierra Ancha, la mayor de las dos elevaciones que forman la Sierra de La Estrella, podemos visitar los restos del amurallamiento de un castro de la Edad del Hierro en el que es curioso observar los huecos disimulados en el grueso del muro que servían como refugio. 

Probablemente, estas cuevas camufladas también fueron utilizadas como escondite por los cristianos que, tras la reconquista, se atrevían a repoblar estas tierras inhóspitas batidas por las razzias de almohades y almorávides que les obligaban a refugiarse en estas alturas que eran denominadas “ las moradas” por los esos asustados repobladores que dejaron en otras elevaciones de La Jara topónimos y murallas similares. 

La vista panorámica sobre La Jara desde estas alturas es impresionante.Molino abovedado en el río Huso

En la Buha, el cerro más puntiagudo, se sitúa una explotación minera antigua. La forma del monte y la cueva minera han hecho que la fantasía popular haya querido ver un antiguo volcán en la cumbre de esta montaña.

Desde el collado que cruza el camino entre la Buha y la Sierra Ancha desciende hacia el río en dirección este un camino que nos llevará a otro paraje curioso. 

Se trata de la Cabeza del Conde, una elevación granítica formada en su cumbre por grandes bloques de piedra entre los que se refugiaron los hombres de la Edad del Cobre, más tarde gentes que se escondían durante los inseguros tiempos del medioevo, bandoleros y, más recientemente, los grupos de maquis que frecuentaban La Jara, sobre todo las partidas de Quincoces. 

Unos quinientos metros río abajo de Cabeza del Conde podemos visitar las ruinas de un antiguo molino, situado también en un lugar muy ameno en el que durante las primaveras y comienzos del verano disfrutaremos del baño en sus tablas solitarias.Palomar de los baños de la Retortilla

Podemos ver varios molinos con sus curiosas presas y sus balsas en el río durante nuestro trayecto. 

Uno de ellos se encuentra junto al paso del camino que va de Fuentes a los Baños de la Retortilla, de los que hemos hablado en otras entradas.

El valle del río Uso en este tramo bajo de su cuenca merece que nos detengamos y disfrutar de los paisajes pintorescos que impresionan por lo abrupto de las paredes de piedra que delimitan su cañón. 

Río abajo de la cañada que viene desde Talavera podemos visitar unpuente de sillería y mampostería granítica construido por el concejo de Talavera en el siglo XVI para facilitar el paso de los muchos ganados que bajaban a los pastos extremeños. 

Desde este puente hasta la desembocadura del Uso en el Tajo podemos encontrar parajes de lo más agreste con formaciones graníticas donde anidan numerosas especies de pájaros y rapaces.Puente de la Mesta sobre el río Huso

Entramos después de lleno en el cañón del río Huso, tal vez el más profundo y paisajísticamente más llamativo de La Jara.

Al final del cañón del Huso, antes de la desembocadura en el Tajo se sitúa la Ciudad de Vascos, yacimiento hispano musulmán de gran valor al que dedicaremos otras entradas.Ciudad de Vascos y al fondo el Tajo en el reculaje del embalse de Azután en el Huso

http://lamejortierradecastilla.com/el-canon-del-rio-huso/

martes, 19 de septiembre de 2017

Indigenismo y sostenibilidad en los Hitos de Arisgotas ( Jorge Morin)

Foto aérea

Las excavaciones son para el verano + aclaraciones 28/08/2016

(Arisgotas es una pedanía del municipio de Orgaz)

Con la llegada del verano, y a pesar de la crisis económica, son cientos las excavaciones arqueológicas que se llevan a cabo en nuestro país. El fenómeno se explica generalmente por la presencia del buen tiempo (?), si a 40 grados a la sombra se le puede llamar así; las largas jornadas, ¿trabajar de sol a sol no estaba prohibido?, etc. 

Todo es más sencillo, no hace tanto tiempo la práctica arqueológica se limitaba a los universitarios y era en verano cuando nuestros queridos profesores tenían tiempo y a toda una legión de estudiantes dispuestos a achicharrarse y partirse el lomo por un bocadillo de mortadela y cama gratis -De esos polvos, vienen estos lodos-.



Lo cierto es que todos los que tenemos cierta edad nos hemos formado así. Yo recuerdo mis veranos en las tierras de la Alcarria en las ruinas del castillo de Huete o del monasterio servitano en Ercávica, donde su director Carlos Moncó intentaba que comprendiese los misterios de la disciplina. Este año, mi hijo mayor, también ha participado en su primera excavación, iniciándose en la disciplina de la mano de dos amigos, arqueólogos excelentes dedicados a la enseñanza de la disciplina desde hace años, Catalina Urquijo y Dionisio Urbina. 

En el castillo de Zorita de los Canes, casi como yo, en una fortaleza de origen andalusí, aunque él acompañado de una veintena de norteamericanos y yo de una veintena de optenses. Seguro que es una experiencia que le marcará para siempre, aunque no sea arqueólogo en el futuro. La convivencia continúa después de las largas jornadas de campo dan una sensación de libertad nunca igualada, además de trabarse sólidas amistades para toda una vida.

En estos meses de verano no hemos querido ser menos y hemos iniciado un proyecto con el Ayuntamiento de Orgaz, y su pedanía de Arisgotas, en el yacimiento de Los Hitos. Éste era conocido porque allí se producía el hallazgo de numerosos restos de escultura visigoda, que se utilizaron para decorar las casas del pueblo, su iglesia…y con el tiempo muchas acabaron en un Museo local. Entre los finales de los 70 y principios de los 80, el arqueólogo toledano Luis Balmaseda Muncharaz excavó los restos y los interpretó como la cabecera de una gran iglesia de época visigoda.

Ruinas de Los Hitos en el 2015

       Ruinas de Los Hitos en el 2015

Con el paso de los años, los restos no excavados totalmente fueron cubriéndose poco a poco a la sombra de cuatro almendros que dotan al conjunto de una visión de ruina romántica, en especial en los meses de otoño, invierno y primavera. ¿Por qué acabar con esa visión de la ruina? Ruina, pero comprensible. 

Es cierto que la visión que tenemos del conjunto difiere de la que otros especialistas han dado –iglesia, monasterio…-, nosotros pensamos que se trata de un palacio, de un prototipo que luego veremos en la Vega Baja en la iglesia de Santa Leocadia o años más tarde en Santa María del Naranco.

Sin embargo, dos son las razones que como equipo de investigación nos mueven a participar en el proyecto. El modelo arqueológico español de Museos Nacionales y Provinciales se sustenta en la rapiña del patrimonio arqueológico de las comunidades rurales. 

No queremos entrar aquí a rebatir los argumentos que esgrimen nuestros colegas para justificarlo, que se parece bastante a los empleados para justificar el expolio de continentes enteros como el africano. Creemos en una arqueología “indigenista”, es decir, los pocos vecinos de Arisgotas y los de Orgaz tienen derecho a conservar su patrimonio in situ, y con ellos todas las comunidades rurales de nuestro país. Los arqueólogos debemos trabajar codo con codo para que su patrimonio no vaya a los almacenes de un Museo provincial con la triste excusa de que allí estarán mejor. ¿Seguro? 

Los vecinos de Arisgotas demostraron ya hace años que les preocupa su patrimonio con la generación de un pequeño Museo local con la ayuda de otro colega, Bienvenido Maquedano Carrasco. El Ayuntamiento de Orgaz ha invertido sus escasos recursos en la adquisición del yacimiento y la puesta en marcha de los trabajos de excavación para su posterior puesta en valor.

Propuesta de intervención. Paz+Cal arquitectura.

Un segundo aspecto importante es el de la sostenibilidad del modelo. Se propone una visita libre al yacimiento, a las piezas de la localidad de Arisgotas y al Museo. Hasta la fecha no se han producido actos de vandalismo o robos, a pesar de ser espacios ya conocidos. Creemos en la educación como principal elemento de generar conciencia y respeto por el patrimonio. 

Los costes de mantenimiento del yacimiento serán escasos y asumibles por el municipio, que cuenta con un hito de su historia visitable por sus ciudadanos, sus pequeños y mayores, que lo viven como algo suyo, que está en su entorno, en su paisaje, en su contexto…Huimos de los grandes proyectos de acondicionamiento, de los que la provincia está llena de fracasos por su insostenibilidad, no sólo económica, sino por que se generaron desde fuera. Para el ego del mundo académico que los excavó.

Propuesta de reconstrucción del palacio visigodo de Los Hitos, Arisgotas

Por último, como investigadores creemos que se puede hacer ciencia de primer nivel trabajando en una pequeña pedanía rural de Toledo. Publicaremos nuestras Memorias, iremos a congresos, escribiremos para revistas arqueológicas,,, y los resultados seguramente serán citados por nuestros colegas y, muy lentamente, se incorporaran al mundo académico siempre reacio a las novedades. 

Sin embargo, nuestro premio y creemos que el de todos vosotr@s que os animéis a compartir la experiencia, es llegar a Arisgotas recorrer sus calles y ver los relieves empotrados, visitar el Museo y luego ir al yacimiento para disfrutar de unos restos muebles e inmuebles en el espacio que los generó hace más de 1400 años. En soledad o en compañía…

Jorge Morín de Pablos, Doctor arqueólogo.

Nota. Las repercusiones de las excavaciones del yacimiento de Arisgotas han tenido amplio eco en la prensa local, asturiana y nacional. Dejamos aquí algunos link que confirman el interés de estos descubrimientos.










Multiforme y sin parangón (28/08/2016)

La repercusión del artículo en Hombre de Palo de Los Hitos de Arisgotas ha sido muy grande; la del yacimiento ha tenido eco en la prensa nacional. Las hipótesis que pudieran deducirse del descubrimiento del yacimiento han producido mucho interés en Asturias, alarmando a ciertas personas, sobre todo en lo concerniente a las similitudes con Santa María del Naranco. La lectura de los comentarios en el mismo artículo es clara y abundante.

El autor del artículo, Jorge Morín, ha querido precisar y replicar sobre algunos conceptos expresados en esas opiniones. Nos ha parecido adecuado su inclusión como parte del propio artículo. (los editores)

Multiforme (Del latín multiformis) Que tiene muchas o varias figuras o formas.
Parangón (De paragón) Comparación o semejanza.

La idea de la construcción de un edificio como Santa María del Naranco como la obra de un genio en pleno siglo XXI supone un desconocimiento absoluto de la génesis de los edificios alto medievales hispanos. En el desarrollo de la obra interviene el comitente, es decir, el monarca que

encarga su construcción; su diseño y decoración fue fruto de la ideología de la época, en manos de la Iglesia; en su construcción física trabajaron, no sólo un maestro de obras, sino cuadrillas de albañiles, carpinteros, canteros, etc. El genio y el trabajo de muchos…Santa María del Naranco fue sin duda el resultado de una “ópera” colectiva.

Ese edificio sufrió a lo largo de los siglos numerosas transformaciones, nuevas capas que lo fueron modificando y mutando de aspecto.

Sin embargo, la visión actual del edificio de Santa María del Naranco se la debemos a un “genio”, el arquitecto Luis Menéndez Pidal, que lo mutiló y lo conformó a su antojo en los albores del siglo XX, con unos criterios que hoy en día han sido superados y no serían asumibles por la práctica totalidad de arquitectos y arqueólogos contemporáneos.

Esa visión del edificio es la que parecen aceptar sin resquicios nuestros “talibanes” asturianos, sin la más mínima critica, sin fisuras, sin dudas… querido lector solo el ignorante no duda.

Nuestro equipo de investigación está formado por un centenar de personas -arqueólogos, arquitectos, antropólogos, geólogos, etc- con una amplia trayectoria nacional e internacional, no sólo regional, y concibe la práctica arqueológica y científica desde otros preceptos. 

Así, el criterio de autoridad nunca es un argumento per se. Cierto que la suma e impacto de nuestros curricula superan con creces los de los “especialistas” locales citados por nuestros queridos “talibanes” asturianos -Véase Academia, Dialnet, Researgate, etc-, pero nuestra trayectoria anterior de nada vale si no la aplicamos en el trabajo actual. 

Le recordamos al lector que se trata de proyecto científico indigenista, educativo y sostenible en el yacimiento de los Hitos. Ese era el debate de nuestro texto y no otro. La imagen obtenida del edificio de los Hitos, a la que habría que sumar un pórtico Norte, tiene claras semejanzas constructivas y decorativas con Santa María del Naranco.

Nuestro trabajo es explicar la génesis del mismo a finales de la sexta centuria y su reflejo en la arquitectura hispana del siglo VII. Los resultados de nuestros trabajos deben ser criticados exclusivamente en el ámbito científico -revistas, congresos y monografías-, no en periódicos ni blog. Si estos “talibanes” se permiten el atrevimiento de cuestionar el trabajo de un centenar de científicos en las líneas de un blog, sólo es posible desde el desconocimiento y la ignorancia.

La Ciencia solo está para comprender el mundo en el que vivimos, no para generar ideologías que inciten al odio y la violencia. El pasado permite entender nuestro presente no cabe duda, pero la construcción de nuestro futuro es responsabilidad nuestra. En Arisgotas, como científicos reclamamos el derecho de nuestras comunidades rurales de conservar y entender su pasado. Desde el trabajo, el respeto y la tolerancia.


Dr Jorge Morin de Pablos
NdT ἓν οἶδα ὅτι οὐδὲν οἶδα
http://hombredepalo.com/indigenismo-y-sostenibilidad-en-los-hitos-de-arisgotas-jorge-morin


domingo, 17 de septiembre de 2017

Zocodover: variaciones de una plaza hasta el otoño de 2017

Resultado de imagen de Zocodover: variaciones de una plaza hasta el otoño de 2017RAFAEL DEL CERRO MALAGÓN - VIVIR TOLEDO

En unas semanas comenzarán las obras de una nueva reforma para mejorar la accesibilidad, el pavimento, el arbolado, la iluminación y el mobiliario urbano

Reportaje en la revista Toledo (agosto de 1925) sobre el nuevo cambio en Zocodover que mantenía la misma forma desde 1865.

Dijeron que, en el ocaso del verano de 2017, Zocodover, la plaza más popular de Toledo, estaría en disposición de recibir una nueva intervención maquilladora que, según lo avanzado, atenderá la accesibilidad, el pavimento, la iluminación, el arbolado y el mobiliario urbano, tareas que complementan otras actuaciones inmediatas ya habidas en las calles de las Armas y de Barrio Rey.



Será pues un capítulo más de las varias mudanzas documentadas desde el siglo XVI en este lugar.

Todo partió un 11 de octubre de 1589 cuando un voraz incendio arrasó varias manzanas de este secular zoco de caballerías de época islámica. La mala impresión que causó la plaza a Felipe II, pues «ofende a la vista», hizo que, en 1596, encargase su reforma al arquitecto Juan de Herrera (1530-1597) «por ser para ornato de ciudad tan insigne y principal».

Resultado de imagen de Zocodover: variaciones de una plaza hasta el otoño de 2017Este intentó crear un espacio cuadrado sin poder lograrlo totalmente, pues el cabildo catedralicio, dueño de numerosas casas, abrió largos pleitos que empantanaron el proyecto filipino ante el Consejo de Castilla. Tan sólo se alzaron tres edificios con soportales conocidos por el nombre de los gremios allí ubicados o por alguna función concreta: Boteros (en la calle de las Armas, hoy inexistente); Carpintería (el del Arco de la Sangre) y del Peso Real, entre la subida al Alcázar y Barrio Rey.

A pesar de nuevos incendios parciales en el XVII, el esquema de la plaza pervivió hasta el siglo XIX. En la época isabelina, Zocodover fue olvidando su viejo perfil que, a diario, reunía puestos, caballerías y carros, más la celebración de ocasionales corridas de toros.

En 1839 el Ayuntamiento aprobaba crear una glorieta central, exclusiva para el paseo, proyectada por el arquitecto municipal Blas Crespo con árboles y «macetas de arriostes» que borraron los viejos usos. La obra quedó terminada en diciembre 1840.

En 1854 se intentó resucitar la idea herreriana de crear aquí un espacio de planta rectangular, tomando como referencia la larga manzana del Arco de la Sangre, según muestra el proyecto del entonces arquitecto de la Diputación, Santiago Martín y Ruiz. Tan ambicioso plan implicaba derribar numerosas propiedades y reformar todos los accesos, una tarea que desbordaba las flacas arcas de la ciudad.

Sin embargo, en 1862, la plaza sí conoció un cambio cuando el Ministerio de Fomento arreglaba la carretera Madrid-Ciudad Real a su paso por Toledo, considerando como un ramal la subida desde la Bola del Miradero a Zocodover. Aquello propició ensanchar la actual calle de Venancio González y la calle de las Armas.

Aquí se derribó el edificio de los Boteros que, a un lado creaba el estrecho callejón de la Lamparilla. Además se apearon dos arcos existentes en la subida al Alcázar, trazados en 1656, para soportar unas viviendas que nunca se edificaron. Esta gran reforma fue respaldada por el alcaldeGaspar Díaz de Labandero, un gran impulsor de proyectos municipales y societarios entre 1865 y 1868.

Pero también, en aquel mismo momento, el interior de nuestra plaza sería remodelado. La glorieta central, creada en 1840 para el paseo diario -algo que, según decía Parro en 1857, lo había impuesto la moda-, se amplió hasta los soportales del Arco de la Sangre. Así pues, desde 1865, los carruajes y, mucho más tarde, los automóviles, para rodar entre la calle de las Armas y el Alcázar, debían bordear la nueva zona peatonal ante las dos manzanas situadas entre la calle del Comercio y la cuesta de Carlos V. Tal disposición perduraría, con leves retoques, hasta 1925, a partir de una propuesta verbal, fechada en 1920, por el entonces concejal Luis Mateo Moreno.

Durante el Directorio de Primo de Rivera el tránsito de vehículos a motor era ya un problema en el viejo tejido urbano de Toledo. Desde el Ayuntamiento se veía lógico que Zocodover albergase la parada de taxis, autobuses y automóviles particulares.

Para hacer más fluida la circulación, se acordó volver a la disposición de 1840: dejar una glorieta central para el paseo rodeada de calzadas para toda clase de vehículos. Esto facilitaba además la unión directa entre la calle de las Armas y el Alcázar. En medio de se colocaron bancos y dos evacuatorios subterráneos acicalados con rejería de Julio Pascual y artísticos azulejos de Sebastián Aguado, anulándose los deslucidos urinarios alojados en un casetón de chapa.

Sin embargo, aquella reforma estuvo prologada por un amplio debate en la ciudad, destacando la voz del periodista Santiago Camarasa desde su revista Toledo, como también el seguimiento que hizo la tribuna madrileña de El Sol, pues se temían perder esencias y tradiciones, incluyendo el propio mercadillo del Martes.

Félix Urabayen escribió irónicamente: «la que se armó fue épica», Zocodover fue fotografiado «desde arriba y desde abajo; en escorzo y a vista de pájaro». No quedaron opiniones neutrales aunque, al final, «todo quedó en tablas…, como las grandes gestas de la Historia». En la primavera de 1926 la discutida reforma había concluido.

Sin embargo, esta disposición sería revisada en 1958. Ahora tocaba devolver espacio al paseante. Cesó la circulación de vehículos en torno a la glorieta, pues se peatonalizó el tramo que discurría entre las calles del Comercio y de Carlos V, además de cegarse los evacuatorios subterráneos. En 1961, aquel diseño, elaborado por el arquitecto González Valcárcel, se daba por concluido. Pasaron al olvido, un surtidor de gasolina, las paradas de taxis y de los autobuses a la Estación, Madrid, Talavera y otros destinos provinciales, además de los Martes, aquí instaurados en el siglo XV.

Concluida la Transición nuevas ideas se aplicaban entre 1984 y los primeros años del siglo XXI. Aunque, de momento, no se alteró la estructura de 1961, se colocaron respaldos metálicos en los pretiles, surgieron nuevos quioscos y bancos similares a lo que hubo en 1926. En 2002, bajo los planes del Consocio de la Ciudad de Toledo, se volvía a entregar más espacio al transeúnte al prolongar el nivel del paseo central hasta las manzanas situadas a izquierda y derecha de la bocacalle de la Sillería, si bien en un uso compartido -y controlado- con el automóvil.

Ahora, en 2017, se añade pues un nuevo capítulo al álbum de las cíclicas metamorfosis de Zocodover que, como es propio del género ya degustado en momentos anteriores, seguro dará pie a toda clase de pareceres. Eso sí, ahora las opiniones del juicio popular navegarán por las redes sociales empleando menos de 140 caracteres.

POR RAFAEL DEL CERRO MALAGÓN - @abc_toledo Toledo 03/09/2017 19:49h -


http://www.abc.es/espana/castilla-la-mancha/toledo/abci-zocodover-variaciones-plaza-hasta-otono-2017-201709031949_noticia.html

sábado, 16 de septiembre de 2017

Antiguo convento de las Agustinas y lo que queda de él

San Alonso de Orozco fundador del convento representado en azulejería talaverana hoy en el actual colegio de las agustinas

En 1562, el oropesano Fray Alonso de Orozco, confesor de Felipe II, fundó con su hermana y otras mujeres de su familia un convento que el año 1573 vio finalizada su iglesia.

Al año siguiente, bajo la advocación de San Ildefonso, es bendecido el templo por el talaverano Juan Suárez de Carvajal, Obispo de Lugo. 

Más adelante la comunidad presta obediencia a la orden de San Agustín acudiendo varias monjas y una priora desde Madrigal.

Escudo de alguno de los protectores sobre la entrada de la iglesia del antiguo convento de San Ildefonso de las agustinas.



Protegieron a esta institución el inquisidor Pedro Girón y los marqueses de Sofraga pero ,al igual que los agustinos talaveranos, la falta de recursos hizo que a finales del siglo XVI se eximieran de obediencia a la orden, pasando a depender del arzobispado.

Parece que durante la invasión francesa no fue agredido este convento e incluso se le prestó protección.Antigua sillería gótica del convento de las agustinas, hoy en el colegio de las mismas

Parte de los ornamentos y decoración de la primitiva iglesia se pueden ahora contemplar en el nuevo templo del colegio de las Madres Agustinas donde es de destacar la magnífica sillería del siglo XVI que perteneció al coro de La Colegial, una imagen de San Agustín del XVII y alguna otra de interés.Imagen de San Agustín del siglo XVII en el convento

También hay algunos elementos de cerámica que se encontraban en el antiguo convento y ahora están en las dependencias del nuevo colegio, como un panel de azulejos que representa al beato fundador Alonso de Orozco, otro muy peculiar y hermoso de San Agustín y algunos zócalos decorativos.

Una de las bellas imágenes que se conservan del antiguo convento de las agustinas

En su primitiva ubicación se puede observar todavía una de las entradas secundarias de acceso desde la Corredera protegida con una reja. 

En el interior del edificio se mantiene todavía la primitiva iglesia.Entrada de la iglesia del convento de las agustinas


http://lamejortierradecastilla.com/


viernes, 15 de septiembre de 2017

Los Gudaris del Castellano

Cartularios de Valpuesta, donde se leen las primeras palabras del castellano

Estos días en que pronunciar la palabra España resulta reaccionario para progresistas y pecaminoso para los partidos nacionalistas, que siempre marcharon en esto muy congeniados con los curas. 

Estos días que los nacionalistas andan en celo, excitados y nerviosos con sus complejos y sus egoísmos de campanario de las mansiones de Neguri o de Pedralbes; estos días en que unos españolizan de palabra y otros desespañolizan de obra, pues va uno y se acerca a la cuna del castellano, que ya parece que no es el monasterio de Suso en San Millán de La Cogolla con sus glosas del siglo XI, sino un pueblecito burgalés llamado Valpuesta en cuya Colegial se ha hallado un cartulario con un incipiente castellano nada menos que del siglo IX.



Estamos en ese cogollo histórico de intersección territorial entre vascos, castellanos y riojanos, y seguimos la carretera atravesando varias veces en cuestión de unos pocos kilómetros una falsa frontera administrativa que nos va haciendo entrar y salir de una comunidad a otra sin darnos cuenta, porque la tierra no tiene dibujadas esas fronteras que se han modificado miles de veces durante la historia, cambiando los nombres de ella por los que le fueron poniendo diferentes tribus, clanes, pueblos, provincias y naciones de las que solo han quedado luego cenizas que ya nadie recuerda, aunque durante el trascurso de los milenios hayan muerto miles de hombres por defender esos cambiantes límites que el último en llegar siempre cree que se convertirán en las fronteras definitivas que pasarán a la eternidad de los cerriles.

Cuando llegamos a este pueblecito de Valpuesta, formado por unas pocas casas de una hermosa arquitectura castellana de entramado sobre las que se yergue una torre fuerte, un hombre nos permite entrar a visitar el templo donde se han descubierto las palabras más antiguas de ese tesoro que es la lengua que nos comunica a todos los españoles con millones de seres humanos.

Retablos polvorientos con santos descoloridos y llenos de telarañas, viejas humedades y suelos desnivelados nos reciben en el interior, en éste que debería ser uno de los santuarios de nuestra cultura. Preguntamos sobre las obras de recuperación y nos dice el guía que gracias al entusiasmo, trabajo e insistencia con la administración de las mujeres del pueblo se ha techado el templo y se ha mejorado el claustro. Queremos saber cuántos habitantes viven en la villa y nos responde que en realidad todos los vecinos que quedan allí son procedentes de San Sebastián, Vitoria y Bilbao.

Quedamos estupefactos, resulta que los custodios y conservadores de ese lugar casi sagrado, la cuna del castellano, son los vascos, y las vascas por supuesto, que allí residen, y que uno de Bilbao es quien nos abre sus puertas, y pienso, mirando el pequeño cementerio del claustro, que tal vez lo nuestro todavía tenga remedio.

Cuando nos despedimos es por supuesto con un chiste de bilbaínos, pues el desinteresado guía nos dice: “no es que yo sea de Bilbao, es que Bilbao es mío. ¡Ah! Y si quieren comer bien vengan al restaurante que el cocinero es discípulo de Berasategui pero pidan cita que hay cola”.

http://lamejortierradecastilla.com/los-gudaris-del-castellano/

jueves, 14 de septiembre de 2017

Los Centros militares de Toledo (y III)

Resultado de imagen de Centros militares de ToledoDe nuevo presentóse ocasión para despertar entusiasmos artísticos, y, trazadas las puertas del Alcázar e interpretada fielmente su construcción, la cerrajería artística toledana encontró en Toledo quien continuase tan elogiadas obras de habilísimos orfebres y rejeros del período del Renacimiento.

La Academia General no llegó a conocer el Alcázar completamente restaurado, ya que en 1893 la oposición de los Cuerpos de Artillería e Ingenieros a formarse conjuntamente con las Armas de Infantería y Caballería provocó el cierre de este Centro, con lo que la Academia de Infantería recuperó su independencia e inició su Segunda Época en la Ciudad Imperial.

Dos años más tarde, en 1895, el Colegio de Huérfanos regresó a Toledo, tras construir el Ayuntamiento para él un nuevo edificio, actualmente derruido y en cuyo solar se encuentra el hotel y cafetería María Cristina. La calle que discurre por su frente lleva el nombre de Marqués de Mendigorría, título nobiliario del general D. Fernando Fernández de Córdoba, quien en 1872 había creado dicho Colegio. La vida de la Academia de Infantería continuó.



Las guerras de Cuba y Filipinas obligaron a formar un gran número de oficiales que vertieron su sangre por España en aquellas lejanas tierras -hubo años en que ingresaron en la Academia más de 500 cadetes-. Terminada la contienda, y tras la repatriación del Ejército colonial, el exceso de oficiales de Infantería resultó abrumador, por lo que las plazas de ingreso se redujeron a tan solo 50 al año y se llegó a estudiar la disolución del Centro, con la consiguiente preocupación de la población toledana.

Resultado de imagen de centro militares toledoPero la Academia resistió y se mantuvo con cierta normalidad durante los años siguientes, aunque al desencadenarse en 1909 la Guerra de Marruecos hubo que formar apresuradamente más oficiales, lo que provocó el aumento de las plazas de ingreso y la reducción de la duración de los cursos, con lo que hacia las tierras africanas partían oficiales con apenas 18 años.

Ante los rumores que circulaban en 1908 sobre la creación de un Museo de la Infantería, Toledo solicitó que fuese instalado en el Alcázar. Así fue, y este Museo lo inauguró S.M. D. Alfonso XIII el 14 de julio de dicho año. La Academia volvió a colaborar con Toledo acogiendo en las salas del Museo diversas piezas de carácter militar de su Museo Arqueológico que se acumulaban en el convento de San Juan de los Reyes sin poder ser vistas por el público, que más tarde, cuando el Museo fue trasladado a Madrid, le costaría recuperar. En el mencionado día se inauguró una placa en homenaje al cadete Afán de Rivera, muerto en la Guerra de la Independencia.

Éste es el único recuerdo de la Academia de Infantería que permanece en la fortaleza, junto con los retratos de sus Directores colgados en el conocido como despacho de Moscardó. También se ha perdido la memoria de otros dos lugares ocupados por el Gobierno Militar, uno a la entrada de Zocodover y otro frente a Santa Cruz. En 1919, un nuevo Centro de Enseñanza Militar se instaló en Toledo. El general D. José Villalba Riquelme, antiguo Director de la Academia de Infantería y en ese momento Ministro de la Guerra, creó la Escuela Central de Gimnasia, que fue inaugurada el 28 de febrero de 1920.

La Escuela se ubicó en los terrenos que habían sido Polígono de Tiro, donde, poco a poco, y gracias a la ayuda del Ayuntamiento, se fueron construyendo los campos de deportes. Toledo dedicó al general Villalba una avenida, cuyo nombre se conserva por milagro. Cuando Toledo había llegado a reunir los más importantes Centros de la Infantería -Academia, Colegio de Huérfanos, Museo y Escuela de Gimnasia-, en 1924 se empezó a estudiar una nueva reorganización de la enseñanza, basada en el resurgimiento de la Academia General Militar.

Enseguida se comenzaron a recibir en el Ministerio de la Guerra ofertas de diferentes ciudades para conseguir la General. Toledo fue una de ellas, fundando su petición en que el Colegio y la Academia General en su Primera Época habían sido toledanos. Sabía que corría un grave riesgo si lo lograba, ya que le supondría perder la Academia de Infantería, al no poder estar ambas situadas en la misma población, existiendo además el precedente del escaso tiempo que se habían mantenido abiertos anteriormente el Colegio General Militar -cuatro años- y la Academia General -diez-, mientras la de Infantería estaba funcionando desde hacía medio siglo.

Aunque en un principio supuso una gran desilusión, por fortuna la Academia General fue llevada a Zaragoza, donde comenzó a impartir sus clases en 1928, siguiendo en Toledo la de Infantería, que atravesó un período de languidez durante los siguientes dos años, ya que los exá-menes de ingreso se centralizaron en la General y los primeros alumnos no llegaron a Toledo hasta 1930. Al mismo tiempo, la Escuela de Gimnasia se independizó de la Academia de Infantería.

He dicho anteriormente que por fortuna la General no se instaló en Toledo, y el motivo es que una vez proclamada la República este Centro fue disuelto, mientras en Toledo se mantuvo la de Infantería, a la que se le unieron en el Alcázar las de Caballería e Intendencia. Sí desapareció de Toledo el Museo de la Infantería, al ser trasladado a Madrid para formar con los de las demás Armas y Cuerpos el actual Museo del Ejército. En el Alcázar se mantuvo tan solo el Museo Romero Ortiz, por ser una donación particular que no podía salir de este edificio.

Ya en tiempos de Primo de Rivera se había ordenado el traslado de todos los museos militares a Madrid, pero la oposición de algunas Armas hizo desistir a un flojo dictador. Así se encontraban el Alcázar y la Escuela de Gimnasia antes de comenzar la Guerra. Toledo salió bien parada de la nueva reforma de la enseñanza militar, pero se pudo congratular de ello durante escaso tiempo, ya que en 1936 estallaba la Guerra Civil, con trágicas consecuencias para los Centros Militares instalados en Toledo.

 Quedó destruido el Alcázar y todos los edificios militares que le rodeaban -la Casa de Caridad, el hospital de Santiago, el convento de Capuchinos y el Picadero-, tan solo se mantuvo en pie el hospital de Santa Cruz, que había sido devuelto al Ayuntamiento a principios de siglo, una vez terminada la reconstrucción del Alcázar. Al finalizar la Guerra Civil se recuperó enseguida la Escuela de Gimnasia.

No sucedió lo mismo con la Academia de Infantería, que tardó nueve años en regresar a Toledo, ni tampoco con el Colegio de Huérfanos, que se quedó para siempre en Madrid. Destruido el Alcázar, se hizo preciso construir unos nuevos edificios que albergasen a la Academia, y éstos se empezaron a levantar enseguida en terrenos cedidos por el Ayuntamiento en la margen izquierda del Tajo, frente a la fortaleza en la que durante 60 años había vivido la Academia. Al mismo tiempo, se adquirieron terrenos para campo de maniobras, ya que sin ellos, por ser imprescindibles, no se hubiese podido instalar la Academia en Toledo. 

 Restaurada la Academia General en Zaragoza en 1942, dos años más tarde comenzó la Tercera Época de la de Infantería, que se instaló en Guadalajara, a la espera de la terminación de las obras de los nuevos edificios.

Como era preciso que la Academia contase con agua potable, se presentó entonces un nuevo motivo de colaboración entre el Ejército y Toledo: la construcción del embalse del Torcón, que permitió que el agua llegase a todas las casas de la ciudad. Un recuerdo de esa colaboración se ha conservado durante muchos años en la pared del Ayuntamiento pero, como tantas otras cosas, ha desaparecido. En 1948 regresó por fin la Academia a Toledo y se instaló en su nuevo solar. Como muestra de agradecimiento, el Ayuntamiento toledano decidió conceder a los cadetes el título de Ciudadanos de Honor, que recibían al reunirse en Toledo para celebrar las Bodas de Plata de salida del Centro.

Así continuó hasta que a finales de los años ochenta se anuló dicha decisión al oponerse a ello uno de los grupos políticos que formaban el Ayuntamiento. Hasta 1974 se impartió únicamente en la Academia la enseñanza a los caballeros alféreces cadetes de tercer y cuarto curso. En ese mismo año se produjo una reorganización que provocó el traslado a Toledo de la Escuela Central de Tiro, entonces en Madrid, con lo que se diversificó el alumnado de la Academia de Infantería. En Toledo pasaron a formarse los futuros sargentos del Arma de Infantería y los universitarios que deseaban cumplir el servicio militar a través de la IMEC (Instrucción Militar de la Escala de Complemento).

Un nuevo motivo de unión entre la Ciudad y la Academia se dio en 1983 con la entrega de una nueva Bandera, actuando como madrina la esposa del entonces Alcalde don Juan Ignacio de Mesa. En lo referente a estos últimos años, los cambios habidos en los Centros Militares de esta ciudad son conocidos por los toledanos: permanece la Academia de Infantería, mientras la Escuela Central de Educación Física -antigua Escuela de Gimnasia- fue desalojada de los edificios que ocupaba, que fueron derribados, excepto el principal, hoy ocupado por la Delegación de Defensa y otros servicios militares, y el gimnasio cubierto, al que de poco le ha servido ser uno de los más antiguos, sino el de mayor antigüedad, de Europa y haber sido declarado Bien de Interés Cultural ya que se encuentra en un lamentable estado de abandono; por cierto, no sé a qué viene el darle el nombre de «gimnasio de San Lázaro».

También se han conservado los campos de deportes, polideportivo y piscina, mientras el resto de los terrenos se ha dedicado a Parque y a solares para la construcción de viviendas. Se mantiene el recuerdo de la Escuela a través de los letreros que aparecen a la entrada de la Delegación de Defensa y de los campos de deportes. También ha quedado en Santa Cruz un recuerdo del paso del Colegio de Infantería, una placa inaugurada a los 150 años de su nacimiento. 

El Alcázar, que tras la Guerra Civil se pensó conservar en ruinas, se decidió fuese reconstruido para albergar al Museo del Ejército. Las obras finalizaron en los años sesenta y seguidamente se decretó el traslado por el Jefe del Estado, pero por segunda vez no se cumplió la orden. Posteriormente, fueron trasladadas a él las dependencias militares que ocupaban el cuartel de San Lázaro y en 1998 se desalojó su planta superior para alojar en él la Biblioteca Pública de CLM, ocupando el resto el Museo del Ejército en 2010.

Y esta es la historia de unos Centros Militares: Colegio General Militar, Colegio de Infantería, Escuela de Tiro, Academia de Sargentos, Colegio de Huérfanos, Academia General Militar, Museo de la Infantería y Escuela Central de Gimnasia; todos ellos reclamados por Toledo para levantar su maltrecha economía; muchos de ellos desaparecieron mientras otros se mantienen todavía, esperemos que por mucho tiempo, para que conserven el recuerdo de una ya centenaria vida en común, y pueda hacerse realidad lo que hace años escribía un periodista toledano: Toledo y la Infantería y la Infantería y Toledo, conceptos tan unidos por comunidad de intereses morales, de vida, de tradición y de historia que, sin serlo, parecen consustanciales, una misma cosa y una misma esencia. 

JOSÉ LUIS ISABEL SÁNCHEZ 
http://realacademiatoledo.es/wp-content/uploads/2017/07/01.-Toledo-y-los-centros-militares-por-Jos%C3%A9-Luis-Isabel-S%C3%A1nchez.pdf


miércoles, 13 de septiembre de 2017

Los Centros militares de Toledo (II)

Resultado de imagen de Centros militares de Toledo
Como no todo habían de ser malas noticias, Toledo supo que a la ciudad irían llegando la Escuela de Tiro, que entonces residía en el Real Sitio de El Pardo, y un centro de formación de sargentos.

La Escuela llegó a Toledo en el mes de abril de 1869, pero previamente el Ayuntamiento se había obligado a hacer reparaciones en el Cuartel de San Lázaro y a adquirir terrenos para un Polígono de Tiro,los ocupados hasta hace poco tiempo por la Escuela de Gimnasia, en los cuales ha pervivido el espaldón de tiro hasta época reciente. Se instaló en los edificios del extinto Colegio de Infantería, compartiéndolos con una academia creada al tiempo que aquélla, destinada a la formación de los sargentos que deseaban alcanzar el empleo de oficial.

La Academia de Sargentos desapareció en 1872, dejando paso al Colegio de Huérfanos de Infantería, que se inauguró el 30 de mayo de ese año y que se alojó en Santa Cruz. El objeto de este Colegio era acoger a los numerosos hijos de los militares del Arma de Infantería que, tras la muerte de sus padres muchos de ellos en acción de guerra-, quedaban en la más absoluta indigencia.



Al inaugurarse, solamente contaba con seis niños asilados, pero tres meses más tarde eran ya 600 los niños y 100 las niñas a las que daba cobijo, número que la tercera guerra carlista y la colonial se encargarían de aumentar. Una vez disminuido el exceso de oficiales y desaparecido el Colegio de Infantería donde se formaban, hubo que recurrir a implantar un nuevo sistema de enseñanza, y éste fue el de Academias de Distrito, instaladas en 1871 en cada una de las Capitanías y Comandancias Generales.

Resultado de imagen de centro militares toledoTodas las academias se fundieron en marzo de 1874 con la de Castilla la Nueva, tomando el nombre de Academia de Infantería. Toledo se aprestó una vez más a recuperar «su» Academia. Nuevas instancias se cursaron a Madrid, se sucedieron los viajes de comisiones de la Diputación, Ayuntamiento y representantes del comercio, y se ofreció cooperación económica para su instalación en el Alcázar. Por fin, por real decreto de 1 de mayo de 1875, se decidió que la Academia de Infantería fuese trasladada a Toledo. Un periódico de la época narraba así la llegada de los cadetes el 17 de octubre siguiente:

Las Corporaciones populares, Diputación y Ayuntamiento, deseando dar una muestra de su adhesión y gratitud a S.M. el Rey, a su Gobierno, al Director General de Infantería, a cuantos se hubieron interesado porque la Academia volviese a Toledo, se dispusieron a recibirla con entusiasmo. El júbilo de sus habitantes por tan anhelado acontecimiento tenía además el plausible motivo de ver restaurado el regio Alcázar. No es pues extraño que la llegada de la Academia a la estación del ferrocarril fuese anunciada con repique general de campanas.

En los edificios públicos se enarboló la bandera nacional; una comisión de diputados y concejales se constituyó en dicha estación para recibir al personal de la Academia; el Gobernador de la Provincia, acompañado de la Comisión permanente de la Excma. Diputación Provincial y el Excmo. Ayuntamiento, en unión de las autoridades y corporaciones civiles, militares y eclesiásticas, de los Colegios de Abogados, Notarios y Procuradores, de los jefes y empleados de la 

Administración Provincial y Municipal, de los Alcaldes de Toledo en los últimos diez años, de los señores y de los representantes de la Agricultura, Comercio, Industria y Artes así como de los oficios mecánicos, a fin de que todas las clases sociales de la ciudad estuviesen debidamente representadas en la solemnidad que se celebraba, se reunieron en la Casa Consistorial para trasladarse al Alcázar, donde tuvieron la señalada satisfacción de cumpli-mentar a los Jefes, oficiales y alumnos, y de felicitarse recíproca-mente todos cuantos abrigaban sentimientos patrióticos y estimaban el engran-deci-miento de la ciudad de Toledo y la prosperidad de la Academia de Infantería.

Toledo había apostado por una gran inversión en centros militares, que si en un principio le ocasionó grandes problemas financieros, no cabe duda de que le reportó cuantiosos beneficios, aún por determinar, al no haberse hecho hasta ahora un estudio al respecto. Así, por encima, se pueden adelantar los siguientes datos:

En cuanto al aumento de población, la media anual del número de alumnos de los diferentes Centros fue la siguiente:

 - Colegio de Infantería (1850-1869): 450 
- Academia General Militar (1883-1893): 1.000 
- Academia de Infantería (1893-1909): 900
- Academia de Infantería (1910-1924): 1.050
- Colegio de Huérfanos (1878-1879): 425
- Colegio de Huérfanos (1897-1936): 500 (más 900 pensionados) 

PROFESORADO

 - Colegio de Infantería (1850-1869): 41 profesores 
- Colegio de Huérfanos (1872-1879): 80, incluido personal de servicio
- Colegio de Huérfanos (1897-1936): 26 profesores 
- Academia de Infantería (1875-1882): 63 profesores y 220 tropa, incluido músicos 

Academia General Militar (1883-1893): 100 - Academia de Infantería (1893-1924): 75 Pero no solo aumentó la población -y por lo tanto los ingresos del comercio- con la elevada plantilla de militares, sino también con las familias de todos ellos, a los que habría que unir los trabajadores de la Fábrica y el personal de servicio de todos los centros. También hay que tener en cuenta las familias de militares fallecidos que se trasladaban a Toledo para estar próximos a los hijos que seguían sus estudios en el Colegio de Huérfanos o en la Academia.

Sin olvidar que cuando el ingreso en la Academia dejó de ser por gracia real y pasó a serlo por oposición, fueron apareciendo en la ciudad numerosas academias de preparación, lo que sería un atractivo para multitud de aspirantes, muchos de los cuales vendrían a Toledo acompañados de sus familias. En cuanto a los puestos de trabajo creados, no cabe duda de que fue muy importante. A los trabajadores empleados en la restauración y construcción de nuevos edificios, explanación de terrenos, construcción de pistas deportivas, etc., hay que añadir los relativos a alimentación, sastrerías, zapaterías, sombrererías, hospederías -hubo tiempo en que las cadetes tuvieron la opción de vivir externos- y un largo etc.

En Toledo se fundieron íntimamente la población civil y militar. Ambas disfrutaron de los mismos actos y diversiones: Juras de Bandera y formaciones, conciertos de la Música de la Academia, veladas teatrales en el Alcázar, festejos en la Plaza de Toros, recibimientos de reyes y personalidades que acudían a visitar la Academia y la Fábrica….

Los cadetes pasaron a ser la compañía inseparable de la Custodia en la procesión del Corpus y se integraron en la vida cultural toledana, llegando alguno de sus profesores a presidir la Comisión de Monumentos de Toledo y la Real Academia de Bellas Artes y Ciencias Históricas, e incluso a regir la Diputación y el Ayuntamiento. Pero continuemos con la historia. La Academia de Infantería siguió desarrollando su labor sin interrupción y sin contratiempo alguno hasta 1882, cuando a través de una nueva reforma de la enseñanza se creó la Academia General Militar, sobre la base de la de Infantería. 

Este cambio supuso para Toledo un duro golpe, ya que, de no conseguir que la Academia General se estableciese en Toledo, se exponía a perder también la de Infantería. Hizo nuevos ofrecimientos, entre ellos cooperar a la reconstrucción del convento de Capuchinos, derruir el hospital de Santiago y levantar en su solar un nuevo edificio, y construir un Picadero de estructura metálica, lo que representó un gran esfuerzo económico que le volvió a ocasionar graves quebraderos de cabeza. Hubo suerte. La Academia General pudo comenzar su labor en Toledo en 1893, y en ella pasaron a formarse los oficiales de todas las Armas y Cuerpos.

La General absorbió a la Academia de Infantería y a la Escuela de Tiro. El conseguir el nuevo Centro supuso un beneficio para la ciudad, ya que aumentó el número de profesores y alumnos residentes en ella, pero, a cambio, tuvo que luchar económicamente en dos frentes, pues, por una parte, se había comprometido con la Dirección General de Infantería en cuanto al Colegio de Huérfanos y, por otra, con la Dirección de Enseñanza, de quien dependía la Academia General.

Al final hubo que renunciar a algo, y resultándole imposible al Ayuntamiento el mantenimiento de Santa Cruz, sede del Colegio de Huérfanos, éste no pudo continuar habitando en él y se trasladó a Aranjuez en 1886. Toledo sufrió otro grave revés al año siguiente. En la noche del 9 de enero de 1887 el Alcázar sufrió un pavoroso incendio que lo dejó en ruinas. Afortunadamente se evitó que las llamas se extendiesen a las casas colindantes y que alcanzase la munición que había en la fortaleza. La ciudad se volcó en la ayuda de la Academia, muchos de cuyos alumnos habían perdido todas sus pertenencias.

A pesar de todo, las clases se reanudaron al día siguiente, ocupándose de nuevo el edificio de Santa Cruz, y la tranquilidad volvió a Toledo cuando el Ministro de Estado comunicó que el Gobierno asumiría la reconstrucción del Alcázar. Y así fue, pero las obras se prolongaron durante muchos años por problemas económicos, y no se dieron por terminadas hasta principios del siguiente siglo. Esta desgracia tuvo una compensación. En la memoria presentada por la Comandancia de Ingenieros de Toledo al Primer Congreso de Ingeniería de Madrid, en 1919, se decía: 

Al estímulo de la restauración tercera del Alcázar han renacido dos industrias locales que habían perecido un siglo antes: la cerámica toledana y la rejería artística. Artistas consagrados de Toledo tenían estudiadas las formas y composición de los modelos más salientes de la antigua cerámica indígena. Pero a sus actividades latentes les faltaba el impulso activo que pusiera en plan de ejecución tan inspiradas creaciones. A la Comandancia de Toledo se debe el haber escogido unos trozos de modelos de azulejos encontrados en el Alcázar, haberles diseñado en dibujo y color y haber facilitado y acaso creado los medios para reproducirlos.

Una vez en marcha la fabricación particular, aquélla ha podido desenvolverse con vuelos de importancia (Exposición de Cerámica del Círculo de Bellas Artes, diciembre de 1911. Instalación de D. Sebastián Aguado, profesor de la Escuela de Artes e Industrias de Toledo) y, en el día, se reproducen en Toledo las técnicas cerámicas hispano-árabe y la técnica etrusca.

Cuando se efectuaba la restauración -se refiere a la de 1867, pues el Alcázar había estado abandono durante más de medio siglo-, todas las rejas habían desaparecido. Como se deseaba que las que habían de colocarse fuesen, en lo posible, exactas reproducciones de las antiguas, se dedujo la composición de éstas por el número de cajas abiertas en las jambas de las ventanas, por la forma de los balaustres que conservaba la tradición, por el recuerdo de algunas personas y por restos encontrados en un almacén.

No satisfecho aún el ingeniero y restaurador, consultó tan concienzudo trabajo con doctos académicos de Bellas Artes, cuyas observaciones coincidieron en esencia. Por este motivo, con la restauración del Alcázar renacieron trabajos de famoso arte rejeril, como posteriormente y a medida que dicha restauración proseguía, en estos últimos años, labráronse artísticas puertas, construidas con tableraje de nogal y peinacería de pino, hábilmente talladas, reproduciendo labores del estilo renacimiento; y, como esas exigieran herraje adecuado, de nuevo hubo necesidad de estudiar los más clásicos modelos de cerrajería del siglo

JOSÉ LUIS ISABEL SÁNCHEZ 
http://realacademiatoledo.es/wp-content/uploads/2017/07/01.-Toledo-y-los-centros-militares-por-Jos%C3%A9-Luis-Isabel-S%C3%A1nchez.pdf





martes, 12 de septiembre de 2017

Los Centros militares de Toledo (I)

Resultado de imagen de Centros militares de Toledo
Voy a hablarles de Toledo y de su relación con los Centros Militares que a lo largo del tiempo se establecieron en la ciudad. Diversas circunstancias han servido para alejar en los últimos tiempos el contacto de Toledo con todo lo relativo a «lo militar», hasta llegarse a olvidar, en mi opinión, gran parte de la historia que compartieron íntimamente durante los dos últimos siglos.

La destrucción de edificios de uso militar al comienzo de la Guerra Civil, el abandono de otros y últimamente la dilapidación en el espacio de unos pocos años del inmenso patrimonio que el Ejército había acumulado durante siglos, ha hecho que poco a poco hayan caído en el olvido la historia de edificios y lugares vinculados al elemento castrense. 



Las sucesivas desapariciones del Colegio de Huérfanos, Cuartel de San Lázaro, Fábrica de Armas, Escuela de Gimnasia, Gobierno Militar, etc., no cabe duda de que han ido rompiendo poco a poco la relación que Toledo mantenía día a día con los centros militares.

Resultado de imagen de centro militares toledoEl abandono del Alcázar por la Academia de Infantería y su traslado al otro lado del Tajo, unido a la situación que se vivió en los momentos 8 más álgidos del terrorismo etarra que hizo que se prohibiese a sus alumnos salir de la Academia de uniforme, imposición que también fue aconsejada a sus profesores, no cabe duda de que sirvió para que una brecha se abriese entre ambas instituciones, al dejar de verse en Toledo a los cadetes ataviados con su habitual vestimenta. 

Recordemos cómo fue la relación entre Toledo y los diversos centros militares que desde el siglo XIX fueron abriendo y cerrando sus puertas en la Ciudad Imperial y, aunque brevemente, lo que ello supuso para la vida de la Ciudad en todos sus aspectos. Etapas de encuentros y desencuentros, de ausencias y retornos, de ofertas y renuncias…, pero etapas vividas en común y con fidelidad mutua. No mencionaremos a las unidades del Ejército ni de la Milicia que vivieron en Toledo cuando la falta de cuarteles obligaba a que las unidades se trasladasen de una a otra población ocupando edificios en muchas ocasiones abando-nados y contribuyendo con ello, no cabe duda, a su conservación. Hay innumerables ejemplos de ello en toda España y aquí en Toledo se nos viene a la memoria el Alcázar, el hospital de Santa Cruz, el convento de San Pedro Mártir, el Palacio de Fuensalida, el Taller del Moro y el cuartel de San Lázaro, entre otros. 

El más antiguo de los Centros Militares fue la Fábrica de Armas Blancas, cuya vida en la ciudad ha seguido una trayectoria rectilínea, con altibajos pero sin grandes cambios a lo largo de sus más de 225 años de existencia dedicados a una fabricación diversa: sables con su vaina, cartuchería, herramientas, instrumental quirúrgico, espoletas, cohetes, etc. 

La Fábrica influyó enormemente en la vida de la Ciudad, no sólo por dar trabajo en sus mejores tiempos a cerca de dos mil personas sino también por la formación que dio a los toledanos a través de la Escuela de Aprendices, en la que se formaron grandes artistas, cuya obra se repartió por todo el mundo. La empresa Santa Bárbara permitió su decadencia y provocó el posterior cese de su producción a finales de los años 80 del pasado siglo, en 1994 se cerró definitivamente y en 1998 el Ministerio de Defensa la enajenó. Los últimos años fueron propicios, a pesar del cuidado de sus responsables, de la desaparición de parte de su patrimonio. 

La vinculación de Toledo con el resto de los centros militares se inició durante la Guerra de la Independencia, cuando a finales de 1808 se organizó un batallón con alumnos estudiantes de la Universidad toledana, que al ser tomada Madrid en el mes de diciembre fue obligado a salir de la ciudad, trasladándose a Sevilla a través de Extremadura, para desde allí pasar a Cádiz.

Se cree, lo que entra dentro de la lógica, que el batallón sirviese de escolta de los tesoros de la Catedral, entre ellos la Custodia de Arfe, pero el traslado a Andalucía se llevó con tal secreto que no nos ha llegado información alguna al respecto. Cuando el batallón estaba en Sevilla llegaron los restos del Colegio de Artillería de Segovia, profesores y alumnos expulsados también por los franceses. En aquellos lamentables momentos España estaba organizando unidades a marchas forzadas, pero si resultaba sencilla la recluta de la tropa no sucedía lo mismo con los oficiales que debían mandarla. 

Uno de los profesores llegados a Sevilla fue el teniente coronel de Artillería Mariano Gil de Bernabé, quien propuso a la Junta Central la idea de formar oficiales con los alumnos de las universidades. Aceptada la propuesta, la Academia comenzó a funcionar en Sevilla en diciembre de 1809 con alumnos procedentes del Batallón Universitario toledano, y allí continuó hasta que el avance francés obligó a disolverla en el mes de febrero siguiente, consiguiendo Gil de Bernabé que se le permitiese reorganizarla en Cádiz en el mes de abril. 

La que fue conocida como Academia Militar de la Isla de León continuó su trabajo hasta el término de la contienda, dejando de ser útil cuando se tuvieron que disolver gran parte de las unidades formadas durante la guerra, lo que provocó un exceso de oficiales que hizo innecesario continuar formándolos. Fue entonces cuando surgió la idea de trasladar el Colegio a Toledo, pues no se había olvidado que procedía del Batallón de Honor de su Universidad. 

Con ese fin, fueron reconocidos aquellos edificios que podían albergarlo: Alcázar, Hospital de Tavera y cuartel de San Lázaro; pero el proyecto cayó en el olvido. Habrá que esperar a que una vez aplastado el levantamiento de Riego y disuelto el Ejército para proceder a la depuración de los oficiales 10 liberales, en 1824 Fernando VII se plantease la creación de un centro de formación común para todas las Armas y Cuerpos (Armas Generales: Infantería y Caballería; Cuerpos Facultativos: Artillería e Ingenieros). 

Nació el Colegio General Militar en 1824 y se estableció en el Alcázar de Segovia, heredando de la Academia Militar de la Isla de León su bandera, plan de estudios y algunos miembros de su profesorado. 

La actividad del Centro se interrumpió en 1837 cuando los carlistas ocuparon Segovia y lo obligaron a trasladarse a Madrid, donde su vida transcurrirá los siguientes años en no muy buenas condiciones. Toledo aprovechó la ocasión para reclamar una vez más el Colegio, ofreciéndose la Diputación a correr con los gastos que ocasionase el acondiciona-miento de los edificios que se eligiesen.

Con ese motivo fueron reconocidos por el ramo de Guerra varios de ellos, pero todo quedó en suspenso debido a la guerra civil que asolaba España, y hubo que esperar a su término en 1839. En ese año se examinó el estado de la Casa Profesa de los Jesuitas, del hospital Tavera, del convento de San Pedro Mártir y del hospital de Santiago. 

El Alcázar no se tuvo en cuenta debido al lamentable estado en que se encontraba tras años de abandono y de haber sido incendiado en 1810. La Diputación solicitó el apoyo económico del Ayuntamiento apoyándose en que el Colegio contribuiría a aliviar en parte la miseria que por efecto de las circunstancias trababa en sus habitantes, pero el lamentable estado financiero de éste le impediría prestar ayuda, con lo que el proyecto volvió al olvido y el Colegio continuó en Madrid. 

En 1846 el Centro tuvo que cerrar sus puertas debido a una epidemia y se volvió entonces a resucitar el proyecto de traslado a otra población, compitiendo esta vez con Toledo, Valladolid, Granada, El Escorial y Alcalá de Henares. La Ciudad Imperial ofreció hacer frente con sus medios a la reconstrucción del Alcázar. En la visita realizada por el Director del Colegio en el mes de julio de 1846 se acordó la cesión de los hospitales de Santa Cruz y Santiago, y la Casa de Caridad.

La restauración de todos ellos correría a cargo de Toledo y del Ministerio de la Guerra, quien cedería a cambio el edificio de San Pedro Mártir, propiedad suya. Más tarde, fueron cedidos al Colegio el convento de Capuchinos y los terrenos adyacentes al Alcázar. 

 Resuelto todo satisfactoriamente, se ordenó al Colegio que se trasladase a Toledo para que las clases pudiesen iniciarse el 1 de octubre de dicho año. Al no estar para entonces finalizadas las obras previstas, los 600 cadetes tuvieron que alojarse en el hospital Tavera y cuartel de San Lázaro (duque de Medinaceli-boletas), mientras el material se almacenó en el vecino convento de Trinitarios.

Como tenía que ser, el 1 de octubre dieron comienzo las clases. Los años siguientes se dedicó Toledo a restaurar los edificios prometidos y a tratar de buscar el dinero que necesitaba para ello, algo realmente difícil al encontrarse el Ayuntamiento endeudado, teniendo el Colegio que invertir sus propios fondos en realizar algunas de las reparaciones imprescindibles. 

Por fin, en mayo de 1848 se pudo realizar el trasladado a los edificios cedidos, pero la alegría de Toledo por haber conseguido lo que ansiaba durará poco, pues en noviembre de 1850, modificada la enseñanza militar, desapareció el Colegio General Militar, aunque el daño causado a la ciudad no sería mucho pues fue reemplazado por el Colegio de Infantería, que con uno u otro nombre se mantendrá en Toledo hasta el momento actual. Al reducirse el número de alumnos se pudieron trasladar todos ellos al hospital de Santa Cruz, dedicándose la Casa de Caridad a oficinas, administración, servicios y residencia de profesores. 

La idea de ocupar el Alcázar no se había abandonado, por lo que en 1848 se procedido a elaborar un presupuesto para su restauración, que se elevó a cerca de tres millones de reales, que deberían ser sufragados por el Colegio y los Cuerpos. En 1853 la fortaleza fue cedida al Colegio por el Real Patrimonio y poco a poco se comenzaron a realizar en él obras de escasa envergadura, pero los sucesos políticos del año siguiente paralizaron las obras y el Alcázar fue devuelto al Real Patrimonio. 

El Colegio se integró muy pronto en la vida de la ciudad, con la que colaboró en 1853 para la construcción de la calle que debía unir el Miradero con Zocodover, cediendo un carro y pagando salarios a los obreros. Al año siguiente se ofreció a restaurar el castillo de San Servando, que pensaba destinar a capilla y cementerio de cadetes, pero parece ser  que el proyecto no cuajó. 

En 1865 corrió a su cargo la construcción de un arco para la procesión del Corpus, que se colocó en la calle Ancha. Muy pronto los edificios que ocupaba el Colegio resultaron insuficientes para albergarlo y enseguida se propalaron los rumores de su traslado a otra población. Para evitar esta pérdida, la ciudad llegó a ofrecer el convento de Santa Fe. En 1867 quedó abolida la clase de cadetes y se creó la Academia de Infantería, en la que se determinó que se ingresase por oposición, pero la revolución de 1868 y la posterior guerra civil impedirían materializar este proyecto. El 13 de abril de 1869 la Academia de Infantería cerraba sus puertas.

Pero antes de que esto sucediese, en 1867 había tenido lugar un importante acontecimiento: la inauguración de las obras del Alcázar, que continuaron durante los años siguientes, permitiendo que la Academia de Infantería retornase a Toledo tras su renacimiento en 1874. A la reconstrucción del Alcázar contribuyó la Diputación con millón y medio de reales, de los que 150.000 fueron satisfechos por el Ayuntamiento 

JOSÉ LUIS ISABEL SÁNCHEZ 
http://realacademiatoledo.es/wp-content/uploads/2017/07/01.-Toledo-y-los-centros-militares-por-Jos%C3%A9-Luis-Isabel-S%C3%A1nchez.pdf

Si te ha gustado este artículo, por favor, dale a "Me Gusta".
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...