jueves, 14 de diciembre de 2017

Puente Morris de Talavera de la Reina en fotos antiguas


Desfile festivo por la portiña de El Salvador en la confluencia con Santo Domingo, al fondo, y Salmerón



La Portiña en su tramo final por debajo del Puente Moris antes de ser cubierta

En la entrada anterior conocíamos algunas fotografías antiguas de la Portiña de San Miguel. 

A partir de la confluencia de la calle Jiménez de la Llave que precisamente viene de la antigua parroquia del Salvador, la calle que discurre sobre el arroyo y paralela al segundo recinto amurallado es la que conocemos como Portiña del Salvador.

Detalle de la foto anterior con caballerías que vienen de la actual calle Entretorres y van.hacia la plaza Puente Moris y la Portiña para vadearla. 

Al fondo la Real Fábrica de la Seda, entonces cárcel de los represaliados de la Guerra Civil.

Se distingue por la torre que se elevaba en mitad del tejado.


Continúa hasta que en la zona del Puente Moris se unía el segundo recinto con el primero junto a la puerta de Mérida en la llamada “cuesta de la Felipota” por donde se accedía a la villa desde el oeste a través de la calle Olivares.

La calle Olivares se encuentra con La Portiña todavía sin cubrir

Detalle de la foto anterior donde se ve el ambiente vecinal de la calle con vecinas que llevan agua, otras clarlan y otro repara con una escalera el cableado. La mayor parte de casas de la derecha están actualmente ocupadas por el colegio de La Salle. 

Es curiosa la alcantarilla lateral descubierta con puentecillos para el acceso a las viviendas.

Las mujeres lavaban en el arroyo como se ve en la postal de Ruiz de Luna y desde la calle Olivares los viajeros se dirigían paralelos a la actual carretera hasta la confluencia de la calle San Andrés para luego cruzar el puente Moris hacia la Puerta de Mérida que les daba acceso a la Villa. 



Antes desembocaba en ella la calle de San Martín, que llevaba ese nombre por situarse en ella una de las parroquias medievales desaparecidas de Talavera, la parroquia de San Martín,


Detalle de una postal de Ruiz de Luna de 1906 en la que se observa el Puente Moris y la Potiña sin cubrirDetalle del dibujo de Van der Winaerde del siglo XVI en el que se observa el puente Moris sobre la Portiña

El puente Moris aparece en una foto antigua de Ruiz de Luna y en el dibujo de Van der Wigaerde del siglo XVI. Se dice que el puente tenía ese nombre por un asesinato que se cometió en el lugar en la persona de un francés llamado Maurice.

La Portiña desembocaba finalmente en el Tajo junto al edificio de las hilaturas de la Real Fábrica de Sedas, luego cárcel y finalmente su solar ocupado por el instituto Ribera del Tajo a un lado y la zona de Entretorres al otro. 

Esa zona siempre fue problemática por inundaciones y vertidos y muladares que se formaban por acumulación de desperdicios. El director de las Reales Fábricas de Seda Juan Ruliére adquirió un olivar ribereño a cambio de canalizar ese tramo de la Portiña, tal vez la canalización que se ve en las fotos anteriores de las láminas 22 y 20 del plan de Ensanche de 1945.

http://lamejortierradecastilla.com/la-portina-del-salvador-y-puente-moris-en-fotos-antiguas/

martes, 12 de diciembre de 2017

Así fué el Descubrimiento del Tesoro de Guarrazar en Guadamur (Toledo)

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La antigua villa toledana de Guadamur, situada a 15 kilómetros al sur de la capital, fue testigo, a mediados del siglo pasados de unos sucesos que, bien podrían haber sido sacados de cualquier novela de aventuras o cuento de hadas.

La localidad, por aquel entonces, era tan desconocida para la historia, como cualquier otro pequeño pueblo en el que el devenir de lo cotidiano se hacía rutinario. Solamente su medio arruinado y olvidado castillo, morada una vez de los Ayala, hacía pensar que aquella villa pudo tener en tiempos pasados algún protagonismo.

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Su proximidad a Toledo, hacía que el camino que a esta ciudad conducía estuviese bastante frecuentado.

En este mismo camino a pocos kilómetros de la villa, se encontraba olvidado, un antiguo lugar denominado Guarrazar con vestigios de haber estado habitado en tiempos remotos, como lo atestiguaba un antiguo cercado en el que se adivinaban algunas tumbas, testigos del antiguo cementerio.

En la tarde del 24 de agosto de 1858, después de haber ocurrido una gran tormenta que había arrastrado la tierras, acertaron a entrar en el cementerio un matrimonio formado por María Pérez y Francisco Morales, naturales de Guadamur, que al detenerse en el lugar descubrieron en una tumba un pequeño nicho que albergaba una buena colección de coronas, cruces de oro y otros objetos litúrgicos.



Trasladadas secretamente a su domicilio estas preseas, las escondieron hasta decidir que podían hacer con tanto oro .

En todas esta maniobras fueron observados por Domingo de la Cruz, vecino también de la villa, que poseía una huerta en las proximidades. Intrigado por la nocturnidad con que obraros estos, se acercó al día siguiente a aquel lugar, encontrando junto a la fosa vacía una nueva, todavía intacta, que el anterior matrimonio, cegado por tanta riqueza, no acertó a descubrir. Recuperó de ésta un buen número de piezas áureas y también temeroso, corrió a ocultarlas a su casa en sendas tinajas de barro, sin saber que partido tomar.

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La presencia de tales joyas, pertenecientes a la cultura visigoda, enterradas como si de una persona se tratase en un cementerio visigodo se explica por el temor el clero y la nobleza toledana a que fuesen robadas por los árabes, de los templos en donde votivamente estaban expuestas, creyendo que la presencia de las huestes de Tarik podía ser pasajera .Mejor acierto tuvieron aquellos, -quizás los partidarios de D. Rodrigo-,que acordaron huir con sus joyas y las de la corte a las montañas asturianas.

VENTA EN FRANCIA DE PARTE DE LAS CORONAS

Mal acuerdo tuvieron los primeros descubridos María y Francisco, quienes malvendieron a los joyeros toledanos bastantes trozos de coronas , objetos del culto litúrgico de oro y bastantes esmeraldas y piedras de las coronas.

Parece ser que, enterado del hallazgo D. Adolfo Herouart Chivot, profesor de francés del Colegio de Infantería de Toledo, sito entonces en el Hospital de la Santa Cruz, participó desde este momento de manera muy activa en la enajenación de las coronas de tan fastuoso tesoro. Distinta forma de enterarse del descubrimiento, tuvo otro persona, que jugaría un importantísimo papel en las posteriores operaciones. Se trataba de un emérito diamantista de la corte, retirado en Toledo, en su villa junto al río, D. José Navarro, gran conocedor de las antiguas artes preciosas, ya que había restaurado el Disco de Teodosio de época romana encontrado en Almendralejo y había confeccionado de nueva obra una corona para la reina Isabel II. D. José intuyó el valor arqueológico de los fragmentos que primeramente encontró en las joyerías y puesto en contacto con el anterior, sirvió de socio y mano experta en compra en Guadamur, restauración y posterior venta en Francia de las coronas.

El primer paso que efectuó el profesor francés, fue la compra de la huerta donde había sido descubierto el tesoro, para descartar posteriores reclamaciones del dueño del terreno y efectuar sondeos en busca de nuevas alhajas. Efectuó rápidamente la compra del terreno, llegando a un acuerdo con Marcos Hernández vecino de Toledo, por ofrecerle el triple de lo que era su valor rústico y no saber el propietario que, tales preseas, habían sido descubiertas en su propiedad.

Una vez dueño del terreno y junto con los descubridores efectuaron excavaciones en el lugar con el pretexto construir allí una villa de recreo, sirviendo además de coartada para cuando la aparición de las coronas saliese a luz pública.



La sociedad entre Herouart y Navarro, como hemos dicho, dio como fruto la compra de las coronas que aún poseían Francisco y María en Guadamur y la restauración de los trozos que pudo recuperar el diamantista de las joyerías de Toledo. Con la nueve coronas que pudieron recuperar pasaron a Francia para venderlas al Ministro de Estado francés por la cantidad de 100.000 francos franceses, pasando a figurar desde entonces en el Museo de Cluny de París.

Enterados en España de tan importante descubrimiento por la prensa francesa, se iniciaron los trámites para su regreso a España, no consiguiéndose, nada más que lisonjeras promesas. También se efectuaron excavaciones oficiales (abril de 1859) en las denominadas huertas de Guarrazar, dirigidas por D. José Amador de los Ríos y D. Pedro de Madrazo entre otros, que dieron como resultado la aparición de los restos de un edificio religioso visigodo, con abundantes frisos en relieve de este estilo, un cementerio de la época y la lápida funeraria del presbítero Crispín con el bello epitafio que transcribimos.

Al Ministro de Fomento, por entonces el Marqués de Corvera, que visitó la localidad, le ofrecieron María Pérez y Francisco Morales un brazo de cruz procesional de oro perlas y zafiros, único objeto que poseían ya de lo descubierto.

http://www.guadamur.net/tesoro.htm


lunes, 11 de diciembre de 2017

Centro de Interpretación del tesoro de Guarrazar, Guadamur (Toledo) (I)

-En las antiguas escuelas de la Calle Nueva, se encuentra ubicado. Ocupando el 50% del edificio, muestra mediante paneles, objetos originales y reproducciones, la historia e importancia del Tesoro Visigodo de Guarrazar. Cuenta también el centro, con una sala de proyección, donde se proyecta un interesante documental sobre el tema. Los precios de las entradas son populares incluyendo visita guiada a los dos museos. 

HORARIO DE APERTURA

Lunes, martes y miércoles de 9:00 a 14:00 horas
Sábados 10,15 a 13,15 y de 16 a 18 horas.
Domingos 10,15 a 13, 15 horas

Contacto.- turismoguadamur@gmail.com telef. 925291560 

GUARRAZAR PASADO Y PRESENTE 

Hace ya ciento cincuenta años, la casualidad ayudada también por la meteorología hicieron que volviesen a ver la luz, parte de esas joyas visigodas que estuvieron a la vista de todos los toledanos hace trece siglos en las principales iglesias como exvoto de nobles, clérigos y de reyes.

La falta de cultura, el temor a perder lo que para ellos era una fortuna económica, hizo que se perdiera, en los crisoles toledanos parte de lo encontrado. No obstante esta misma fortuna permitió que parte, del tesoro fuera a parar a las manos del diamantista D. José Navarro quien restauró y puso en valor lo encontrado en las huertas de Guarrazar. 



Desconocemos si eran justificadas las razones por las que Navarro vendió en Francia su parte del tesoro, sin embargo la llegada a Francia de tan importantes joyas medievales, acrecentó el interés por el propio tesoro y vino a promocionar desde entonces los estudios de esta cultura , no sólo en España, sino también en Francia y otros países de la Europa occidental.

Otra persona de la cultura, D. Juan Figueroa, tío de Domingo de la Cruz y maestro de Guadamur fue quien convenció a éste, para que entregase a la reina Isabel II, la parte del tesoro que no había malvendido, en trozos, a los joyeros toledanos.

Los avatares del tesoro de Guarrazar desde que fue descubierto, son varios, unos afortunados y otros todo lo contrario. De esta índole fue la desaparición de la corona de Suintila en abril de 1921, que estaba depositada en la Armería Real de Madrid desde que Domingo la entregase a la reina. Más afortunado fue retorno, en el verano de 1940, de parte del tesoro que había sido vendido en Francia, seis de las nueve coronas, gracias al empeño personal de D. Eugenio D´Ors y a las facilidades políticas del momento .

Así pues la dispersión, al parecer consolidada, al menos por el momento, del Tesoro de Guarrazar es la siguiente : La mayor parte en el Museo Arqueológico de Madrid en donde se encuentran seis coronas, entre esta la más famosa la de Recesvinto y cinco cruces, contándose entre estas los dos fragmentos de cruz profesional atribuida, también a Recesvinto por su parecido estilístico con la corona de este rey. En el Museo de Cluny de Paris, quedaron tres coronas, la llamada de Sonnica, una de estructura calada y una pequeña de decoración de arquillos también calados y dos cruces además de la R pinjante de la corona de Recesvisnto y algún fragmento de cadena. 

En el Palacio Real de Madrid quedaron la corona de Teodosio y la Cruz de Lucecio.

Es a partir de la vuelta de las coronas desde Francia al Museo Arqueológico Nacional de Madrid en 1940, cuando la historiografía visigoda vuelve a tomar nuevo auge, impulsada también desde los idealos políticos del momento, que ven en aquella época el germen y los comienzos del primitivo estado español.

La investigación sobre aquellos años de la monarquia y en concreto sobre el tema de Guarrazar, se ha visto respaldada a mi modesto entender, desde entonces, por tres fundamentales corrientes historiográfica, una la nacional fundamentada en D. Pedro Palol, García Moreno, Orlandis etc. Otra desde los investigadores toledanos agrupados en torno a esta Real Academia y el Instituto Visigótico-Mozárabe que siempre han tenido como suyo, todo lo concerniente al sitio arqueológico de Guarrazar y otra desde tiempos Helmut Schlunk en 1943, por los investigadores del Instituto Arqueológico.



Tenemos que hacer especial mención a uno de los investigadores de este instituto, D. Cristof Eger, que en sendas campañas en 2003 y 2005 ha venido a aportar nuevos datos arqueológicos que sin duda, serán un punto importante de partida, para que en un futuro, que deseamos próximo, se pueda llegar a conocer la importancia de este lugar en época visigoda y posterior, importancia que intuimos por los fragmentados de relives , dispersos y otros restos arqueológicos que se encuentra en Guadamur, procedentes de aquel sitio. 

Llevados por que se asocie y conozca, más claramente la procedencia del sítio en donde había aparecido el Tesoro Guarrazar, que es la localidad de Guadamur en la provincia de Toledo, el ayuntamiento de esta localidad , ya hace varios años, inició una campaña para que se adjuntase a esta denominación la de Guadamur.

Campaña que aclarará la procedencia geográfica del hallazgo y hará que el nombre de esta localidad sea conocido, también a través de la arqueología e historia visigoda.


Por otra parte, siguiendo la corriente general de muchas localidades españolas de fomentar un hecho histórico mediante la celebración de eventos lúdico-culturales se aprovechó este ciento cincuenta aniversario para comenzar unas Jornadas Visigodas, que tendrán periodicidad anual y que pretender, dar a conocer ésta época determinada, intentando fomentar la investigación historia y arqueológica del lugar y hacerlo llegar a todas las personas interesadas, mediante una serie de actos académicos, teatrales, festivos y gastronómicos. 

http://www.guadamur.net/tesoro.htm

sábado, 9 de diciembre de 2017

Portiña de San Miguel de Talavera, en fotos de 1945

Hoy vamos a conocer la calle Portiña de San Miguel a través de las fotos del Ensanche de 1945 y alguna otra.

En ocasiones he dicho que Talavera más que una ciudad a la orilla del Tajo es una ciudad a la orilla de La Portiña, el arroyo en cuya desembocadura con el Tajo se situaron los primeros pobladores prehistóricos, antes incluso de los romanos que precisamente en esa elevación entre el Tajo y la Portiña que sirve de asiento al casco antiguo de Caesaróbriga.Detalle de postal de Ruiz de Luna donde se ve el Puente de la Villa

La Portiña se fue cubriendo a su paso por nuestra ciudad desde las proximidades de la carretera de Cervera y luego en el recorrido que hacía por debajo del segundo recinto amurallado hasta confluir con el primer recinto en la zona de Puente Moris y la monumental puerta de Mérida.



Siempre se ha dividido en dos tramos según las parroquias de sus inmediaciones intramuros, la de San Miguel, desde la confluencia con la calle Cerería hasta la de Luis Jiménez de la LLave, donde comienza la Portiña del Salvador.

Quizá el nombre de La Portiña venga del el pequeño puertecillo por el que discurre justo en el lugar donde ahora se encuentra el muro del embalse y donde se desarrollaron los encuentros más violentos de la Batalla de Talavera.Confluencia en 1945 de la calle Cerería, a la derecha, con San Ginés a la izquierda. 

Es el inicio de la Portiña de San Miguel ya cubierta en el llamado puente la Villa. Al fondo la calle Marqués de Mirasol.

En la confluencia de Cerería con La Portiña saltaba al arroyo un pequeño puente conocido como Puente la Villa por dar acceso a los arrabales nuevos y, por la plaza del Reloj y arco de San Pedro a la propia Villa, el caserío situado dentro del primer recinto amurallado. Más tarde se llamó puente de las Alcantarillas Nuevas, igual que a la puerta y torre que del segundo recinto amurallado situada allí.















Detalle de la foto interior con personajes talaveranos y ambiente todavía rural, y el irregular trazado de Marqués de Mirasol con trasformadores en la vía pública, cuya densidad de circulación era mucho menor.

Plazuela donde confluyen la calle San Ginés, marqués de Mirasol a la derecha y al fondo la plaza de la Cruz Verde, con la arquitectura tradicional de Talavera y acacias plantadas en el talud que formaba el cauce de La Portiña.




Talaveranos cargando leña en la plaza de la Portiña según detalle de la foto anteriorDetalla de la bajada desde el final de Marqués de Mirasola a la la plazuela donde confluye la calle de San Ginés.

El arroyo de la Portiña antes de ser cubierto. Postal de 1906 de Ruiz de Luna.

La iglesia de San Miguel estaba situada prácticamente en la orilla de la La Portiña y aún se mantiene la torre con algunos restos de la misma como el pórtico y unos arcos mudéjares. 

En una de las fotos del Plan de Ensanche de 1945 que venimos viendo aparece todavía la torre cubierta y con un gracioso hueco del campanario mudéjar con su arco de herradura enmarcado por alfiz de ladrillo en la parte superior y de piedra en la inferior.La Portiña de San Miguel ya cubierta con la torre todavía techada de la antigua iglesia

Pasada la iglesia de San Miguel había un postigo en el muro del segundo recinto amurallado que tenía una hornacina con una imagen de Ecce Homo conocida como Cristo de la Salud que da nombre a la calle actual y al que se tenía una gran devoción en la villa. Esta pequeña puerta se llamó anteriormente de Vengamedel.





















Más adelante había otro puente llamado de las Alcantarillas Viejas o del Pópulo y que se correspondía con la puerta del mismo nombre del segundo recinto amurallado. 

Se sabe que en el siglo XVII había también allí una “pontezuela de piedra” sobre el arroyo de La Portiña.Arcos mudéjares de la torre de San MiguelDetalle de la foto anteriorEl poco tránsito por la Portiña de San Miguel permitía disfrutar del sol a los vecinos


El arroyo de la Portiña por su doble condición de corriente fluvial y lindero con la muralla se convertía muchas veces en un muladar lleno de desperdicios que ocasionaba las protestas delos vecinos desde la Edad Media.

Foto de La Portiña de San Miguel, con la torre de la iglesia a la derecha

La zona más ancha en la confluencia con la calle de Santo Domingo y Salmerón se conoció antiguamente como plaza de los Caldereros, por haber allí varios artesanos de este oficio. 














También se llamó del Cardeal Loaisa por ser este prelado, confesor de Carlos V, el fundador del convento de Santo Domingo.

La topografía del antiguo arroyo de La Portiña condicionó las frecuentes inundaciones de la plaza y traemos aquí una de las fotografías en que se rescata a vecinos junto al antiguo kiosko.Inundaciones en la zona del puente la VIlla.

http://lamejortierradecastilla.com/la-portina-de-san-miguel-en-fotos-de-1945/

viernes, 8 de diciembre de 2017

Fiestas y celebraciones Sefardies

Escena de Séder de Pésaj

Las fiestas judías están muy reguladas por la liturgia y en ellas se observa un enorme cuidado en las comidas, celebraciones en la sinagoga, o en el comportamiento individual de los individuos respecto a la familia y la comunidad. 

El día sagrado de la semana es el sábado (sábat), que comienza el viernes al atardecer, con el rezo en la sinagoga, la preparación de la cena y el encendido de dos velas.

Se interrumpen los trabajos cotidianos y mecánicos, permitiéndose tan solo aquellos vinculados con la celebración. 

Si seguimos un sentido litúrgico recordaríamos entre septiembre y octubre los diez días temerosos (yamim noraim), que comienzan con la fiesta de Primero de Año (Ros ha-saná) y terminan con la fiesta de la Expiación o del Gran Perdón (Yon Kipur), es un período de gran solemnidad, austeridad, ayuno y penitencia, de recuerdo de los difuntos, de petición de perdón y de reconciliación con aquellos a los que se ha ofendido.

Durante el rezo en la sinagoga en este período se hace uso del característico cuerno (de carnero, gacela, chivo.) conocido con el nombre de sofar.



Continuaríamos con la festividad de las Cabañuelas (Sukot), una de las tres fiestas mayores junto a la Pascua (Pésah) y el Pentecostés (Sabuot), en la que se peregrinaba a Jerusalén. La Fiesta de las Cabañuelas, igualmente celebrada entre septiembre y octubre, dura una semana y rememora el tiempo en el que el pueblo hebreo estuvo errante entre su salida de Egipto y su llegada a la Tierra Prometida, por ello en su recuerdo las comidas principales se deben hacer a cielo abierto, bajo una pérgola, sencilla tienda, cabaña o cabañuela (suká) que permita la comunicación con el exterior. Termina esta fiesta con la exaltación de la Ley (Simjat Torá) revelada por Dios a su pueblo.

Cuando los días acortan su duración en el inicio del invierno, en diciembre, se celebran durante ocho días Las Luminarias o Consagración, la conocida Fiesta de Hanuka, que recuerda la victoria de los macabeos sobre los seleúcidas, y la purificación del Templo de Jerusalén en el 165 a.C. La leyenda cuenta como al procederse al encendido de la lámpara sagrada solo quedaba aceite para un día, pero estuvo encendida los ocho que duró la sublevación contra Antioco Epifanes al querer este sustituir el culto a Dios por el de Zeus. Por ello surge una pieza esencial la hanukiyá, lámpara con ocho cuencos más uno adicional auxiliar desde el que se van encendiendo día a día cada una de las lamparillas hasta que al final aparecen todas encendidas.

Hanukiyá

Al acercarse la primavera, entre finales de febrero o ya en marzo se celebra la fiesta de las Suertes (Purim) en la que se recuerda como los judíos se salvan de la persecución de Hamán, cortesano protegido del rey persa Asuero (¿Jerjes o Artajerjes?). Historia que se cuenta en el Libro de Ester, por lo que también es conocida esta fiesta con su nombre, ya que la salvación se produjo gracias a la intercesión de esta reina. Es una celebración muy alegre en la que se realizan multitud de juegos, los niños utilizan las carracas, se reparten dulces, aguinaldos, limosnas, etc. El Libro de Ester se lee en la sinagoga, escrito en un rollo (meguilá) de tamaño más pequeño que el rollo del séfer Torá.



Finalizaríamos con la Pascua (Pésah). Se celebra entre marzo y abril, y en origen tenía un claro sentido agrícola al marcar el inicio del ciclo vegetativo de la naturaleza. Conmemora la constitución de aquel pueblo hebreo que consiguió su libertad con el Éxodo del Egipto faraónico en dirección a la Tierra Prometida. El inicio de esta festividad, que dura ocho días, comienza en la casa con una cena ritual (seder) en la que se dispone con mucho cuidado una serie de alimentos con gran sentido simbólico que aluden en gran medida a su vida sometida en el país del Nilo, además se lee el Hagadá, o texto sagrado donde se cuenta el Éxodo.

Si en lugar de la liturgia nos centramos en el ciclo vital de los judíos señalaremos además tres importantes celebraciones igualmente muy reguladas con gran celo: la circuncisión, el matrimonio y la muerte. La circuncisión (berit milá), que se realiza a los niños a los ocho días de nacer si no hay ningún impedimento de salud, recuerda la alianza de Dios con su pueblo. Se realiza en la casa o en la sinagoga por el circundador (mohel) acompañado por el padre y el padrino (sandaq) acompañados por diez hombres adultos (minyán).

Cortejo fúnebre de la Agadá Morisca.

La formación de los niños en la sinagoga de los preceptos religiosos es muy importante y se culmina con la fiesta de la mayoría de edad a los trece años. Con anterioridad a la solemne ceremonia el todavía niño realizará (el lunes, jueves o sábado anterior) una exégesis o lectura comentada e interpretativa (darús) sobre algún texto bíblico siguiendo las directrices de la literatura religiosa hebrea (Talmud). 

Tras la mayoría de edad el muchacho quedará sujeto a los preceptos religiosos de la comunidad (bar misvá) y podrá atar en su cabeza y en su brazo izquierdo las filacterias (tefilim) y cubrirse con el manto (talit) cuando así lo exige la liturgia.

La boda es otro de los momentos claves en la vida de todo judío. 

Contaba con un contrato (ketubá) donde se fijan todas las cláusulas matrimoniales (dote, posible divorcio…). La fiesta se compone del compromiso (erusín) y de la santificación del matrimonio (quidusín). De nuevo se celebra en la sinagoga, bajo un palio (jupá) y ante la presencia mínima de los diez varones adultos (minyán).

La muerte o tránsito a la otra vida en espera de la resurrección es otro de los momentos importantes en la vida de todo judío. La preparación del moribundo, cuando era posible, del cadáver, de la mortaja, del enterramiento y funeral, y del luto seguían unos pasos muy bien definidos.

https://cvc.cervantes.es/artes/sefarad/sefardita/celebraciones.htm

jueves, 7 de diciembre de 2017

Formación del Clero en la época Visigótica ( y II)

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Llegados a este punto nos preguntamos cómo era la formación que se impartía en estos centros. El IV concilio de Toledo en su canon 25 nos refiere lo siguiente con respecto al obispo que se podría aplicar también al presbítero: «La ignorancia, madre de todos los errores, debe evitarse sobre todo en los obispos de Dios que tomaron sobre sí el oficio de enseñar a los pueblos. La Sagrada Escritura amonesta a los obispos para que lean, cuando el apóstol san Pablo dice a Timoteo: Ocúpate en la lectura, en la exhortación y en la enseñanza, y sé constante siempre en estas tareas; y conozcan, por lo tanto, los obispos, la Escritura santa y los cánones, para que todo su trabajo consista en la predicación y en la doctrina y sea la edificación de todos tanto por la fe como por la legalidad de su conducta .



Además de lo dictaminado por estos dos concilios, las obras que los obispos de esta época, especialmente san Isidoro, redactaron con el fin de ayudar a los docentes y discentes a adquirir los conocimientos requeridos para llegar al sacerdocio, nos permiten hacernos una idea del itinerario formativo que es posible dividir en dos o tres momentos: desde la adolescencia hasta los 18 años, una etapa intermedia entre los 18 a los 21, y la definitiva desde los 21 años hasta los 30.

Primera etapa:

Su inicio consistía en un rito en el que se tonsuraba al infante mientras el sacerdote recitaba esta oración que se encuentra en el Liber Ordinum: «Señor Jesucristo, Tú, que abriste la boca a los mudos e hiciste elocuente la lengua de los niños, abre la boca de este tu siervo para que reciba el don de la sabiduría, a fin de que, aprovechando con toda perfección las enseñanzas que hoy se empiezan a dar, te alabe por los siglos de los siglos».

El plan de estudio de esta etapa tenía como plato fuerte el estudio de la lengua latina, pues el clérigo tenía que familiarizarse ya desde niño con ella, ya que en ella estaba escrito todo el saber que debía adquirir, desde las Sagradas Escrituras hasta los cánones, libros litúrgicos, etc. y además era la lengua en la que se redactaban los documentos. Esta lengua no siempre resultaba fácil de leer porque los libros no estaban escritos en letras impresas sino manuscritas y a veces no se utilizaba el blanco de escritura para separar las palabras, ni los signos de puntuación. A esto se añadía la corrección que debía emplearse en la acentuación de las palabras para lo que debían saber de memoria cómo hacerlo. No es extraño, por tanto, que san Isidoro dedique todo el primer libro de las Etimologías al arte gramatical. Merece la pena destacar también para este fin el libro atribuido a san Julián titulado Ars grammatica de cuya importancia dan fe el número de manuscritos medievales.

La corrección en el uso de la lengua latina era además demandada por la orden del lectorado que debía recibir antes de las órdenes mayores, como nos señala san Isidoro en su libro De ecclesiasticis officiis donde afirma que los lectores deben estar adornados entre otras cosas de un conocimiento profundo de la lengua latina en la que está escrito el texto que se proclama sabiendo entonar bien los pasajes distinguiendo sus matices propios y evitar que con la lectura se interprete de manera ambigua o errónea.

Junto con el estudio del latín, el adolescente aprendía los salmos y a salmodiar.

Le seguían las otras dos disciplinas del Trívium: retórica y dialéctica a las que el hispalense dedica el segundo libro de las Etimologías y que no dejaban de tener su importancia para preparar al clérigo en su tarea de predicar la palabra de Dios y defender la fe. Finalmente, no podía faltar en esta primera etapa el estudio del Quadrivium como nos muestra el libro tercero de las Etimologías y que comprendían, por este orden, la aritmética, la geometría, la música y la astronomía.

Segunda etapa:

De los dieciocho años, cuando el joven era preguntado por su deseo de seguir la formación sacerdotal, hasta la recepción del subdiaconado a los 21 años, se dedicaban principalmente al estudio de la filosofía y a fundamentar su vocación pues durante este periodo recibía las llamadas órdenes menores que terminaban con el subdiaconado. Tercera etapa: De los veintiuno, aproximadamente, a los treinta años comenzaba propiamente hablando el periodo en el que se intensificaba la educación del futuro sacerdote. Esta etapa tenía un momento central que era la ordenación diaconal a los veinticinco años.

El objetivo de este ciclo era la adquisición de las siguientes cualidades que el propio san Isidoro de Sevilla nos presenta: El sacerdote debía estar versado en las Sagradas Escrituras y en el Credo de la Iglesia, pues no basta una vida santa para instruir al pueblo de Dios sino que es preciso saber exponer la doctrina ante su pueblo y defenderla frente a los adversarios.

No menos importantes son las cualidades personales que deben adornar al presbítero, tanto espirituales: ser hombre de oración acompañada con la meditación de la Sagrada Escritura, varón paciente, manso, discreto, con discernimiento de espíritus, e intercesor ante Dios para impetrar el perdón de los pecados de su pueblo; como intelectuales: conocimiento del Credo, de las Sagradas Escrituras, de la liturgia y de los cánones; como humanas: saber relacionarse con su fieles sin despreciar a nadie, ni condenar sin prueba, ni excomulgar si no ha habido previamente ruptura de comunión.

Además debe saber conjugar en el gobierno la humildad y el ejercicio de la autoridad, pues si es demasiado humilde, no corregirá con acierto los vicios de las personas a él encomendadas, y si es demasiado autoritario, terminará siendo demasiado severo. Esto se conseguía mediante la unión armoniosa que se daba en este tipo de escuelas entre la disciplina y la scientia. 

Para conseguir la ciencia necesaria y la vida espiritual, no faltó la elaboración de tratados que podemos dividir en estos grupos: 



a) Exégesis bíblica: 
tema fundamental en la enseñanza sacerdotal como muestra la gran cantidad de obras exegéticas que conservamos en la época visigótica. Podríamos citar las de san Gregorio de Elvira,26 el Comentario al Apocalipsis de Apringio de Bejar, 27 muy útil para las predicaciones del tiempo pascual en la liturgia hispana en la que se leía este libro bíblico, san Isidoro tiene un gran número de escritos escriturísticos pues comentó casi todos los libros del Antiguo Testamento28 y escribió obras enciclopédicas para conocer el sentido de los pasajes del Nuevo,29 finalmente san Julián también nos ha dejado, como escrito exegético, el Antikeimenon libri,

b) Materias teológicas y morales. 
Una las obras más importantes en este campo es la titulada Sentencias31 de san Isidoro, que está dividida en tres libros: en el primero se expone la fe cristiana, en el segundo la vida moral, y el tercero viene a ser una especie de tratado de vida espiritual. Este libro es una pequeña Suma Teológica que gozó de alta estima en la Edad Media y nos muestra las tres columnas de la teología que coinciden con los tres sentidos de la exégesis bíblica: alegórico (teología), moral, anagógico (espiritual). A este manual habría que unir el Prognosticon futuri saeculi de san Julián32 que se especializa en escatología. Tiene su importancia pues parece que es uno de los primeros en admitir la existencia de un Purgatorio que concibe como una purificación post mortem. 

c) Obras de apologética con las se enseñaba a los alumnos a litigar con los judíos y los cristianos no católicos, especialmente arrianos. 
Entre los primeros debemos citar el De fide catholica ex veteri et novo Testamento contra iudaeos de san Isidoro y el De comprobatione sextae aetatis de san Julián.33 Entre los dirigidos a herejes es básica la obra del hispalense De haeresibus, que es un catálogo esquemático de todas las herejías y desviaciones cristianas.34 No puedo omitir de esta lista el gran libro de nuestro Ildefonso que se defiende la fe cristológica y mariana de los ataques tanto de los herejes como de los judíos, me refiero al De Virginitate Sanctae Mariae . 

d) Obras litúrgicas: 
Como es lógico en un hombre que se va a dedicar al culto, no faltaban en el plan de estudios los tratados litúrgicos. El más importante es el De ecclesiasticis officiis36, compuesto por dos libros: el primero lo dedica a la liturgia (evolución del culto, de los sacramentos y de la liturgia en sí), y el segundo a los distintos ministerios en la Iglesia. Fue una obra muy manejada por los clérigos en la Edad Media. En este apartado también podemos citar los dos libros de san Ildefonso que, aunque dirigidos a todos los cristianos, no dejaba de tener utilidad para el clero. Me refiero al De cognitione Baptismi y el De itinere deserti.

e) Finalmente, 
no faltaba el estudio de los cánones como ya he indicado más arriba con el fin de construir la Iglesia de Dios con orden y sin caer en aptitudes dictatoriales. 



Conclusión 

Con esta breve presentación de los estudios sacerdotales en la época visigótica concluyo mi intervención. En ella he querido mostrar cómo se originan en los siglos VI y VII estas escuelas, cuál fue su motivo, que no es otro que el deseo de que el clero esté bien preparado para construir la Iglesia, y cómo las podemos considerar la base y los cimientos de los actuales centros de formación sacerdotal. La disciplina que se aprendía bajo la mirada atenta de un sacerdote anciano, testigo de la vida, que gobernaba con resolución y con el ejemplo de sus costumbres, y la ciencia, especialmente el estudio de la Sagrada Escritura y los cánones, han servido para que muchas generaciones de sacerdotes pudieran edificar la Iglesia que ha llegado hasta hoy. Nos preguntamos si fueron eficaces estas directrices para conseguir el objetivo de las mismas: evitar la situación lamentable de un clero ignorante al frente de las parroquias.

No parece que fuera una tarea fácil pues en el VIII Concilio de Toledo en el 653, los obispos allí reunidos advierten que todavía existen sacerdotes incompetentes y decretan lo siguiente: «En la octava discusión encontramos que algunos encargados de los oficios divinos, eran de una ignorancia tan crasa que se les había probado no estar convenientemente instruidos en aquellas órdenes que diariamente tenían que practicar. Por tanto, se establece y se decreta con solicitud que ninguno en adelante reciba el grado de cualquier dignidad eclesiástica sin que sepa perfectamente todo el salterio y además los cánticos usuales, los himnos y la forma de administrar el bautismo; aquellos que ya disfrutan de la dignidad de los honores, y sin embargo padecen con la ceguera de una tal ignorancia, o espontáneamente se pongan a aprender lo necesario o sean obligados por los prelados, aun en contra de su voluntad, a seguir unas lecciones»


Aun así, no podemos olvidar el esplendor que llegó a tener la Iglesia española en el siglo VII gracias a la formación de su clero; entre las más destacables, la Iglesia toledana desde mediados a finales de este siglo VII, fruto de los esfuerzos de los prelados que, en los concilios celebrados en esta ciudad, se preocuparon de elevar el nivel intelectual del clero.

FRANCISCO MARÍA FERNÁNDEZ JIMÉNEZ 
Numerario

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miércoles, 6 de diciembre de 2017

Formación del Clero en la época Visigótica (I)

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En la época visigoda cuando los concilios de Toledo, especialmente el II y el IV, buscaron una solución a la penosa situación de un clero ignorante. podemos decir que durante siglos Toledo, con altibajos ciertamente en especial durante la ocupación musulmana, no ha carecido de instituciones que se han ido pasando la antorcha de la formación sacerdotal. Hoy esta antorcha la tiene el Instituto Teológico San Ildefonso y los dos Seminarios antes citados. Pero tampoco el II Concilio de Toledo comenzó a legislar de la nada sobre este particular. 

Ya en los comienzos de la Iglesia, el propio obispo escogía para el servicio sacerdotal, a ejemplo de los apóstoles, cristianos ejemplares que, en la convivencia con él, habían aprendido la ciencia de la doctrina cristiana y la disciplina de una auténtica vida evangélica. Es lícito afirmar, por tanto, que la formación de los nuevos ministros se basaba principalmente en la enseñanza del propio obispo que era a la vez maestro y testigo. Poco tiempo después, a medida que la Iglesia se iba extendiendo, surgieron escuelas catequéticas en ciudades importantes como Roma, Alejandría, Antioquía o Cesarea de Palestina de cuyo testimonio tenemos constancia ya a finales del siglo II. 



Estas se confiaban a un delegado del obispo que este escogía con esmero, dada la importancia de la tarea, y que se convirtió en el archidiácono o arcediano. Con el edicto de tolerancia de la religión cristiana, promulgado por el emperador Constantino en Milán el año 313, comenzó una nueva época para la Iglesia y para la formación de su clero, pues las escuelas catequéticas entraron en crisis por dos motivos: bien por considerarse insuficientes para cubrir las nuevas necesidades eclesiales, bien por estar algunas de ellas infestadas por el movimiento gnóstico.

Por eso surge la necesidad de nuevas escuelas para clérigos y se comienza a legislar sobre el particular, como lo muestra el llamado canon 60, atribuido erróneamente al Concilio de Nicea. Este documento del siglo IV ordena que aquellos que desean recibir las órdenes sagradas deben presentarse al obispo y luego ser confiados al archidiácono o arcediano. Al final de su formación el arcediano y el corepíscopo deben examinar al candidato en la lectura de la Sagrada Escritura, en los Estatutos y Leyes eclesiásticas antes de ser ordenados . 

Con el paso del tiempo, al asumir el arcediano funciones más burocráticas de ayuda al obispo, será sustituido en esta función por un maestro de vida espiritual. Junto con este canon, a finales del siglo IV, tenemos la figura de san Agustín que es uno de los primeros en instaurar una especie de seminario en Hipona, pues hacia el año 396 establece un monasterio de clérigos en la casa del obispo. 

Durante los siglos IV y V, la necesidad de instruir a los presbíteros se hace más acuciante por la importancia que este grado del orden sacerdotal va adquiriendo con la expansión del cristianismo. Esto es lo que señala Fernández Alonso al particular: «Ya desde los orígenes de la Iglesia se les contempla [a los presbíteros] como auxiliares del obispo en cuanto se refiere al culto y al gobierno mismo de la grey cristiana. Son sus consejeros y se hallan en una comunión tan estrecha, que aun el sacrificio eucarístico, ejercicio de su poder más sagrado, lo realizaban en concelebración. Sólo más tarde, con la expansión numérica y geográfica del cristianismo fueron los presbíteros adquiriendo una personalidad independiente». 

En efecto, a los presbíteros se les empieza a encomendar parroquias rurales, lo que va a exigir una formación particular que antes, como consejero del obispo, no necesitaba. Por otro lado, durante el siglo V, entramos en un periodo de decadencia originado por las invasiones de los pueblos germánicos y eslavos en Europa. 

Esto hacía más difícil la educación de los sacerdotes y provocó que estuvieran al frente de parroquias clérigos ignorantes lo que será el aldabonazo para empezar a poner remedio a esta lacra. En este ambiente tendrán un papel muy especial los monasterios que se iban fundando por todo el continente europeo y donde eran educados no solo los monjes sino también los jóvenes de cualquier clase y condición. Pero poco a poco también se va asentando el modelo de san Agustín de modo que se van erigiendo escuelas de clérigos organizadas bajo la autoridad del obispo, aunque apenas tenemos datos de ellas. 



Formación del clero en los Concilios Toledanos. 

Esta preocupación la recogieron desde el principio los concilios toledanos. 

Ya en el primero, celebrado hacia el año 400, en el que se abordaron cuestiones concernientes a la disciplina del clero y al fin del priscilianismo, se puede constatar el malestar de no seguir criterios comunes a la hora de formar al clero:

«Estando sentados los presbíteros y de pie los diáconos y reunidos los demás que asistían al concilio, el obispo Patruino dijo: Porque cada uno de nosotros hemos comenzado a obrar de distinta manera en nuestras iglesias, y de aquí se han originado escándalos que rayan en verdaderos cismas, si os agrada a todos vosotros, decretemos lo que ha de hacerse por todos los obispos al ordenar a los clérigos. 

Mi parecer es que debe guardarse todo lo establecido antiguamente en el concilio Niceno, y que no debemos apartarnos de estas normas.

Los obispos dijeron: Esto mismo nos agrada a todos de tal modo que si alguno, conociendo las actas del concilio Niceno, se atreviera a obrar de otro modo del que está prescrito y creyere que no debe atenerse a ello, sea tenido como excomulgado, a no ser que por la reprensión de sus hermanos corrigiere su yerro». 

Pero será el II Concilio de Toledo, celebrado en el año 527, el que nos ofrezca por vez primera una legislación en la que se nos hable de una institución para la educación de los clérigos desde su adolescencia. Su importancia es tal que algunos consideran su primer canon como el embrión de los seminarios tridentinos. Por su importancia merece la pena citarlo: «Respecto a aquellos que fueron consagrados a la vida clerical desde los primeros años de su infancia por voluntad de sus padres, decretamos que se observe lo siguiente: que una vez tonsurados y elegidos para el ministerio de los elegidos, deben ser instruidos por el prepósito que les ha sido señalado, en la casa de la iglesia bajo la inspección del obispo, y cuando llegare a cumplir dieciocho años se les preguntará si quieren o no casarse. 

A los cuales si por inspiración de Dios les agradare la gracia de la castidad y prometieren que guardarán el voto de continencia sin lazo conyugal, éstos como aspirantes de una vida más austera serán puestos bajo el yugo suavísimo del Señor y primeramente recibirán, cumplidos los veintiún años, el subdiaconado, una vez que hayan probado la sinceridad de su profesión. Y si llegaren a los veinticinco sin culpa ni tacha, serán ascendidos al oficio del diaconado, si el obispo comprobare que pueden cumplirlo prudentemente. 

Sin embargo éstos deben guardarse de que olvidando alguna vez su promesa se entreguen después a las bodas terrenales o a las relaciones ilícitas, y si acaso hicieren algo de esto, serán condenados como reos de sacrilegio y considerados como extraños a la Iglesia. Pero aquellos a los que en el momento de ser interrogados, su propia voluntad les infundiese el deseo de casarse, no podemos negarles la facultad que les fue concedida por los apóstoles, de tal modo que una vez que hayan alcanzado la edad madura, viviendo en el matrimonio, si de común acuerdo prometieren renunciar a las obras de la carne, pueden aspirar a los grados eclesiásticos» . 

En él se puede observar los rasgos esenciales de un itinerario vocacional que consistía en dos momentos: En este texto, se puede observar los rasgos esenciales de un itinerario vocacional. El primero comenzaba desde la más temprana edad, cuando los padres presentaban a sus hijos para que fueran formados, y llegaba hasta los dieciocho años. 

Hoy en día los seminarios menores siguen teniendo este cometido.

Durante esta etapa, seguían un estilo de vida propio del clérigo, por eso eran tonsurados y puestos bajo la dirección de un sacerdote probado que era supervisado por el obispo. El lugar de formación era la casa de la iglesia (in domo ecclessiae) que nos recuerda a la referencia agustiniana antes citada. 



El segundo momento comenzaba al cumplir el candidato los dieciocho años, instante en el que se le preguntaba si quería contraer matrimonio o no. En caso afirmativo, debía dejar la institución y renunciar al sacerdocio, lo que era muy común ya que en estas instituciones se educaban niños que nunca serían ordenados. Pero, si deseaba vivir una vida casta, entonces seguía su formación con las órdenes del subdiaconado a los veintiún años y el diaconado a los veinticinco, requisito para ser presbíteros. 

No obstante, los que optaban por el matrimonio, podían llegar en la edad madura a ser ordenados, si estaban dispuestos a vivir una vida de castidad, siempre con el consentimiento de su esposa. En resumen, para ser clérigo se requería una larga formación en régimen de internado que tenía dos partes: desde la adolescencia hasta los dieciocho años y desde esta edad hasta ser ordenados presbíteros. Sobre la importancia de este concilio es conveniente citar las siguientes palabras del estudioso Francisco Martín Hernández:

 «Con lo determinado en el concilio II de Toledo se daba pie para una de las magnas realizaciones de la educación clerical de todos los tiempos. De hecho, y a juzgar por el preámbulo del mismo, hemos de considerar este concilio como el creador de los seminarios visigodos, que tanta influencia tendrá en los seminarios clericales de la Iglesia hasta la época misma del Tridentino […]. 

Es verdad, que no tenemos elementos suficientes para juzgar de su eficacia práctica, pero algo sabemos de su organización y suponemos que el hecho mismo de haberse celebrado en Toledo, que cobraba cada vez más importancia, habría de influir en otras ciudades episcopales.» Después de la conversión del rey Recaredo en el III Concilio de Toledo (año 589), aparece la necesidad de elaborar una reglamentación más explícita para la formación sacerdotal.

De esta labor se ocupó el IV Concilio (año 633), presidido por san Isidoro, arzobispo de Sevilla. En su canon 24, explicita mejor la edad de entrada en este tipo de escuelas, la adolescencia, y el motivo:

 «Cualquier edad del hombre a partir de la adolescencia está inclinada al mal; pero nada más inconstante que la vida de los jóvenes. Por esto convino establecer que si entre los clérigos hay algún adolescente o en la edad de la pubertad, todos habiten en el mismo techo junto a la iglesia, para que pasen los años de la edad resbaladiza, no en la lujuria sino en las disciplinas eclesiásticas, confiados a algún anciano muy probado a quien tengan por maestro en la doctrina, y por testigo de vida». También se hace alusión al director de la institución: un presbítero muy probado que sea a la vez maestro y testigo de vida. 

Por tanto, el Concilio insiste en la importancia de elegir bien al que tiene que dirigir esta institución. Este IV Concilio exige en su canon 20 la edad de treinta años para poder recibir la ordenación presbiteral, por tanto, conocemos así mismo el término de los estudios sacerdotales 

FRANCISCO MARÍA FERNÁNDEZ JIMÉNEZ 
Numerario

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martes, 5 de diciembre de 2017

Santuarios de la Cerámica en la Comarca de Talavera: El Casar de talavera

Iglesia parroquial de El Casar del Ciego

El Casar de Talavera, Ayuntamiento de Talavera de la Reina

La pequeña iglesia parroquial del Casar de Talavera es un templo fabricado en mampostería con sillería en esquinas y vanos que está rematada por graciosa espadaña de ladrillo.

Es construcción del siglo XVI y guarda en su interior dos altares laterales ornamentados con paneles de cerámica talaverana también del siglo XVI que representan a varios santos. Los azulejos han sido en parte removidos y recolocados pero presentan magníficas representaciones enmarcadas en decoración de ferroneríe o cenefas renacentistas clásicas de repetición.



Esde interés la visita al templo no solo por la cerámica sino también por su artesonado mudéjar, algunas imágenes, especialmente un Cristo con la pintura deteriorada y una pila bautismal blasonada de granito.Hornacina renacentista sobre la puerta meridional de la iglesia de El Casar de Talavera

Son de destacar varios paneles San Blas. Siglo XVI. Policromía.

Altar lateral de la epístola.

Enmarcado con columnas y azulejos renacentistas reutilizados.

Aparece simplemente vestido de obispo con el báculo y la mitra, por lo que podía ser confundido con cualquier otro santo obispo de no ser por la cartela que debajo indica que estamos ante una imagen de San Blas y porque en todas las representaciones en azulejo talaverano de este santo tiene similar actitud de bendecir y el báculo cruzado.

San Bartolomé: Frontal de altar del evangelio. Policromía. Siglo XVI.Enmarcada en recortes de ferroneríe con pequeñas flores y frutos en los huecos, y flecos simulados en la parte superior.

San Bartolomé sujeta la cadena con la que tiene preso al diablo y en la otra mano la espada o cuchillo de su martirio.

Varias terrazas y árboles esquemáticos adornan el fondo.

San Sebastián: Policromía. Enmarcado por columnas acanaladas que sostienen un arco y friso con greca renacentista inferior. Las flechas sin punta atraviesan transversalmente las carnes de San Sebastián. 

Presenta también la peculiaridad de lucir un cuidado bigote como el que se dejaban muchos jóvenes en el siglo XVI, centuria en la que se realizaron los azulejos.

San Cristóbal representado en azulejería del siglo XVI en la iglesia de El Casar de Talavera

San Cristóbal: Siglo XVI. Policromía. Altar lateral. Enmarcado en retablillo renacentista en azulejo formado por dos columnas acanaladas con capiteles decorados en color que sostienen motivos de grutescos y venera central.

San Cristóbal lleva al niño y se apoya en un árbol. Se ve al ermitaño en la orilla del río y en el medallón de recortes con decoración vegetal de la zona inferior del retablo se ha dibujado al que probablemente es el ermitaño de la leyenda de San Cristóbal orando ante un crucifijo.

San Miguel: Policromía. Siglo XVI. Enmarcada en recortes de ferroneríe con pequeñas flores y frutos en los huecos y flecos simulados en la parte superior. San Miguel vestido con túnica clava la lanza en la boca del diablo y sujeta la balanza de la psicostasia.

Santiago Matamoros. Siglo XVI. Policromía, enmarcado en restos de cenefa de ferroneríe. Tradicional representación del santo a caballo pisoteando restos despedazados de enemigos musulmanes.



En otros medallones que decoran los paneles se representan santos como San Francisco, María Magdalena, santa catalina o Santa Lucía, y otros. La decoración de los azulejos de repetición es muy variada, ferroneríe, rencentistas y otros de tradición decorativa mudéjar.San Bartolomé representado den la Iglesia de El Casar de Talavera en azulejería

Para acceder hay que ponerse en contacto con el párroco.

En el Casar también podemos ver su calvario de granito a la entrada , la atalaya musulmana del cerro de Malojo y el cubo de un viejo molino sobre el mismo arroyo.

http://lamejortierradecastilla.com/santuarios-de-la-ceramica-en-la-comarca-3-el-casar-de-talavera/

lunes, 4 de diciembre de 2017

Santa María la Blanca: La sinagoga de la discordia

La comunidad judía en España reclama Santa María la Blanca, construida por los judíos en torno a 1300 y en posesión de la diócesis de Toledo

Interior de la sinagoga Santa María la Blanca de Toledo. 

ALVARO GARCÍA | EPV

El arzobispo de Toledo prefiere guardar silencio. La respuesta oficial de su diócesis a la insistencia de EL PAÍS es: “El señor arzobispo considera que, por el momento, no debe hacer ninguna declaración en el asunto”. El “asunto” es la propiedad de la sinagoga Santa María la Blanca de Toledo, que hoy es de la Iglesia católica. El derecho eclesiástico establece que la decisión última sobre qué hacer con la sinagoga depende de la diócesis, que dirige el arzobispo Braulio Rodríguez Plaza.



La comunidad judía de Toledo construyó Santa María la Blanca hacia el año 1300. Un siglo después, en 1411, san Vicente Ferrer se la quitó durante una matanza de judíos. Toledo tenía otras sinagogas, pero Santa María la Blanca era la Mayor. La comunidad judía pide ahora su devolución. “En el siglo XXI, en un país como España, una devolución simbólica de ese bien expoliado a la comunidad judía sería bonito”, dice Isaac Querub, presidente de la Federación de Comunidades Judías Españolas.

Con el silencio, el arzobispo tiene suficiente para mantener las cosas como están. La comunidad judía tiene pocas alternativas más que insistir en un gesto de la Iglesia o en una negociación a varias bandas con el Estado. Los tribunales no son posibles porque la comunidad judía actual no es heredera de la comunidad histórica toledana.

El mensaje de silencio desde el arzobispado venía acompañado de esta otra excusa, que parece quitarle peso simbólico a la petición judía: “En la actualidad Santa María la Blanca no es una iglesia ni una sinagoga. En ella no se celebra culto oficial de ninguna confesión. Se trata de un edificio histórico que la archidiócesis cuida, conserva y mantiene”. El templo es hoy un monumento turístico y está desacralizado, pero se hacen actos esporádicos que no implican misa.

La prueba de que la diócesis de Toledo sabe que tiene algo delicado entre manos es una gestión jurídica reciente. El 18 de julio de 2012, el catedrático de Derecho de la Universidad Complutense Francisco García Fernández pidió una copia de la inscripción de la sinagoga en el Registro de Toledo. Dos días después, difícilmente por casualidad, la parroquia de Santo Tomé, propietaria del inmueble, lo donó al arzobispado. “Regaló la sinagoga al arzobispado porque quien recibe una donación pasa a ser 'propietario de buena fe', pero es algo que no aplica porque el dueño final seguía siendo el mismo: la diócesis”, cree García Fernández.

Gerardo Ortega, el párroco de Santo Tomé que hizo la donación ante el Registro en 2012, dice no recordar nada: “No ha habido ningún movimiento jurídico. Santo Tomé nunca ha sido titular de la sinagoga. Es imposible que el menor done al mayor. Lo que es parroquial es diocesano siempre”, dice. Ortega sabe que la petición de la comunidad judía no es nueva. Hubo al menos otra -más privada- en 1992. “De vez en cuando surge un deseo porque les trae un recuerdo muy especial”, admite. Pero no puede hacerse nada más, según su parecer: “No puede ser del mundo judío porque es de quien es. Es así”.



Ortega no da mucho valor a la petición de devolución: “¿La comunidad judía quién es? Esa entidad se tiene que dirigir a alguien, pero no un rumor de periódico. No sé si el arzobispo ha recibido algo”. El arzobispo de hecho no ha recibido a nadie. Querub ha pedido una reunión oficial por carta. Aún no le han contestado. En noviembre de 2016, Querub coincidió con Rodríguez Plaza en un acto. Al inicio de su discurso, Querub se refirió así al arzobispo: “Hombre inteligente e influyente y con quien tantas cosas tenemos que hablar”. Esas cosas siguen sin hablarse.

La Iglesia española no es unánime. 

El cardenal Carlos Osoro, arzobispo de Madrid y vicepresidente de la Conferencia Episcopal, ve le necesidad de un gesto con la comunidad judía: “Todos los esfuerzos que hagamos son pocos. Los gestos que nos acerquen y nos ayuden son buenos. Claro que lo veo bien. Santa María la Blanca tiene que ser un lugar de encuentro”, dice. El celebrado diálogo interreligioso necesita algo más que palabras, según Mayte Rodríguez de Lara, directora del Centro de Estudios Judeo-Cristianos: “En todos mis años de labor en pro del diálogo nunca he oído una voz de rencor a ningún judío acerca de la expulsión o las persecuciones por motivos religiosos. No podemos convertir el diálogo en puros formalismos sin dotarlo de significado”.
Un monumento que recauda

Santa María la Blanca es el tercer monumento más visitado de Toledo, después de la catedral y la iglesia de Santo Tomé, donde está El entierro del conde Orgaz, de El Greco. En 2016 la sinagoga recibió 405.928 visitantes, según datos del arzobispado. La entrada cuesta 2,5 euros, y hay que restarle las 5.317 personas que entraron gratis y los que compraron una pulsera por 9 euros que incluye 7 monumentos del arzobispado, entre ellos la sinagoga. En 2014, año con los últimos datos, se vendieron 59.600 pulseras. Si se tiene en cuenta el crecimiento en ventas de la pulsera, quizá se hayan vendido cerca de 100.000 en 2016. Los visitantes de pago en la sinagoga podrían rondar por tanto los 300.000. Si fuera así, los ingresos exclusivos rondarían los 750.000 euros anuales. El dinero se reparte entre conventos, un fondo diocesano para ayudar a otras iglesias y el sueldo de las empleadas del lugar.

El dinero no ha ido claramente al mantenimiento del edificio. La nueva iluminación cuesta 125.000 euros y el 80% lo ha pagado Iberdrola. La última gran restauración de la sinagoga fue entre 1983 y 1994 y la pagó el Ministerio de Cultura. El arquitecto Francisco Jurado fue el encargado de la obra: “Había humedades que subían por las columnas y deterioraban los capiteles. Cuando llovía ponías las manos en los pilares y caía el agua. Tenía un pavimento hecho polvo”, dice.

Interior de Santa María la Blanca antes de su restauración de los años 80 / Imagen cedida por Francisco Jurado

La sinagoga quedó renovada y a salvo, pero su relevancia histórica sigue sin ponerse en valor. Hay hoy apenas un cartel con una cronología poco elocuente. Los visitantes vagan por las naves sin dirección. “La museología diocesana es pobre”, dice Santiago Palomero, director del Museo Sefardí de Toledo, que incluye la otra gran sinagoga de la ciudad, la del Tránsito. “No están contando nada. Es un sitio con una relevancia histórica y no les interesa nada. Hay falta de cuidado”, añade.

A la entrada hay más carteles sobre la peculiar Fraternidad de Santa María de la Mañana que sobre la sinagoga. Una visitante japonesa confunde la flecha hacia una “exposición” lateral con la entrada de la sinagoga y vaga por el patio buscando la puerta.

La Fraternidad es una comunidad mixta de diez miembros fundada en 1999 por el arzobispo actual, Rodríguez Plaza, cuando era obispo de Salamanca. Poco después, el cardenal Antonio Cañizares, entonces arzobispo de Toledo, les dio “la responsabilidad espiritual de la sinagoga”, según cuenta su fundador, el hermano Abraham de la Cruz, y “me hizo hacer una exposición en toda la sinagoga sobre paneles”. La sinagoga quedó llena de cuadros de un presunto valor místico, pero no histórico. “No me parece que exposiciones de calidad dudosa ayuden a mantener los materiales de la sinagoga intactos”, dice Paloma Acuña, de la Real Fundación de Toledo. Hace unos años, la exposición salió del templo hacia su actual cuartito lateral: "El arzobispo renovó nuestro contrato pero en el pequeño local por motivos que solo él puede explicar", dice el hermano Abraham.



El papel de la Fraternidad allí es hablar de la unidad entre la Iglesia e Israel. Aunque más bien su objetivo parece atraer la etérea simpatía de judíos hacia la Iglesia: “Hemos oído muchas veces a judíos decir en nuestra exposición que si esta vocación existe es porque el Mesías ha nacido. Muchos se ponen a llorar”, explica el hermano Abraham. La Fraternidad hace varios rezos en la sinagoga en fiestas judías, pero no tiene ninguna relación con la comunidad judía española. Toledo no tiene hoy una comunidad judía propia.

La sinagoga ha sido históricamente de la Iglesia y del Estado. Tras su época de sinagoga, primero fue oratorio y luego convento para meretrices arrepentidas. En el siglo XIX pasó a manos del Estado y fue arsenal militar y almacén de Hacienda. La Comisión de Monumentos la restauró en el siglo XIX e intentó que la iglesia la retomara para que se usara. Finalmente, el régimen de Franco fue quien devolvió la sinagoga a la Iglesia en 1939 con la excusa de “carecer el Estado de medios para su mantenimiento”, según un decreto que cita Palomero en su tesis doctoral.

Un gesto extraordinario en Palermo

La devolución de una sinagoga propiedad de la Iglesia a una comunidad judía es extraordinario porque, además de las implicaciones del gesto religioso, las sinagogas medievales que quedan en pie, en manos de la Iglesia y que alguna comunidad judía reclame son escasas. En España solo ocurre con Santa María la Blanca. Hay otras sinagogas con valor -el Tránsito, también en Toledo, y la de Córdoba, que son del Estado- y una en Segovia, que sufrió un incendio en 1899 y está dentro de un convento. “La petición de la comunidad judía de Santa María la Blanca es una gran oportunidad para la Iglesia Española para repensar su actitud con relación al pueblo judío”, dice Rodríguez de Lara.

Este mes de enero en Palermo (Italia) ha ocurrido un gesto notable. La pequeña comunidad de unas pocas decenas de judíos palermitanos -expulsados también en 1492- buscaban un lugar de culto y estudio desde hacía 8 años. El Ayuntamiento les había ofrecido un local inviable. En julio de 2016, la presidenta de la comunidad, Evelyne Aouate, fue a ver al nuevo arzobispo, Corrado Lorefice. “A los 20 días me llamó para decirme que estaba dispuesto a ofrecernos lo que había pedido: un oratorio en el área sinagogal del viejo barrio judío”, dice Aouate. Encima de la sinagoga destruida de Palermo, se construyó la iglesia de San Nicolò di Tolentino. Al lado hay un oratorio hoy en desuso, que es el espacio que Lorefice ha cedido gratis a la comunidad judía. “Es algo extraordinario, muy particular y no simple de obtener”, dice Noemi di Segni, presidenta de la Unión de Comunidades Judías de Italia.

Por lo visto hasta ahora, Toledo no revivirá un gesto similar. Es cierto que la repercusión sería distinta: la sinagoga de Toledo era el centro de la vida judía española. Como en Palermo, la decisión está en manos del arzobispo. Más arriba, en el Vaticano, parece que hay poco interés en interferir: “El Vaticano no se mete en esas cosas”, dice el cardenal Osoro. En Palermo, al menos, no lo ha hecho: “Está claro que el Vaticano habrá dado su opinión”, dice Pierpaolo Pinhas Punturello, rabino de la organización Shavei Israel que ayuda a las comunidades en Italia. “Pero a mí nunca me ha llegado. Mi interlocutor es el arzobispo Lorefice”, añade.

Si en Toledo se diera algún paso, las fórmulas para la titularidad de la sinagoga podría no ser una mera devolución a la comunidad judía. Isaac Querub insiste en dejar claras tres cosas: la iniciativa de proponer es de la Iglesia, la devolución no implica restituciones económicas ni quedarse con el dinero de las entradas y el Estado debería jugar un papel.

UN ANIVERSARIO TOLEDANO

Toledo celebra este año el 30 aniversario de su declaración como Ciudad Patrimonio de la Humanidad. No faltan piedras conventuales, calles de la judería, catedrales y oleos míticos para recordarlo. El Ayuntamiento, de acuerdo con otras organizaciones, ha puesto en marcha visitas guiadas al patrimonio más conocido y al más recóndito, con conciertos de música y de teatro y exposiciones. La ciudad del Alcázar y de los mazapanes, del Greco y de las tres culturas, recibirá este año a los visitantes con un programa enriquecido, donde Santa María la Blanca será parada obligatoria.

Desde la Real Fundación de Toledo, verían bien una salida que uniera las dos sinagogas en el complejo del Museo Sefardí: “Es compatible mantener la sinagoga abierta al público, la realización de actos litúrgicos judíos y que se una a la gestión cultural del Museo Sefardí para relatar la historia de la judería”, dice Paloma Acuña. El dinero, para Acuña, no sería un problema: “Los ingresos seguirían ahí. Si iba tanto dinero a cada convento, el Estado se puede comprometer a seguir mandándolo”.

La prueba de que nada es imposible es que en la sinagoga ya ha habido una boda judía. Según dos fuentes, una pareja judía alquiló el templo por un rato, ocultó la cruz que hay en la nave central y buscó a un rabino progresista -que pusiera pocas pegas- para aprovechar un lugar de tanto simbolismo.

Toledo 
https://elpais.com/cultura/2017/02/14/actualidad/1487073379_668229.html

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